viernes, 20 de abril de 2018

Mensaje del Santo Padre Francisco




MENSAJE DEL SANTO PADRE FRANCISCO
PARA LA 55 JORNADA MUNDIAL
DE ORACIÓN POR LAS VOCACIONES

Escuchar, discernir, vivir la llamada del Señor

 Queridos hermanos y hermanas:

El próximo mes de octubre se celebrará la XV Asamblea General Ordinaria del Sínodo de los Obispos, que estará dedicada a los jóvenes, en particular a la relación entre los jóvenes, la fe y la vocación. En dicha ocasión tendremos la oportunidad de profundizar sobre cómo la llamada a la alegría que Dios nos dirige es el centro de nuestra vida y cómo esto es el «proyecto de Dios para los hombres y mujeres de todo tiempo» (Sínodo de los Obispos, XV Asamblea General Ordinaria, Los jóvenes, la fe y el discernimiento vocacional, introducción).

Esta es la buena noticia, que la 55ª Jornada Mundial de Oración por las Vocaciones nos anuncia nuevamente con fuerza: no vivimos inmersos en la casualidad, ni somos arrastrados por una serie de acontecimientos desordenados, sino que nuestra vida y nuestra presencia en el mundo son fruto de una vocación divina.

También en estos tiempos inquietos en que vivimos, el misterio de la Encarnación nos recuerda que Dios siempre nos sale al encuentro y es el Dios-con-nosotros, que pasa por los caminos a veces polvorientos de nuestra vida y, conociendo nuestra ardiente nostalgia de amor y felicidad, nos llama a la alegría. En la diversidad y la especificidad de cada vocación, personal y eclesial, se necesita escuchardiscernir vivir esta palabra que nos llama desde lo alto y que, a la vez que nos permite hacer fructificar nuestros talentos, nos hace también instrumentos de salvación en el mundo y nos orienta a la plena felicidad.

Estos tres aspectos —escuchadiscernimiento y vida— encuadran también el comienzo de la misión de Jesús, quien, después de los días de oración y de lucha en el desierto, va a su sinagoga de Nazaret, y allí se pone a la escucha de la Palabra, discierne el contenido de la misión que el Padre le ha confiado y anuncia que ha venido a realizarla «hoy» (cf. Lc 4,16-21).

Escuchar

La llamada del Señor —cabe decir— no es tan evidente como todo aquello que podemos oír, ver o tocar en nuestra experiencia cotidiana. Dios viene de modo silencioso y discreto, sin imponerse a nuestra libertad. Así puede ocurrir que su voz quede silenciada por las numerosas preocupaciones y tensiones que llenan nuestra mente y nuestro corazón.

Es necesario entonces prepararse para escuchar con profundidad su Palabra y la vida, prestar atención a los detalles de nuestra vida diaria, aprender a leer los acontecimientos con los ojos de la fe, y mantenerse abiertos a las sorpresas del Espíritu.

Si permanecemos encerrados en nosotros mismos, en nuestras costumbres y en la apatía de quien desperdicia su vida en el círculo restringido del propio yo, no podremos descubrir la llamada especial y personal que Dios ha pensado para nosotros, perderemos la oportunidad de soñar a lo grande y de convertirnos en protagonistas de la historia única y original que Dios quiere escribir con nosotros.

También Jesús fue llamado y enviado; para ello tuvo que, en silencio, escuchar y leer la Palabra en la sinagoga y así, con la luz y la fuerza del Espíritu Santo, pudo descubrir plenamente su significado, referido a su propia persona y a la historia del pueblo de Israel.

Esta actitud es hoy cada vez más difícil, inmersos como estamos en una sociedad ruidosa, en el delirio de la abundancia de estímulos y de información que llenan nuestras jornadas. Al ruido exterior, que a veces domina nuestras ciudades y nuestros barrios, corresponde a menudo una dispersión y confusión interior, que no nos permite detenernos, saborear el gusto de la contemplación, reflexionar con serenidad sobre los acontecimientos de nuestra vida y llevar a cabo un fecundo discernimiento, confiados en el diligente designio de Dios para nosotros.

Como sabemos, el Reino de Dios llega sin hacer ruido y sin llamar la atención (cf. Lc 17,21), y sólo podemos percibir sus signos cuando, al igual que el profeta Elías, sabemos entrar en las profundidades de nuestro espíritu, dejando que se abra al imperceptible soplo de la brisa divina (cf. 1 R 19,11-13).

