jueves, 23 de marzo de 2017

Amar la vida, defenderla y cuidarla


La vida nos im­por­ta, toda la vida. En cual­quie­ra de sus tra­mos y en to­das sus cir­cuns­tan­cias. Es el don pri­me­ro que se nos da por par­te de Quien nos la re­ga­la: an­tes que cual­quier otro ta­len­to se nos en­tre­ga la exis­ten­cia como tal, con ojos abier­tos de par en par, ma­nos bus­can­do el abra­zo, y un co­ra­zón que apren­de a pal­pi­tar con los la­ti­dos que nos ha­blan por den­tro. Dios nos lla­ma así en el pri­mer ins­tan­te, nos lla­ma con­ti­nua­men­te como en el pri­mer mo­men­to. Y no deja de de­cir­nos la pa­la­bra para la que na­ci­mos, que aun sien­do siem­pre la mis­ma ja­más se re­pi­te al pro­nun­ciár­nos­la Aquel que hace to­das las co­sas sen­ci­lla­men­te di­cién­do­las. Sí, la vida im­por­ta como lo más pre­cio­so y lo más pre­cia­do por Dios que con sus ma­nos de di­vino al­fa­re­ro la for­ma del ba­rro de to­dos los tiem­pos y de to­dos los es­pa­cios ha­cien­do de cada ser una obra de arte úni­ca que lle­na de be­lle­za inimi­ta­ble y que ru­bri­ca lue­go con la fir­ma de su maes­tra au­to­ría.

Cada 21 de mar­zo da co­mien­zo ofi­cial­men­te la pri­ma­ve­ra. Pue­den que­dar atrás o guar­dar sus gua­ri­das los sig­nos del in­vierno llu­vio­so y ne­va­do que ha sido algo más hu­ra­ño con la luz del sol de ama­ne­ci­da. Pero re­sul­ta im­pa­ra­ble que la vida se haga hue­co por las es­ta­cio­nes de nues­tras cir­cuns­tan­cias con sus go­zos y sus cui­tas.

En esta pri­ma­ve­ra a flor de vida, hay una fies­ta en­tra­ña­ble para los cris­tia­nos el 25 de mar­zo: la Anun­cia­ción a Ma­ría y la En­car­na­ción del Ver­bo. El ar­cán­gel Ga­briel le tra­jo a aque­lla don­ce­lla el men­sa­je más de­ci­si­vo de toda la his­to­ria, un anun­cio que ve­nía grá­vi­do de vida, en­car­nan­do hu­ma­na­men­te a quien hizo el ser hu­mano. Un sí que pen­día en aque­llos la­bios de jo­ven mu­jer, del cual des­pués tan­to de­pen­día. Aquel sí se pro­nun­ció, te­nien­do la mis­ma pa­la­bra, idén­ti­co ar­gu­men­to, que el que Dios crea­dor uti­li­za­ra en el prin­ci­pio de las co­sas: há­ga­se, fiat. Y al igual que al prin­ci­pio todo fue he­cho des­de el há­ga­se en los la­bios crea­do­res de Dios, así aho­ra Ma­ría di­cien­do su há­ga­se, su fiat, la nue­va crea­ción lle­gó re­cién na­ci­da des­de su en­tra­ña vir­gi­nal nue­ve me­ses des­pués de ha­ber sido vir­gi­nal­men­te con­ce­bi­da. Es una re­fle­xión de pri­ma­ve­ra cre­yen­te, cuan­do la flor rom­pe su ano­ni­ma­to de se­mi­lla y bro­ta con toda su po­ten­cia chis­tán­do­nos des­pa­cio que tras ella ven­drá el fru­to siem­pre. Por­que en ese día ben­di­to, 25 de mar­zo, nue­ve me­ses an­tes de la Na­vi­dad, la Igle­sia ha que­ri­do que tam­bién ce­le­bre­mos la Jor­na­da por la Vida.

