lunes, 22 de mayo de 2017

El perdón de Dios






La gran tentación de Satanás es hacer creer al hombre que Dios no ha perdonado sus pecados, incluso después de haberlos confesado. Puede haber una tendencia del hombre, consciente de su maldad, que le deja tan dolorida el alma, que no cree que Dios le pueda perdonar. Y es por desconocimiento de la Misericordia de Dios.

Estamos tan inmersos en este mundo, que caemos irremisiblemente en el pensamiento de que nuestros criterios son los mismos que los de Dios. Así, dado que “perdonamos pero no olvidamos”, creemos que el Señor es igual. Tendrá que venir el Señor, para que, en labios del profeta tenga que decir: “…Vuestros caminos no son mis caminos, y mis pensamientos no son vuestros pensamientos…” (Is 55,8)

Vendrá el rey David para que, después del arrepentimiento de sus pecados de asesinato y adulterio, entone ese hermoso Salmo 50: “…Devuélveme la alegría de tu salvación…”

Llama la atención que, en diversas ocasiones que nos revela la Escritura, después de un gran pecado, el hombre se refugie en Dios, y sea capaz, inspirado por Él, y para aliento de las generaciones futuras, de entonar grandes oraciones. Queda patente esto en el párrafo anterior, que nos deja esta bellísima oración del Salmo 50. Y hay otra oración, en la misma línea, que es la tentación de Tomás el Mellizo, por su desconfianza en la Resurrección de Jesucristo; Tomás necesita la experiencia en él de la Resurrección, y no cree en la Fuerza de Dios para resucitar a su Hijo. Es un pecado de desconfianza, que generará esa oración, de: “…Señor mío y Dios mío…” (Jn 20,28), que más tarde recogerá la Iglesia que, como Madre y Maestra, introduce en las palabras de la Consagración, para que sean meditadas y verbalizadas por los fieles al presentar la Sagrada Forma.

Por ello, alejemos de nosotros la desconfianza en el perdón de Dios, que ama tanto al hombre que, lo que no perdonó a los ángeles,  perdonó al género humano.

Cuando David pide: “…Devuélveme la alegría de tu salvación…”, está entonando el mismo canto de alegría con que fue saludada nuestra Madre María al ser anunciada por Gabriel de su maternidad. “… ¡Alégrate, llena de gracia!...”(Lc 1,26-38)

 Pues llenémonos de esta alegría, porque, en palabras del salmista: “…el Señor ha estado grande con nosotros y estamos alegres…”, (Sal 125), por su Misericordia y su perdón.


Alabado sea Jesucristo

Tomas Cremades Moreno


sábado, 20 de mayo de 2017

Quienes sirven a los enfermos son testigos de la ternura de Dios


Carta del arzobispo de Sevilla, Mons. Juan José Asenjo, con motivo de la Pascua del Enfermo.

Queridos hermanos y hermanas:

Celebramos en este domingo VI del tiempo pascual la llamada Pascua del Enfermo, jornada muy apta para hacer visible la cercanía de la comunidad cristiana a nuestros hermanos enfermos. Saludo con mucho afecto a quienes vivís la experiencia del sufrimiento, unidos a la carne de Cristo sufriente. Saludo también a los profesionales de la medicina, a los que agradezco su dedicación y competencia profesional; a los familiares de los enfermos, especialmente de los crónicos o de larga duración. Saludo además a los voluntarios que trabajan en la pastoral de la salud en la Archidiócesis y en las parroquias, a los capellanes y párrocos. A todos os invita el papa Francisco, en el mensaje que nos ha dirigido con ocasión de la Jornada Mundial del Enfermo, a dar gracias por la preciosa vocación que el Señor os ha concedido de acompañar y servir a los enfermos, un aspecto esencial en la vida de la Iglesia, cuya misión incluye el servicio a los últimos, a los enfermos, a los que sufren, a los excluidos y marginados.

