domingo, 30 de abril de 2017

Un día genial



¡Madre mía! Hoy también resucito yo gracias a Dios y a Jesús de Nazaret. 

Aunque son Uno, aquí era un Hombre y Dios en su Espíritu. Los “Dos” lo pasaron fatal… ¡Madre mía cuánto amor nos debe tener!

Hoy estamos liberados, hoy hay cielo para el mundo; sólo hay que seguir las reglas que no están difícil y si lo es, tenemos quienes nos perdonen en su nombre ¡Todo es genial!, además nos regaló desde ese día, su Misericordia infinita e Indulgencias Plenarias (remisión de las penas debidas a pecados perdonados). Estoy feliz.

Y gran día también para el Cristiano Católico que recibe la Bendición “URBI ET ORBI” (para Roma y para el mundo): ¡Adiós purgatorio de lo pasado!, creo que el “purga” es larguííííííííííííííííísimo, eso han dicho (aparecidos) a ciertos Santos, como al Padre Pío de Pieltrechina.

Ya sabéis, a confesar, a Comulgar y a confiar en los designios de Dios diciéndole: “¡Hágase en mí tu voluntad y no la mía, que seguro no es la tuya ni por asomo”! Y dejar en sus manos lo que no podemos resolver.
Genial, tenemos todo el itinerario escrito como cuando te vas con tu plano y tu guía a un país desconocido. ¿Necesitamos más para llegar al cielo?

Es un destino fantástico, una “gran ciudad” eterna plena de amor y a la que todo el mundo debería ir y quedarse (hay mucho sitio). Ese lugar es infinitamente mejor que una playa de las Islas Fiyi, un Ferrari o que te toque la lotería… ¡No hay color y encima es gratis!

¡Hala, todos con el Manual y El Guía!


Emma Diez Lobo

sábado, 29 de abril de 2017

III Domingo de Pascua




El Señor resucitado presente en nuestra vida y en la Eucaristía

El relato de la aparición de Jesús a los discípulos de Emaús nos muestra uno de los modos que emplea Jesús para revelarse a unos discípulos que habían vivido su muerte como un fracaso.  Parte Jesús del hecho de que su  muerte y resurrección son dos caras de un mismo misterio: cuando  llegó al final del proceso de muerte real, comenzó su resurrección, es decir, cuando entregó totalmente su vida por amor -  nos amó hasta el extremo – es acogido por el amor trasformador del Padre. No sabemos cómo ni cuándo tuvo lugar esta trasformación de su humanidad, pues sólo se nos ha dado a conocer el momento en que Dios nos lo ha revelado, lo que conocemos como domingo de resurrección. El tercer día¸ fórmula  que en la literatura judía significa la hora de la verdad en que Dios libera al justo afligido, se refiere en nuestro caso al momento de la proclamación de la resurrección.

Dos discípulos han contemplado el misterio pascual desde la faceta externa e histórica, la crucifixión,  y la han vivido como un fracaso: esperaban que él sería quién rescataría a Israel política y militarmente. La realidad es que ha muerto crucificado. Ya han pasado tres días  de esto. Se han enterado de que unas mujeres han visto el sepulcro vacío y han asegurado que unos ángeles afirman que vive, pero están desconcertados y van de vuelta  de todo esto,  tristes.

La psicología propia de un fracasado. Jesús se les une y comienza el proceso. Lo primero que les pide es que reordenen los hechos vividos. Después les invita a iluminarlos con la palabra de Dios. No se nos dice qué textos concretos citó Jesús, sólo que adujo los que mostraban que el Mesías tenía que padecer para entrar así en su gloria. Realmente en el AT son abundantes los textos del justo perseguido y siempre vindicado por Dios o en esta vida o después de morir, resucitándolo. Ningún justo ha conseguido la meta final sin pasar por la persecución. Aquí radica el problema de los dos discípulos, en juzgar el final de Jesús con criterios humanos y no con la luz de Dios, y esto a pesar de que el mismo Jesús ya había anunciado su muerte y resurrección. Pero los criterios humanos ahogaron estas luces y entonces no entendieron nada. Ahora ardían sus corazones mientras les declaraba las Escrituras. ¡Con cuánta convicción les inculcaría Jesús esta idea! La mente ya está lista.