Es­ta­mos en unos tiem­pos en los que has­ta la mis­ma vida se pone en en­tre­di­cho, y los hay que una vez más es­ce­ni­fi­can la úni­ca ten­ta­ción que el hom­bre erran­te y erra­do ha sen­ti­do siem­pre: que­rer ser como Dios ju­gan­do a ser dio­ses. Les mo­les­ta la crea­ción y lle­gan a odiar­la has­ta el pun­to de que­rer per­ver­tir­la de tan­tos mo­dos en la ru­le­ta de la con­fu­sión y en la no­ria del vale todo. Es la vida la que fuer­zan con ar­ti­fi­cio ar­ti­fi­cial has­ta des­na­tu­ra­li­zar­la del todo pre­ci­pi­tan­do su or­den y su ar­mo­nía, su be­lle­za y bon­dad, su mis­mo ser tal y como fue so­ña­do y re­ga­la­do por las ma­nos crea­do­ras de su Dios crea­dor.

Este año tie­ne una par­ti­cu­la­ri­dad es­pe­cial en nues­tra ar­chi­dió­ce­sis de Ovie­do: la inau­gu­ra­ción del nue­vo Cen­tro de Orien­ta­ción Fa­mi­liar (COF). Du­ran­te años nues­tra Igle­sia en As­tu­rias ha aco­gi­do a per­so­nas que te­nían ne­ce­si­dad de ser aten­di­das en las di­fi­cul­ta­des que com­por­ta una fa­mi­lia. Es jus­to agra­de­cer la la­bor rea­li­za­da por quie­nes de modo pio­ne­ro lle­va­ron ade­lan­te esta im­pa­ga­ble la­bor con ver­da­de­ra en­tre­ga pas­to­ral y de­sin­te­re­sa­da­men­te. Como una con­ti­nua­ción se abren los lo­ca­les del COF en Ovie­do con la in­ten­ción de acom­pa­ñar no sólo la fa­mi­lia sino tam­bién la vida, es­pe­cial­men­te en los pri­me­ros mo­men­tos cuan­do ésta se ha­lle ame­na­za­da. Una bue­na no­ti­cia que nos lle­na de ale­gría y de es­pe­ran­za.

 + Fr. Je­sús Sanz Mon­tes, ofm
Ar­zo­bis­po de Ovie­do


miércoles, 22 de marzo de 2017

Respetar o ¿corregir?



-Emma, hay que respetar las creencias de los demás…

-Si eres de otra religión, eres libre, pero si dices ser católico… No lo eres. No te importan los Evangelios, no crees en la Primacía de Pedro y por tanto, te sobra la Iglesia. Dices ser una buena persona, no un pecador…  Genial, Jesús no vino por ti ni murió por ti.  

- Pues soy católica

- ¡No sé por dónde! Ser Cristiano Católico es oír la Palabra y dijo muchas cosas…
- “A los que perdonéis los pecados (habla a los Consagrados), les serán perdonados en el cielo”. No te confiesas.

- “El último será el primero y el primero será el último”. Te crees por encima de muchos.

- “Si te dan en una mejilla, pon la otra (no respondas igual)”. La devuelves, si puedes.

- “Tomad y Comed, este es mi Cuerpo… Haced esto en conmemoración Mía”. No te es prioritario ni primordial; no crees que Dios esté vivo en la Hostia. No te EMOCIONA tenerLe en ti. 
    
- “Bienaventurados los que sufren porque ellos serán consolados”. No admites el dolor ni la desgracia. No confías en Él.  

- “Lo que hagáis a los demás me lo estáis haciendo a Mí. Amaos los unos  a los otros…”. Jamás lo pensaste; ni le miras cuando pasas por “su” lado.

Ser de Dios después de venir su Hijo al mundo y conocerLe, sin su Evangelio es imposible.  (Serás judío, musulmán, protestante…).

- Yo soy buena persona…

-¡Y dale, una suerte que yo no tengo, hija! Ni a empujones entro yo por la puerta estrecha… ¡Pero amiga! Confío en Su Misericordia porque soy pecador Católico y vino por mí. 

Se oye otra voz en el grupo: “Cada uno es libre de pensar como quiera”.

- Has dado en el problema; El Evangelio no dice eso y ser Católico es “aplicarte el cuento” seriamente. Después no digas eso de Señor, Señor… Porque oiréis decir en su día: “Apartaos de Mí, no os conozco” (Mateo 7, 21-27). O te ciernes al Evangelio o simplemente no eres católico y me voy que tengo prisa.

Las caras (un cuadro)… ¿Es que no se puede hablar de Dios y corregir? Pues Él dijo que se hiciera.