Efectivamente, el cuidado de los enfermos es algo que pertenece a la columna vertebral del Evangelio y a la mejor tradición cristiana. La Iglesia siempre ha vivido la solicitud por los enfermos imitando a su Maestro, a quien los Santos Padres califican como el Médico divino y el Buen Samaritano de la humanidad. Jesús, en efecto, al mismo tiempo que anuncia el Evangelio del Reino de Dios, acompaña su predicación con signos y prodigios en favor de quienes son prisioneros de todo tipo de enfermedades y dolencias. El Señor trata a los enfermos con infinita ternura, pues las personas a las que la salud ha abandonado, lo mismo que las sufren una grave discapacidad, conservan íntegra su dignidad, nunca son simples objetos y merecen todo nuestro respeto y cariño.

Muchos cristianos, hombres y mujeres, como fruto de su fe recia y consecuente, se brindan a estar junto a los enfermos que tienen necesidad de una asistencia continuada para asearse, para vestirse y para alimentarse. Este servicio, cuando se prolonga en el tiempo, se puede volver fatigoso y pesado, pues es relativamente fácil servir a un enfermo por unas horas o unos días, pero es difícil cuidar de una persona durante meses o durante años, incluso cuando ella ya no es capaz de agradecerlo. No cabe duda de que éste es un sorprendente camino de santificación personal, en el que se experimenta de un modo extraordinario la ayuda del Señor, como muchos hemos podido comprobar en nuestra vida. Por otra parte, constituye una fuente prodigiosa de energía sobrenatural para la Iglesia, si quien está junto al enfermo ofrece al Señor su entrega por tantas intenciones preciosas que todos llevamos en el corazón.

El tiempo que pasamos junto al enfermo es un tiempo santo porque nos hace parecernos a Aquel que «no ha venido a ser servido, sino a servir y a dar su vida como rescate por muchos» (Mt 20,28), a Aquel que nos dijo también: «Yo estoy en medio de vosotros como el que sirve» (Lc 22,27). A veces acuciados por las prisas, por el frenesí del hacer y del producir, nos olvidamos del valor de la gratuidad, de ocuparnos del otro, de hacernos cargo de él, y especialmente del valor singular del tiempo empleado junto a la cabecera del enfermo.

En el fondo olvidamos aquella palabra del Señor, que dice: «lo que hicisteis con uno de estos mis humildes hermanos conmigo lo hicisteis» (Mt 25,40). Dios quiera que en nuestra Archidiócesis seamos muchos los que comprendamos el valor que tiene dedicar nuestro tiempo al servicio y al acompañamiento, con frecuencia silencioso, de nuestros hermanos enfermos, que, gracias a ello, se sienten más amados y consolados.

Esta tarea que corresponde a todo buen cristiano, la realizan de forma eminente los voluntarios de los equipos de pastoral de la salud, que llevan el consuelo de Dios, el amor y el afecto de la comunidad parroquial a los enfermos. Les felicito y agradezco su compromiso, lo mismo que al Delegado Diocesano de Pastoral de la Salud y a los capellanes de hospitales. Pido al Señor que les conceda fortaleza para cumplir su hermosísimo quehacer. El papa Francisco les anima en su mensaje a mirar a la Santísima Virgen, Salud de los enfermos. Ella, añade el Santo Padre, es para todos nosotros garante de la ternura del amor de Dios y modelo de abandono a su voluntad. Ella alienta a todos los entregados a esa pastoral preciosa a que siempre encuentren en la fe, alimentada por la Palabra y los Sacramentos, la fuerza para amar a Dios y a los hermanos en la experiencia también de la enfermedad.

Para todos ellos, para el personal sanitario y para quienes cuidan en sus casas con infinito amor a sus seres queridos enfermos, mi afecto fraterno y mi bendición.


VI Domingo de Pascua



El Espíritu nos resucitará por medio del amor

Estos domingos nos ha recordado la palabra de Dios que Cristo ha muerto y resucitado por todos, en concreto el domingo pasado Jesús nos decía que iba a prepararnos un lugar junto  a Dios y que volvería de nuevo para ayudarnos a ir a tomar posesión de él. Para ello tenemos que recorrer un camino, que es él mismo, actualizando su vida en la nuestra por medio del amor y así  participaremos de su resurrección.  La liturgia de este domingo vuelve a este último punto: el Espíritu Santo nos capacita para actualizar en nuestra vida el camino de amor de Jesús que conduce a nuestra resurrección.