Pero no basta tener ideas claras, es necesario tener una voluntad fuerte para decidirse y dar el paso. Por eso ahora le toca su turno al corazón. Jesús hace ademán de seguir adelante para suscitar en ellos un gesto de amor, en concreto, un acto de hospitalidad: Quédate con nosotros. Ya está todo listo para que, al partir Jesús el pan, se les abrieran los ojos  y lo reconocieran. Bastó un gesto. Aquello ciertamente no fue  una Eucaristía, pero Lucas piensa en ella y nos ofrece un camino para descubrir al Señor resucitado en cada celebración. Siempre que llevamos con amor a la celebración nuestra vida con sus sufrimientos y el dolor del mundo y los iluminamos con la palabra de Dios, experimentaremos la presencia del Señor resucitado.

Al resucitar, la humanidad de Jesús ha trascendido la condición humana y participa de la condición divina. Ahora puede estar presente en todos los tiempos y lugares. Por eso está presente no sólo en toda celebración de la Eucaristía, sino  en todas partes, especialmente en el corazón de todos los hombres. Como  nuevo Adán está en el fondo de toda existencia humana inspirando con su Espíritu buenos pensamientos y deseos y ofreciendo su gracia para llevarlos a cabo.

En este contexto la misión cristiana tiene un sentido especial: no se trata de “llevar a Jesús”, a una persona, pues  ya está en ella, sino de ayudarla a descubrir esa presencia y a aceptarla explícitamente en su vida mediante la fe y el bautismo. Los caminos para ello son variados, y uno importante es el proceso de Emaús. Punto de partida son las experiencias negativas que se presentan en la vida: fracasos, desilusiones, el dolor y la muerte... Son experiencias de muerte en cuyo fondo está la experiencia de la resurrección. Analizadas a la luz de la palabra de Dios ayudan a descubrir la presencia de Cristo, pero es necesario que vayan acompañadas de una actitud de amor por la humanidad. En estas condiciones  el que busca está  en disposición de  que “se le abran los ojos” y reconozca a Jesús.

D. Antonio Rodríguez Carmona


viernes, 28 de abril de 2017

¿Dios, estás ahí?

                                                                
                               

-¡Claro, ya te lo dije el día que me fui de la tierra!, ¿es que no te enteraste, ni te enteras cuando te lo digo cada día que vas a mi Casa?

- No, si ya… Pero Hijo, tengo unos problemones que aumentan por momentos… 

- ¿Qué hice el día que faltaron panes para todos?, ¿no resolví el problemón, como tú dices, haciendo mi voluntad de dar sin medida?

- No, si ya… Pero yo no estoy en aquella pradera…

- ¡Y qué más da dónde estés, pareces tonta! Lo que te pasa es que te derrumbas antes de que Yo actúe y lo haré cuando yo quiera, no cuando tú me lo digas porque ¡querida!, no es el  momento idóneo… 

- ¡Jopé! ¿Pero Tú te has puesto en mi lugar?

- Más que eso, acuérdate de cuando dije “¿Por qué os preocupáis de qué vais a comer o vestir? Buscad primero el Reino de Dios y su justicia, lo demás se os dará por añadidura, pues bien sabe vuestro Padre lo que necesitáis para vivir… No penséis en el mañana porque a cada día le basta su contrariedad”.  
    
- ¡Venga vale! Es que se me olvidan las cosas (ya sabes que los años no perdonan).

- ¡Pues para eso te di un Libri… tóoooo majestuoso, hija! y los hay de todos los tamaños, no tienes que ir con el “Vulgata” gordo que pesa un quintal y medio.

-Ya, ya… Y Dios con sus Palabras me tranquilizó sobremanera. ¡Es infalible, siempre tiene contestación para todo!

Emma Díez Lobo


jueves, 27 de abril de 2017

La búsqueda, más allá del alma, de lo inmutable





"Pregunta a la hermosura de la tierra, pregunta a la hermosura del mar, pregunta a la hermosura del aire dilatado y difuso, pregunta a la hermosura del cielo, pregunta al ritmo ordenado de los astros; pregunta al sol, que ilumina el día con fulgor; pregunta a la luna, que mitiga con su resplandor la oscuridad de la noche que sigue al día; pregunta a los animales que se mueven en el agua, que habitan la tierra y vuelan en el aire: a las almas ocultas, a los cuerpos manifiestos; a los seres visibles, que necesitan quien los gobierne, y los invisibles, que lo gobiernan. 