 Emma Díez Lobo

martes, 21 de marzo de 2017

Ciegos que ven



Pasaba un astrónomo junto a un ciego y le echó unas monedas en el sombrero. ¿Y usted a qué se dedica? le preguntó el ciego. Yo soy astrónomo que dedico mi vida a contemplar las estrellas del firmamento. Yo también soy astrónomo, respondió el ciego.
¿Cómo es posible que usted sea astrónomo si es ciego? Sí, ya sé que usted no me va a comprender, pero yo contemplo en mi interior cada día esas estrellas y disfruto de la belleza del firmamento. No se imagine que yo me lo paso aburrido.
Hay quien no puede ver con los ojos de la cara, pero ha aprendido a ver demasiadas cosas en su interior. Es posible que no pueda ver los cuerpos físicos, pero cada moneda que suena en su sombrero le hace contemplar un corazón bondadoso y compasivo.
Hasta sabe distinguir a los que pasan a su lado.
A los que pasan indiferentes.
A los que ni le miran para nada.
A los que se detienen y meten la mano al bolsillo y dejan caer unas monedas.
No ve las monedas ni la mano que las deja caer, pero contempla el corazón que mueve esas manos y se desprende de esas monedas. Incluso hasta han aprendido a distinguir los pasos de la gente. A mí me impresionó uno que estaba sentado en una esquina por la que yo solía pasar y siempre le dejaba un Euro. Un día me dice: “Usted es bien bueno, siempre que pasa me deja algo.” ¿Cómo sabe que soy yo? Lo siento por sus pasos.
Es maravilloso ver con los ojos de la cara, pero pienso que debe ser un mundo mucho más maravillo cuando uno es capaz de ver y reconocer con los ojos del corazón. A veces me pregunto: ¿Y no será Jesús el que ve en su corazón? ¿Acaso no dijo Él que “tuve hambre, sed, desnudo…”?
J. Jáuregui


lunes, 20 de marzo de 2017

Dios y la Verdad


Es llamativa la vergüenza de muchos cristianos a la hora de hablar de Dios en nuestras conversaciones habituales. Disfrazado de respeto a la intimidad, el hecho de sacar el tema de Dios nos parece intromisión en la vida del otro.

Dios ha llegado a ser, en el lenguaje ordinario, un tema tabú, exclusivo de la conciencia individual. La Iglesia, sin embargo, nos invita a evangelizar, algo imposible si no hablamos de Dios. El Papa Francisco propone en Evangelii Gaudium el método de persona a persona: «Llevar el Evangelio a las personas que cada uno trata, tanto a los más cercanos como a los más desconocidos. Es la predicación informal que se puede realizar en medio de una conversación… Ser discípulo es tener la disposición permanente de llevar a otros el amor de Jesús y eso se produce espontáneamente en cualquier lugar: en la calle, en la plaza, en el trabajo, en un camino» (nº 127).

Hay que vencer los falsos pudores. Dios es actual, lo más actual y definitivo de la vida del hombre. «En él vivimos, existimos y somos», dice Pablo a los atenienses. Quizás nos falte la convicción de que, por nuestro medio, Dios puede llegar al otro. En el encuentro de Jesús con la samaritana, tenemos un ejemplo precioso de cómo hablar de Dios. Es un encuentro fortuito, junto al pozo de Jacob, en el camino a la aldea de Sicar. Jesús se detiene cansado junto al pozo e inicia un diálogo con una samaritana, partiendo de lo concreto e inmediato: el agua que necesita para apagar su sed. Y de lo concreto salta a lo universal y absoluto: el agua de Dios, la gracia que nos lanza a la vida eterna. No es un diálogo fácil, porque la mujer, interpelada por Jesús, tiene que reconocer que no vive en la verdad: Jesús le descubre que ha tenido cinco maridos y vive con otro que no es su marido. Aceptar este envite o desafío no fue fácil para la mujer. Pero reconoció la verdad. Y entonces la conversación tomó un cariz distinto: las cartas estaban sobre la mesa. Se comenzó a hablar de Dios sin tapujos ni máscaras. Porque Dios se convirtió en el verdadero problema moral de la mujer. Dios no en un monte sagrado ni en el pozo de Jacob. Dios estaba en la verdad de la vida. Al final, la mujer pasó de reconocer que Jesús era un profeta a confesarlo como Mesías. Y de retorno a su pueblo, se convirtió en una misionera de Cristo con un sencillo argumento: «Me ha dicho todo lo que he hecho».