Si Dios es amor, el camino que conduce a él es el amor gratuito y total. La humanidad era incapaz de recorrerlo, y el Padre  envió a su Hijo, que se hizo hombre para recorrerlo en nombre de todos nosotros.  Su amor fue total, habiendo amado a los suyos, los amó hasta el máximo (Jn 13,1) y no se quedó en sentimentalismos sino que se tradujo en dar su vida, pues nadie tiene amor mayor que este de dar la  vida por sus amigos  (Jn 15,13). Este amor le llevó al Padre, que le escuchó por su amor serio (Hebr 5,7); Por eso me ama el Padre, porque yo doy mi vida para tomarla de nuevo. Nadie me la quita, soy yo quien la doy de mí mismo. Este es el mandato que he recibido del Padre  (Jn 10,17-18).

El Espíritu Santo, autor de su humanidad (Lc 1,35), fue el que lo condujo en su ministerio (Lc 3,22; 4,14; 10,17...) e hizo que  ofreciera su existencia  al Padre como sacrificio inmaculado (Hebr 9,14); finalmente fue el que resucitó su humanidad culminando así su tarea. El Espíritu Santo es el poder y amor de Dios en persona; su  “especialidad” es dar vida, divinizar por medio del amor. Si Dios es amor, el medio adecuado para acercarse a él y divinizar es el amor. Jesús secundó plenamente su acción y el Espíritu glorificó su humanidad: murió porque se hizo carne mortal, destinada a la muerte, pero resucitó porque poseía el Espíritu (2ª lectura).
Cada persona está invitada a recorrer este camino de amor con la ayuda del Espíritu Santo para participar así la resurrección de Jesús. De aquí la importancia del Espíritu Santo y del amor en la vida cristiana.

El Espíritu Santo es el gran don de Cristo resucitado a la humanidad. El hombre es carne y necesita el poder del Espíritu para entrar en el mundo de Dios: quien no naciere del agua y del Espíritu no puede entrar en el reino de los cielos. Lo que nace de la carne es carne, pero lo que nace del Espíritu es espíritu (Jn 3,5-6) y puede participar del mundo de Dios. Para ello nos capacita para creer, en el bautismo nos une a Cristo muerto y resucitado y nos acompaña en toda  la existencia para que la vivamos en el amor, el medio que diviniza. Si el hombre lo secunda hasta el final, lo resucitará: Y si el Espíritu de aquel que resucitó a Jesús de entre los muertos habita en vosotros, el que resucitó a Jesús de entre los muertos dará también vida a vuestros cuerpos mortales por virtud de su Espíritu que habita en vosotros (Rom 8,11)

El amor es central en la vida humana y cristiana. Hoy día es un concepto un tanto degradado por el uso que se hace de él. Aquí nos referimos al amor de Dios, manifestado en Cristo, que podemos participar y en el que debemos crecer, porque al final “seremos examinados de amor”. Su esencia es darse buscando el bien y la felicidad del otro. Tiene dos facetas básicas legítimas, interesado y desinteresado. El primero ama buscando el propio interés y el del otro, el segundo, ama buscando sólo el bien del otro. Ambos tienen que ir unidos y en la vida cristiana tiene que ir predominando el gratuito. Y esto en la vida familiar, laboral, social, ciudadana... De esta forma la existencia humana se convierte en un sacrificio vivo, agradable a Dios, como lo fue la de Jesús. Desde este punto de vista el cristianismo no es una “religión de templos y ritos” sino una religión secular cuyo templo son los cristianos (Ef 2,19-21; 1 Pe 2,8-9), y cuyo sacrificio es la vida secular de cada día (Rom 12,1-2).