Pregúntales. Todos te responderán: «Contempla nuestra belleza.» Su hermosura es su confesión. ¿Quién hizo estas cosas bellas, aunque mudables, sino la belleza inmutable? Ya en el hombre mismo, para poder conocer y comprender a Dios, creador del universo entero; en el mismo hombre, repito, se hizo la pregunta a ambos componentes, al cuerpo y al alma. Preguntaban a lo que ellos mismos eran: al cuerpo que veían y al alma que no veían, pero sin la cual no podían ver aquél. Veían, en efecto, mediante el ojo, pero el que ve a través de esas ventanas estaba dentro. De esta manera, cuando se marcha quien la habita, la casa se derrumba; cuando se aleja el principio rector, cae lo regido, y por eso recibe el nombre de cadáver. ¿No están, acaso, intactos los ojos? Aunque estén abiertos, nada ven. Los oídos siguen ahí, pero se ausentó el que oía; la lengua permanece, pero se alejó el músico que la movía. Preguntaron, pues, a estas dos cosas, al cuerpo, que se ve, y al alma, que no se ve, y descubrieron que es mejor lo que no se ve que lo que se ve; que es superior el alma, que queda oculta, e inferior la carne, visible. Vieron ambas cosas, las analizaron, discutieron sobre ellas, y advirtieron que, en el hombre, una y otra eran mudables. Al cuerpo lo hace mudable la edad, la enfermedad, los alimentos; el descanso y el cansancio, la vida y la muerte. A continuación se ocuparon del alma que habían reconocido ser ciertamente superior, y que les cau­saba admiración a pesar de ser invisible; advirtieron que también ella era mutable, que ahora quiere y luego no, que ahora sabe y luego ignora, que ahora se acuerda y luego se olvida, que ahora tiene miedo y luego es atrevida, que ahora progresa en la sabiduría y luego se hunde en la necedad. Al verla mutable, la trascendieron también a ella y buscaron algo inmutable. De esta manera, por las cosas hechas llegaron a Dios, que las hizo."

(San Agustín)


lunes, 24 de abril de 2017

Dichosos los que creen sin haber visto



SECUENCIA PASCUAL

Ofrezcan los cristianos
ofrendas de alabanza
 a gloria de la Víctima
propicia de la Pascua.

Cordero sin pecado
que a las ovejas salva,
a Dios y a los culpables
unió con nueva alianza.

Lucharon vida y muerte
en singular batalla
 y, muerto el que es la Vida,
triunfante se levanta.

¿Qué has visto de camino,
María, en la mañana?
A mi Señor glorioso,
la tumba abandonada,
 los ángeles testigos,
sudarios y mortaja.
¡Resucitó de veras
mi amor y mi esperanza!

 Venid a Galilea,
allí el Señor aguarda;
allí veréis los suyos
 la gloria de la Pascua.

Primicia de los muertos,
sabemos por tu gracia
que estás resucitado;
la muerte en ti no manda.

Rey vencedor, apiádate
de la miseria humana
y da a tus fieles parte

en tu victoria santa.

domingo, 23 de abril de 2017

Fiesta de la misericordia




El Papa Fran­cis­co cuen­ta una anéc­do­ta de sus años como sa­cer­do­te en Bue­nos Ai­res. Una vez, cuan­do iba a sa­lir de la igle­sia, se le acer­có una an­cia­na a pe­dir­le que le con­fe­sa­ra. Mien­tras se pre­pa­ra­ban para ello, el Papa bro­meó con ella, vién­do­la tan bue­na: «Va­mos, pero no sé, no sé si Dios po­drá per­do­nar­le sus pe­ca­dos», a lo que ella res­pon­dió: «Si Dios no per­do­na­ra los pe­ca­dos, el mun­do no exis­ti­ría». Una re­fle­xión dig­na de un ver­da­de­ro teó­lo­go, pen­só el hoy Papa.