Este evangelio ofrece una clave esencial para el diálogo sobre Dios, a saber, que Dios afecta a la vida personal. Quizás sea este el motivo por el que no nos atrevemos a hablar de Dios, porque le dejamos al margen de la vida diaria. Dios nos compromete hasta la médula. Si es Dios, tiene derecho a regir nuestra existencia. Y, si no aceptamos este presupuesto —lo que Jesús llama adorar a Dios en la verdad— nuestro diálogo con Dios y sobre Dios es pura comedia. Mientras la samaritana discute con Jesús sobre quién de los dos puede sacar agua del pozo, no sucede nada. Cuando Jesús, sin embargo, le pone el dedo en la llaga, y lo hace con una exquisita delicadeza, todo se vuelve trascendente. Ya no se trata de si los judíos y los samaritanos compiten sobre el verdadero monte donde dar culto a Dios; se trata de si la samaritana vive o no conforme a la verdad de Dios. Este evangelio pone de manifiesto que Dios es lo más real de cuanto existe, porque determina que una vida sea verdadera o falsa.

Es evidente que para dialogar así sobre Dios se necesitan dos convicciones: creer que Dios es más grande que nuestras ideas sobre él, y no tener miedo a proponerlo a los demás como Aquel que conoce nuestros entresijos vitales y se sirve de nosotros para conducir a la fe.

+ César Franco
Obispo de Segovia.


domingo, 19 de marzo de 2017

Agua vivificadora


Todo lo que has creado es maravilloso, Señor, pero creo que una de las cosas más importantes es el agua. A los hombres, a los animales y a las plantas les es imprescindible para vivir. Dicen los médicos que los alimentos son más prescindibles que el agua para la supervivencia humana. Los animales se matan por el dominio de una infesta charca en un ambiente carente de agua. Las plantas mustias vuelven a su esplendor cuando se las riega.

Lógicamente no pretendo darte una lección de biología, Señor. Hoy quiero fijarme en el valor simbólico de la misma: vida. Dices a la samaritana: “… el que beba del agua que yo le daré nunca más tendrá sed: el agua que yo le daré se convertirá dentro de él en un surtidor de agua que salta hasta la vida eterna”.

Aquella mujer, en principio arrogante y desafiadora contigo, Señor, muestra una gran ansiedad en su alma. Enseguida te la abre de par en par y va corriendo a transmitir a sus paisanos el don que acabas de descubrirle. Ella buscaba el agua refrescante que apagara su sed física, pero tú le haces caer en la cuenta que era otro tipo de sed la que quería apagar: sed de ti. Nuestras almas, Dios mío, tienen una gran sequía, sin ti están desérticas. El componente espiritual del hombre, aunque algunos no quieran reconocerlo, necesita de tu agua.

Ella no fue egoísta y guardó tu agua para si sola en su cántaro, sino que enseguida se pone en marcha, una vez llenado, para compartirlo y saciar la sed de sus convecinos; ellos la vieron tan convencida que, a su vez, la creyeron.

Pero me llama la atención que tú fuiste primero el que le pediste agua a ella. Tú te quedaste sentado en el brocal del pozo esperando a que llegara ella. Pudiste haber bebido por tu cuenta, pero no quisiste. ¿Es que tienes necesidad de nosotros? ¿Tanto nos amas que sientes necesidad nuestra? Ya me doy cuenta de tu punto débil: tu amor por el hombre.

Señor, apaga mi sed. Dame de tu agua. Mi alma, como la de la samaritana, está sedienta, necesita imperiosamente apagar la sed que produce el tenerte lejos. Y estás lejos no porque tú te hayas ido, sino que, sentado junto al pozo, estás esperando que yo me acerque; estás deseoso que llegue a pedirte y una vez saciado corra a repartir mi saturación con los demás.

Perdona, Señor, mi insensatez de estar sediento y no apagarla en tu manantial, mi egoísmo al no ser más diligente en el reparto de tu agua; no me permitas el egoísmo de racionarla. Inúndanos con ese surtidor que llega hasta la vida eterna.