Entonces ¿para qué la Eucaristía? Para hacer posible este sacrificio existencial. En ella damos gracias al Padre por su amor y por medio de Cristo, cuyo sacrificio existencial se hace presente, le ofrecemos por amor la vida de cada día y pedimos la ayuda de su Espíritu para seguir caminando hasta llegar a la resurrección. Eucaristía y vida secular son inseparables.


Rvdo don Antonio Rodríguez Carmona

viernes, 19 de mayo de 2017

María, madre y mujer

  
        Mientras rezaba el 2º misterio luminoso en el rezo del santo rosario han venido a mi mente las siguientes consideraciones. No sé si las leyera un teólogo  pasarían el antiguo “nihil obstat”, pero tampoco creo que me excomulgara.

        Cuando Jesús la eligió para ser su madre, como nos pasaría a cada cual que pudiera, eligió la mejor del momento. Pese a su maternidad divina no dejó de ser mujer y en consecuencia tendría las virtudes de la mujer, pero también las peculiaridades, llamémosle así, de ellas.

        Ya en la presentación de Jesús, Simeón le dijo aquello de “…y una espada te atravesará el corazón”. Estas palabras a la mujer-madre le darían mucho qué pensar. La sensibilidad femenina es, digamos, más sutil y delicada que la del varón con lo que, como también dice Lucas “...María conservaba todas estas cosas en su corazón”. Igualmente cuando el niño se les perdió en el templo, ¡vaya soponcio! diríamos en un lenguaje coloquial y encima la respuesta del niño… “¿No sabíais que yo debo ocuparme de las cosas de mi Padre?” A todas estas vivencias les iría dando vueltas en sus reflexiones, trataría de comprenderlas y las iría asimilando hasta el punto de hacerlas vida.

        Es de suponer que, esas meditaciones, vivencias y recuerdos hechos vida los trataría de llevar a la práctica en la educación de Jesús en el día a día. Como cualquier madre estaría pendiente e, incluso, sobreprotegería en el mejor sentido de la palabra al niño para que nada le pasara, para que fuera creciendo según las normas de la época y del medio en que vivían, le educaría en la obediencia, respeto a los mayores, en su buen comportamiento con la comunidad, en sus juegos y convivencia con los otros niños, etc. ¡Ten cuidad! ¡Qué te vas a caer! ¡Ya te lo había advertido! En fin, como cualquier madre. Por supuesto y con mayor ahínco  en lo tocante a la instrucción en la Ley de Moisés. Así, en su humanidad, Jesús llevaría el sello de María, actuaría como ella le guiaba, ante los vecinos se comportaría tal como ella le había educado.

        Incluso en el paso de la vida privada a la pública, por cierto con este paso ella prácticamente desaparece, se dio cuenta de que ya había pasado su tiempo, María, madre y mujer, se encargó de ejercer su influencia. Fue a avisarle, como si él no se hubiera percatado del problema de aquella pareja y ante la contestación de Jesús, la madre-mujer no se achanta, sigue queriendo influir en el hijo, sigue ejerciendo su rol y… poco menos que le obliga por su autoridad materna a realizar el milagro. Si lo conocería y estaría tan segura de su influencia sobre él que a pesar de la respuesta, ella se dirige a los sirvientes ahora diríamos que lo “puentea”  para decirles: “Haced lo que él os diga”. Así, de esta manera, a Jesús no le cupo más remedio que seguir obedeciéndola, ya hecho todo un hombre, para no dejarla desairada ante la concurrencia. Ella como perspicaz mujer se percata del problema, asume como propia la preocupación de aquella familia desairada a causa de la falta de previsión. Como madre no duda en echar mano de su influencia y autoridad sobre el hijo para sacar de apuros a la pareja de recién desposados.

        Pongámonos nosotros, también como hijos suyos, bajo su amparo cuando los problemas lleguen a nuestras vidas, cuando nos falte la alegría, cuando nos ahoguemos bajo el peso de las dificultades y sobre todo cuando la aridez espiritual nos invada.