El per­dón de los pe­ca­dos es una ma­ni­fes­ta­ción de la mi­se­ri­cor­dia de Dios. San Juan Pa­blo II anun­ció, du­ran­te la ca­no­ni­za­ción de Sor Faus­ti­na Ko­wals­ka: «En todo el mun­do, el se­gun­do do­min­go de Pas­cua re­ci­bi­rá el nom­bre de do­min­go de la Di­vi­na Mi­se­ri­cor­dia. Una in­vi­ta­ción pe­ren­ne para el mun­do cris­tiano a afron­tar, con con­fian­za en la be­ne­vo­len­cia di­vi­na, las di­fi­cul­ta­des y las prue­bas que es­pe­ran al gé­ne­ro hu­mano en los años ve­ni­de­ros.»

Hoy ce­le­bra­mos esta fies­ta tan en­tra­ña­ble que Dios mis­mo qui­so que se ins­ti­tu­ye­ra en la Igle­sia, se­gún las fre­cuen­tes re­ve­la­cio­nes que tuvo la mon­ja po­la­ca y que dejó es­cri­tas en su Dia­rio.

La de­vo­ción que sen­tía el papa Wojty­la por esta ca­rac­te­rís­ti­ca del amor di­vino ha­cia la hu­ma­ni­dad le lle­vó a pu­bli­car la en­cí­cli­ca Di­ves in Mi­se­ri­cor­dia, y el Papa ac­tual se hizo igual­men­te eco con la bula Mi­se­ri­cor­diæ Vul­tus en la que de­cla­ró un año san­to, un ju­bi­leo ex­tra­or­di­na­rio, en­tre 2015 y 2016.

En ella re­cor­da­ba las fa­mo­sas pa­la­bras de San Juan XXIII en la inau­gu­ra­ción del Con­ci­lio Va­ti­cano II: «En nues­tro tiem­po, la es­po­sa de Cris­to pre­fie­re usar la me­di­ci­na de la mi­se­ri­cor­dia y no em­pu­ñar las ar­mas de la se­ve­ri­dad.»

La ten­ta­ción de apli­car la jus­ti­cia, siem­pre y nada más que la jus­ti­cia, no co­rres­pon­de al amor ma­ter­nal que la Igle­sia tie­ne para to­dos sus hi­jos. Ha lle­ga­do el mo­men­to de po­ner en prác­ti­ca la bue­na no­ti­cia, la ale­gría del per­dón, y, al tiem­po que da­mos gra­cias a Dios por su mi­se­ri­cor­dia, prac­ti­car­la no­so­tros con nues­tros her­ma­nos. «Mi­se­ri­cor­dia» —dice Fran­cis­co— «es la vía que une Dios al hom­bre […]. Es la ley fun­da­men­tal que ha­bi­ta en el co­ra­zón de cada per­so­na cuan­do mira con ojos sin­ce­ros al her­mano que en­cuen­tra en el ca­mino de la vida.»

En este tiem­po de ale­gría pas­cual, la fies­ta de este do­min­go es un es­tre­cho lazo que nos une a Dios y al pró­ji­mo en Je­su­cris­to, que es el ros­tro de la mi­se­ri­cor­dia del Pa­dre.

† Jau­me Pu­jol Bal­ce­lls

Ar­zo­bis­po me­tro­po­li­tano de Ta­rra­go­na y pri­ma­do

sábado, 22 de abril de 2017

II Domingo de Pascua






        DOMINGO DE LA DIVINA  MISERICORDIA

Los grandes dones de la resurrección: espíritu santo, fe, paz, alegría, misión.

        Este domingo pone fin a la gran octava pascual, en la que en los primeros siglos de la Iglesia los recién bautizados terminaban su semana de fiesta, quitándose la túnica blanca que habían vestido,  y comenzaban la vida ordinaria en la oscuridad de la fe. Esta circunstancia explica la elección del evangelio, que recuerda dos apariciones de Jesús, una el día de la resurrección y otra a los ocho días. En su evangelio Juan presenta en torno a la muerte y resurrección todos los grandes dones que Jesús muerto y resucitado ha dado a la Iglesia. En el relato de la muerte ha presentado la maternidad de María y los sacramentos del bautismo y de la eucaristía simbolizados en el agua y sangre del costado de Jesús; en el primer relato de aparición la paz, la alegría, el Espíritu, la misión, en el segundo la fe.  Se nos invita a profundizar en estos dones como medio de aproximarnos al misterio de la resurrección. Ayudará hacerlo con cierto orden lógico: Espíritu, fe, paz, alegría, misión.