Pedro José Martínez Caparrós

sábado, 18 de marzo de 2017

III Domingo de Cuaresma


Conocer el don de Dios: el Espíritu santo

El compromiso cuaresmal implica, entre sus objetivos más importantes, conocer mejor el don de Dios y examinar la acogida que le estamos haciendo. Es un conocimiento que debe llenarnos de una alegría dinámica, que inspire y mueva toda la vida cristiana, como enseñó Jesús en la parábola del tesoro escondido (Mt 13,44). En la fiesta de Pascua agradeceremos este don de Dios, pero es necesario que previamente profundicemos en su conocimiento.
A esto nos invita la liturgia de hoy: «Si conocieras el don de Dios y quién es el que te pide de beber, le pedirías tú, y él te daría agua viva... el agua que yo le daré se convertirá dentro de él en un surtidor de agua que salta hasta la vida eterna.» En otro lugar nos  aclara cuál es este don que mana hasta la vida eterna, el Espíritu Santo, fruto de su resurrección: «  El último día de la fiesta, el más solemne, Jesús puesto en pie, gritó: “Si alguno tiene sed, venga a mí, y beba el que crea en mí”, como dice la Escritura: De su seno correrán ríos de agua viva. Esto lo decía refiriéndose al Espíritu que iban a recibir los que creyeran en él. Porque aún no había Espíritu, pues todavía Jesús no había sido glorificado. » (Jn 7,37-39).
        La segunda lectura abunda en esta idea: El amor de Dios ha sido derramado en nosotros con el Espíritu Santo que se nos ha dado,  es decir, gracias a la muerte de Cristo, en el bautismo hemos recibido el Espíritu que ha transformado nuestro corazón haciéndolo partícipe del amor de Dios.  Participamos el ADN divino. Somos hijos de Dios. El Espíritu Santo nos da nueva vida y nos capacita para vivir de acuerdo con ella. No nos saca de este mundo, pues la nueva vida hay que vivirla entre los hombres, humanizando la historia humana. En esta tarea el Espíritu es manantial permanente que ilumina y fortalece para las tareas que hay que desarrollar en las diversas facetas de la vida. Esto da sentido a nuestra vida, sabiendo de dónde venimos y a dónde vamos, incluso en las dificultades propias de toda existencia humana, porque Dios hace cooperar todas las cosas para el bien de los que le aman (Rom 8,28). Esta es el agua que verdaderamente sacia la sed existencial que tiene el ser humano, sediento de felicidad y murmurando frecuentemente por ella (primera lectura).
De esta forma la vida cristiana tiene carácter cultual, propia de verdaderos adoradores que adoran a Dios en Espíritu y verdad. Realmente lo que Dios espera de cada uno es nuestro amor, y esto lo podemos realizar porque el Espíritu  nos capacita para vivir una existencia dedicada a la verdad,  es decir, a hacer la voluntad de Dios, trabajando por el bien de los hermanos.
La Eucaristía es el acto principal del pueblo cristiano, pueblo sacerdotal, en el que realiza su culto en Espíritu y verdad. En ella hay dos peticiones importantes al Espíritu Santo (epíklesis), en la primera le pedimos que haga presente la ofrenda existencial de Jesús, transformando el pan y el vino en el Cuerpo y la Sangre de Jesús, en la segunda le pedimos que una a ella a todos los presentes que quieran participar.

D. Antonio Rodríguez Carmona

viernes, 17 de marzo de 2017

La Samaritana



Lo más impresionante de esta mujer “La Samaritana” es su capacidad de evangelizar de forma auténtica. “Ya no creemos por lo que tú nos has dicho, sino por lo que nosotros mismos hemos descubierto en él”

Hasta no hace mucho había frente al Seminario de Zaragoza, una fuente con una imagen de la Samaritana. Dudo mucho que los curas que pasaron frente a ella, viesen en ella un ejemplo de persona evangelizadora. Seguramente, que pesó más en su contra sus irregularidades matrimoniales. Pero aquella mujer puso a sus convecinos en contacto con Jesús, no con teologías, ni ritos.

Nosotros cacareamos más que la gallina turuleta, pero no somos capaces de acertar. Aferrados a lo de siempre, no somos capaces de poner ni siquiera a los nuestros en contacto con Jesús. Pues muchos de los que cacarean todo lo que se hacía aquí en la Iglesia en otros tiempos, no han sido capaces de arrastrar ni siquiera a los de su casa a Jesús, más bien parece que les han ayudado a alejarse de él.

Imitemos a Jesús y a la Samaritana para, sin dar la paliza, poner a la gente en contacto con Jesús. Y si lo hacemos y un día nos dicen: “eres un sol” creéroslo, porque les habéis dado una luz y un calor que les ayudaran como nada en su vida.


J. Jauregui