Pedro José Martínez Caparrós

        

jueves, 18 de mayo de 2017

Comenzar la mañana con la oración (recuerdos de la niñez)




Recuerdo cuando era niño que, la clase por la mañana se iniciaba con una oración. Y recuerdo que en el estrado del profesor, en la pared, en formato grande, había pintado un teléfono. Eran tiempos en que el teléfono de pared, negro, no estaba implantado en todas las casas. Y comenzábamos la oración con la señal de la Cruz. Y nos decía el profesor: “la señal de la Cruz es como cuando marcas el número de teléfono para comunicar con alguien. En este caso, con esta señal, te pones en contacto con Dios”.

Creo que es bueno comenzar con la señal de la Cruz nuestras oraciones, aunque lo hagamos de forma inconsciente. Pero yo siempre recordaré este símbolo del teléfono que me lleva necesariamente a la comunicación con el Señor.

Y después, creo que es importante rezar la oración del “Señor mío Jesucristo…”, en la que pedimos perdón por nuestros pecados y nos abre las puertas para la oración posterior.

Y pedimos: “…Señor, ¡ábreme los labios! Y mi boca proclamará tu alabanza…”. Y es que, de la misma forma que con la boca cerrada no podemos recibir el alimento, con la boca del alma, si está cerrada, tampoco podemos recibir el alimento de la oración.

No en vano dirá el salmo:”…Yo soy Yahvé, tu Dios, que te saqué del país de Egipto, ¡abre tu boca que te la llene!…” (Sal 81,11)

Es curiosa esta forma de pedir al Señor: “…mi boca proclamará tu alabanza…”

 La única Palabra que se proclama es precisamente la Palabra, el Evangelio de Nuestro Señor Jesucristo. Es decir, mi boca estará en disposición de alimentarse con el Evangelio. Fijémonos que en la celebración de la Eucaristía, el celebrante al abrir el Evangelio dice: “proclamación del santo Evangelio según…”

Pues comencemos la mañana en la presencia del Señor, que él se cuidará de nosotros durante el día, para que también “nuestro pie no tropiece en piedra de escándalo “(Sal 90)

Alabado sea Jesucristo

Tomas Cremades Moreno


martes, 16 de mayo de 2017

' Ve­nid y va­mos to­do­s’


 Que­ri­dos her­ma­nos y her­ma­nas:
El 30 de abril de 1965 pu­bli­ca­ba el Papa Pa­blo VI una bre­ve y pre­cio­sa en­cí­cli­ca ti­tu­la­da “Mes de Mayo”, en la que con­fe­sa­ba que al acer­car­se este mes emi­nen­te­men­te ma­riano le lle­na­ba de gozo pen­sar en el con­mo­ve­dor es­pec­tácu­lo de fe y de amor que a lo lar­go del mis­mo se ofre­ce en to­das par­tes de la tie­rra en ho­nor de la Reina del Cie­lo. “En efec­to, -aña­día el Papa-  mayo es el mes en el que en los tem­plos y en las ca­sas par­ti­cu­la­res sube a Ma­ría des­de el co­ra­zón de los cris­tia­nos el más fer­vien­te y afec­tuo­so ho­me­na­je de su ora­ción y ve­ne­ra­ción”. Como con­se­cuen­cia de la se­cu­la­ri­za­ción, hoy las co­sas no son como Pa­blo VI las so­ña­ba hace sólo cin­co dé­ca­das. Se­gu­ra­men­te ni en mu­chas pa­rro­quias, ni en la ma­yo­ría  de las fa­mi­lias se con­ser­van las prác­ti­cas pia­do­sas en­tra­ña­bles con que hon­rá­ba­mos a la Vir­gen en el mes de las Flo­res en nues­tros Se­mi­na­rios, ca­sas re­li­gio­sas y co­le­gios, que tan­tos re­cor­da­mos con año­ran­za. No deja de ser una des­gra­cia, pues­to que como el mis­mo Pa­blo VI ma­ni­fies­ta, al mis­mo tiem­po que en el mes de mayo hon­ra­mos a Ma­ría, “des­de su trono des­cien­den has­ta no­so­tros los do­nes más ge­ne­ro­sos y abun­dan­tes de la di­vi­na mi­se­ri­cor­dia”.