        San Juan Pablo II invitó a celebrar estos dones desde el prisma de la misericordia. Si misericordia es sintonizar con el necesitado y hacer todo lo posible para sacarlo de su situación, realmente Cristo resucitado es la personificación de la misericordia, pues sintonizó con la condición humana, haciéndose uno en todo igual a nosotros menos en el pecado, e hizo todo lo que pudo, entregó su vida, con la que nos ha puesto en camino de salvación con los dones que nos ha conseguido.

        El Espíritu Santo es el gran don de la resurrección. Es el mismo Espíritu por el que Jesús se ofreció a sí mismo, haciendo de su existencia una ofrenda viviente (Hebr 9,14), y el que lo resucitó, divinizando su humanidad (Rom 8,11). Ahora Jesús nos lo entrega, porque quiere que repita este mismo proceso en sus hermanos, con los que ha compartido la humanidad; quiere que todos compartamos su camino y su meta gloriosa. A partir de ahora el nombre del Espíritu será “Espíritu de Jesús”; él es el gran protagonista de la obra de la salvación: por la fe y el bautismo nos une a Cristo resucitado (segunda lectura), nos hace miembros de su cuerpo, nos fortalece y guía para vivir compartiendo la muerte de Jesús, y al final nos hará compartir su resurrección (Rom 8,11).

        Es importante el don de la fe. En su evangelio Juan pone de relieve la importancia de las apariciones con las que Jesús constituyó a un grupo  testigos cualificados de su resurrección con la misión de dar testimonio a toda la humanidad. Es la fe apostólica que está en el origen de nuestra fe y estos días se nos recuerda de nuevo en la liturgia (primera lectura) y que, según 1 Jn 1,1-4, nos iguala a los que “han oído, visto  y tocado” al Señor resucitado. En la segunda aparición del evangelio de hoy Jesús declara a Tomás que es bienaventurado el que ha creído sin haber visto. Esta es nuestra situación, porque es realmente el Espíritu el que, ante la proclamación de los apóstoles, crea en nosotros sin haber visto una convicción firme. Al igual que Jesús en su ministerio público ha renunciado a grandes pruebas de su misión, ahora también ha querido usar de medios pobres, el sepulcro vacío y el testimonio apostólico, para proclamar su resurrección. Son medios humanamente pobres, pero  poderosos por medio del Espíritu.

        La paz no es sólo un saludo, en este caso tiene valor constituyente, Jesús ofrece la paz que ha creado con su resurrección. Paz, chalon, en hebreo significa armonía. Con su resurrección Jesús es nuestra paz...  pues por él tenemos acceso al Padre en un mismo Espíritu  (Ef 2,14.18). En Cristo somos hijos del Padre y hermanos entre nosotros, recibiendo así la debida armonía como miembros de su cuerpo.

         La alegría es un don inseparable del Espíritu y de la paz. Se trata de compartir la alegría auténtica, cuyo principio y fuente es Dios Padre; es la alegría  que comparte Jesús y quiere que sus discípulos también compartan (Jn 17,13). Lo que prometió, ahora se ha hecho realidad: Vosotros ahora estáis tristes, pero de nuevo os veré, y se alegrará vuestro corazón y nadie será capaz de quitaros vuestra alegría (Jn 16,22). Se alegraron los discípulos al ver al Señor (Evangelio). Es la alegría, inseparable del amor,  que da sentido a la vida, al saberse el discípulo amado por Dios y con una vida nueva, segura y con sentido.

        Finalmente el don de la misión. Los dones de Dios son dinámicos.

Dios es la fuente de la vida, la felicidad, la alegría, la perfección y nos las da para que las compartamos con los demás. El don de la fe en la resurrección de Jesús que hemos recibido, es para compartirlo, prolongando así el testimonio apostólico. Por eso Jesús subraya de un modo especial que el don de la fe y vida nueva exige ser transmitido, como el agua, que corre y da vida, pero que cuando se estanca, se puede echar a perder. La misión forma parte de la vida cristiana.


        En cada Eucaristía Jesús actúa como pontífice misericordioso, que nos comprende y ayuda, ofreciéndonos sus dones, y nos envía en misión para que los trasmitamos a los demás.


Rvdo. don Antonio Rodríguez Carmona