Discernir

Jesús, leyendo en la sinagoga de Nazaret el pasaje del profeta Isaías, discierne el contenido de la misión para la que fue enviado y lo anuncia a los que esperaban al Mesías: «El Espíritu del Señor está sobre mí, porque él me ha ungido. Me ha enviado a evangelizar a los pobres, a proclamar a los cautivos la libertad, y a los ciegos, la vista; a poner en libertad a los oprimidos; a proclamar el año de gracia del Señor» (Lc 4,18-19).

Del mismo modo, cada uno de nosotros puede descubrir su propia vocación sólo mediante el discernimiento espiritual, un «proceso por el cual la persona llega a realizar, en el diálogo con el Señor y escuchando la voz del Espíritu, las elecciones fundamentales, empezando por la del estado de vida» (Sínodo de los Obispos, XV Asamblea General Ordinaria, Los jóvenes, la fe y el discernimiento vocacional, II, 2).

Descubrimos, en particular, que la vocación cristiana siempre tiene una dimensión profética. Como nos enseña la Escritura, los profetas son enviados al pueblo en situaciones de gran precariedad material y de crisis espiritual y moral, para dirigir palabras de conversión, de esperanza y de consuelo en nombre de Dios. Como un viento que levanta el polvo, el profeta sacude la falsa tranquilidad de la conciencia que ha olvidado la Palabra del Señor, discierne los acontecimientos a la luz de la promesa de Dios y ayuda al pueblo a distinguir las señales de la aurora en las tinieblas de la historia.

También hoy tenemos mucha necesidad del discernimiento y de la profecía; de superar las tentaciones de la ideología y del fatalismo y descubrir, en la relación con el Señor, los lugares, los instrumentos y las situaciones a través de las cuales él nos llama. Todo cristiano debería desarrollar la capacidad de «leer desde dentro» la vida e intuir hacia dónde y qué es lo que el Señor le pide para ser continuador de su misión.

Vivir

Por último, Jesús anuncia la novedad del momento presente, que entusiasmará a muchos y endurecerá a otros: el tiempo se ha cumplido y el Mesías anunciado por Isaías es él, ungido para liberar a los prisioneros, devolver la vista a los ciegos y proclamar el amor misericordioso de Dios a toda criatura. Precisamente «hoy —afirma Jesús— se ha cumplido esta Escritura que acabáis de oír» (Lc 4,20).

La alegría del Evangelio, que nos abre al encuentro con Dios y con los hermanos, no puede esperar nuestras lentitudes y desidias; no llega a nosotros si permanecemos asomados a la ventana, con la excusa de esperar siempre un tiempo más adecuado; tampoco se realiza en nosotros si no asumimos hoy mismo el riesgo de hacer una elección. ¡La vocación es hoy! ¡La misión cristiana es para el presente! Y cada uno de nosotros está llamado —a la vida laical, en el matrimonio; a la sacerdotal, en el ministerio ordenado, o a la de especial consagración— a convertirse en testigo del Señor, aquí y ahora.

Este «hoy» proclamado por Jesús nos da la seguridad de que Dios, en efecto, sigue «bajando» para salvar a esta humanidad nuestra y hacernos partícipes de su misión. El Señor nos sigue llamando a vivir con él y a seguirlo en una relación de especial cercanía, directamente a su servicio. Y si nos hace entender que nos llama a consagrarnos totalmente a su Reino, no debemos tener miedo. Es hermoso —y es una gracia inmensa— estar consagrados a Dios y al servicio de los hermanos, totalmente y para siempre.

El Señor sigue llamando hoy para que le sigan. No podemos esperar a ser perfectos para responder con nuestro generoso «aquí estoy», ni asustarnos de nuestros límites y de nuestros pecados, sino escuchar su voz con corazón abierto, discernir nuestra misión personal en la Iglesia y en el mundo, y vivirla en el hoy que Dios nos da.

María Santísima, la joven muchacha de periferia que escuchó, acogió y vivió la Palabra de Dios hecha carne, nos proteja y nos acompañe siempre en nuestro camino.

Vaticano, 3 de diciembre de 2017.
Primer Domingo de Adviento.