Pues­to que es­toy con­ven­ci­do de que aque­llas prác­ti­cas de­vo­cio­na­les nos sir­vie­ron muy mu­cho para en­rai­zar des­de ni­ños en nues­tro co­ra­zón la de­vo­ción y el amor a la Vir­gen, su­gie­ro y pido a to­das las co­mu­ni­da­des cris­tia­nas de nues­tra Ar­chi­dió­ce­sis que han per­di­do ta­les prác­ti­cas, que ha­gan lo po­si­ble por re­cu­pe­rar­las, pues la ver­da­de­ra de­vo­ción y el cul­to ge­nuino a la Vir­gen es siem­pre ca­mino de con­ver­sión, de vida in­te­rior y de di­na­mis­mo pas­to­ral. Ma­ría es el ca­mino que con­du­ce a Cris­to. Todo en­cuen­tro con Ella ter­mi­na en un en­cuen­tro con su Hijo. Des­de su co­ra­zón mi­se­ri­cor­dio­so, en­con­tra­mos más fá­cil ac­ce­so al co­ra­zón mi­se­ri­cor­dio­so de Je­sús.
Efec­ti­va­men­te, la San­tí­si­ma Vir­gen ocu­pa un lu­gar cen­tral en el mis­te­rio de Cris­to y de la Igle­sia y, por ello, la de­vo­ción a Ma­ría per­te­ne­ce a la en­tra­ña mis­ma de la vida cris­tia­na. Ella es la ma­dre de Je­sús. Ella, como pe­re­gri­na de la fe, acep­tó hu­mil­de y con­fia­da su mis­te­rio­sa ma­ter­ni­dad, ha­cien­do po­si­ble la en­car­na­ción del Ver­bo. Ella fue la pri­me­ra oyen­te de su pa­la­bra, su más fiel y aten­ta dis­cí­pu­la, la en­car­na­ción más au­tén­ti­ca del Evan­ge­lio. Ella, por fin, al pie de la Cruz, nos re­ci­be como hi­jos y se con­vier­te, por un mis­te­rio­so de­sig­nio de la Pro­vi­den­cia de Dios, en co­rre­den­to­ra de toda la hu­ma­ni­dad. Por ser ma­dre y co­rre­den­to­ra, es me­dia­ne­ra de to­das las gra­cias ne­ce­sa­rias para nues­tra sal­va­ción, nues­tra san­ti­fi­ca­ción y nues­tra fi­de­li­dad, lo cual en ab­so­lu­to os­cu­re­ce la úni­ca me­dia­ción de Cris­toTodo lo con­tra­rio. Esta me­dia­ción ma­ter­nal es que­ri­da por Cris­to y se apo­ya y de­pen­de de los mé­ri­tos de Cris­to y de ellos ob­tie­ne toda su efi­ca­cia (LG 60).

La ma­ter­ni­dad de Ma­ría y su mi­sión de co­rre­den­to­ra si­guen sien­do ac­tua­les: ella asun­ta y glo­rio­sa en el cie­lo, si­gue ac­tuan­do como ma­dre, con una in­ter­ven­ción ac­ti­va, efi­caz y be­né­fi­ca en fa­vor de no­so­tros sus hi­jos, im­pul­san­do, vi­vi­fi­can­do y di­na­mi­zan­do nues­tra vida cris­tia­na. Esta ha sido la doc­tri­na cons­tan­te de la Igle­sia a tra­vés de los si­glos, en­se­ña­da por los Pa­dres de la Igle­sia, vi­vi­da en la li­tur­gia, ce­le­bra­da por los es­cri­to­res me­die­va­les, en­se­ña­da por los teó­lo­gos y muy es­pe­cial­men­te por los Pa­pas de los dos úl­ti­mos si­glos.

Por ello, la de­vo­ción a la Vir­gen, co­no­cer­la, amar­la e imi­tar­la, vi­vir  una re­la­ción fi­lial y tier­na con ella, acu­dir a ella cada día, hon­rar­la con el rezo del án­ge­lus, las tres ave­ma­rías, el ro­sa­rio u otras de­vo­cio­nes re­co­men­da­das por la Igle­sia, como las Flo­res de mayo y la no­ve­na de la In­ma­cu­la­da, no es un adorno del que po­da­mos pres­cin­dir sin que se con­mue­van los pi­la­res mis­mos de nues­tra vida cris­tia­na.
Efec­ti­va­men­te, Ma­ría es el arca de la Alian­za, el lu­gar de nues­tro en­cuen­tro con el Se­ñor; re­fu­gio de pe­ca­do­res, con­sue­lo de los afli­gi­dos y re­me­dio y au­xi­lio de los cris­tia­nos; ella es la es­tre­lla de la ma­ña­na que nos guía en nues­tra pe­re­gri­na­ción por este mun­do; ella es sa­lud de los en­fer­mos del cuer­po y del alma. Ella es, por fin, la cau­sa de nues­tra ale­gría y la ga­ran­tía de nues­tra fi­de­li­dad.
Hon­re­mos, pues, a la Vir­gen cada día de nues­tra vida y muy es­pe­cial­men­te en el mes de mayo. Acu­da­mos a vi­si­tar­la en sus san­tua­rios y er­mi­tas con amor y sen­ti­do pe­ni­ten­cial. Lo re­pi­to, qué bueno se­ría que en nues­tras pa­rro­quias, co­le­gios ca­tó­li­cos y co­mu­ni­da­des se res­tau­ra­ran las Flo­res de mayo u otras de­vo­cio­nes pa­re­ci­das. El amor y el cul­to a la Vir­gen es un mo­tor for­mi­da­ble de di­na­mis­mo es­pi­ri­tual, de fi­de­li­dad al Evan­ge­lio y de vi­gor apos­tó­li­co. Que nun­ca ter­mi­ne­mos nues­tra jor­na­da sin ha­ber ren­di­do un ho­me­na­je fi­lial a Nues­tra Se­ño­ra.
Para to­dos, mi sa­lu­do fra­terno y mi ben­di­ción.
+ Juan José Asen­jo Pe­le­gri­na
Ar­zo­bis­po de Se­vi­lla


lunes, 15 de mayo de 2017

Si preguntas a Dios…



                                             
                           
Depende de lo que preguntes puede que cometas un agravio, pues Él Habló ya para el mundo por generaciones hasta el último día. Las respuestas a toda acción, las tienes en tu mano si quieres Leerlas. 

¿No quieres? No preguntes siquiera un porqué.

Dios no va a venir para decir lo mismo dos veces y mucho menos para Morir por ti de nuevo. Ya lo hizo, ya te perdonó en La Cruz, ya abrió el cielo para ti. Pero nada es gratis amigo, es una lucha constante, es un cumplimiento diario de su Palabra, es un pedir incesante de FE.

La FE te hace entender su Sabiduría y dicen que mueve montañas…  No seamos tan simples para creer que la fe nos va a dar lo que queremos ¡no!, la fe mueve las almas de los buenos de Dios y Dios te los pone en tu camino porque Dios sabe QUÉ necesitas a sus ojos.

Santa Teresa reclutaba almas para Dios, tenía Su beneplácito; Santa Teresa de Calcuta, lo mismo… ¿Somos como ellas? Pues va a ser que ¡ni soñando!

Ahí vemos el buen hacer de estas personas, realmente humanas y entregadas a Dios. ¿Podríamos nosotros ser como ellas sin ser monjas o sacerdotes? ¡Claro que sí!, el matrimonio también nos puede llevar a la santidad.

¿Qué es más importante para ti? La vida que te rodea o te preocupan las almas y la tuya. 
  
Yo estoy aprendiendo lo segundo.

Oración, oración y oración.

Emma Diez Lobo