Francisco


jueves, 19 de abril de 2018

Pri­me­ras Co­mu­nio­nes




El tiem­po pas­cual es tam­bién el mo­men­to de las pri­me­ras co­mu­nio­nes en la ma­yo­ría de pa­rro­quias. Quie­nes he­mos ce­le­bra­do y quie­nes ce­le­bran las eu­ca­ris­tías y los res­pon­sa­bles de la ca­te­que­sis vi­vi­mos es­tas ce­le­bra­cio­nes con gozo pero, a la vez, con preo­cu­pa­ción y desa­zón.

Son ce­le­bra­cio­nes de gozo por­que un gran nú­me­ro de ni­ños, que se han es­ta­do pre­pa­ran­do du­ran­te la ca­te­que­sis, em­pie­zan a co­mul­gar y pue­den par­ti­ci­par ple­na­men­te en la Eu­ca­ris­tía. Ellos, en ge­ne­ral, es­tán aten­tos y son cons­cien­tes de la im­por­tan­cia de este acto. Si se han pre­pa­ra­do bien y han or­ga­ni­za­do mí­ni­ma­men­te la ce­le­bra­ción, la vi­ven de ver­dad, tal como les co­rres­pon­de a su edad.

Cier­ta­men­te, la pri­me­ra co­mu­nión ha de ser una fies­ta, pero una fies­ta cris­tia­na. Cuan­do se ha­bla de la pri­me­ra co­mu­nión hay que des­ta­car so­bre todo la ce­le­bra­ción de la Misa, el he­cho de co­mul­gar con Je­su­cris­to, y no cen­trar­se tan­to en la co­mi­da, los re­ga­los, los ves­ti­dos… De­cid a vues­tro hijo o hija, con vues­tras pro­pias pa­la­bras, que ha­cer la pri­me­ra co­mu­nión es un paso muy im­por­tan­te para su vida. Para la Igle­sia, ya se les con­si­de­ra con ca­pa­ci­dad para em­pe­zar a co­mul­gar. Ya co­no­cen a Je­sús, se sien­ten que­ri­dos por él, sa­ben cómo amar­lo, y aho­ra lo po­drán re­ci­bir en el pan con­sa­gra­do. Ha­ced­les des­cu­brir, tam­bién, que co­mul­gar con Je­su­cris­to es un gran re­ga­lo, el me­jor re­ga­lo.
Es muy im­por­tan­te que los do­min­gos pre­vios a la pri­me­ra co­mu­nión –si es que no lo ha­céis ha­bi­tual­men­te– par­ti­ci­péis en la Misa de la pa­rro­quia. Esto os ayu­da­rá a co­no­cer a las per­so­nas, el am­bien­te, los can­tos, las ple­ga­rias, las par­tes de la Misa.
Pro­cu­rad re­zar con vues­tro hijo o hija una ora­ción bre­ve los días an­tes de co­mul­gar. Por ejem­plo: «Se­ñor Je­sús, ami­go, de aquí unos días te po­dré re­ci­bir por pri­me­ra vez. Te quie­ro. Amén». So­bre todo, re­zad­la jun­tos.
Re­cor­dad que vues­tro com­por­ta­mien­to du­ran­te la ce­le­bra­ción es fun­da­men­tal. Si vues­tros hi­jos os ven aten­tos, par­ti­ci­pa­ti­vos, ellos tam­bién lo es­ta­rán.
La preo­cu­pa­ción y la desa­zón se pro­du­cen la ma­yo­ría de las ve­ces por la par­ti­ci­pa­ción de fa­mi­lia­res y otros in­vi­ta­dos. Qui­zás al­gu­nos no acos­tum­bran a asis­tir a la ce­le­bra­ción do­mi­ni­cal de la Misa y, por lo tan­to, no la en­tien­den ni la vi­ven con una ac­ti­tud par­ti­ci­pa­ti­va. De aquí el rui­do, las con­ver­sa­cio­nes y otras ac­ti­tu­des que di­fi­cul­tan el desa­rro­llo de la ce­le­bra­ción en paz, se­re­ni­dad y res­pe­to. Por eso mu­chos sa­cer­do­tes su­fren du­ran­te es­tos ac­tos, por­que no pue­den ce­le­brar en las con­di­cio­nes ade­cua­das.
Si in­vi­táis a fa­mi­lia­res, ma­ni­fes­tad­les que se tra­ta de una fies­ta cris­tia­na. Re­cor­dad­les que, en la igle­sia, du­ran­te ese acto, hay que man­te­ner ac­ti­tu­des de res­pe­to y de co­la­bo­ra­ción con los ce­le­bran­tes. No ayu­da nada que el pa­dre u otros ca­te­quis­tas ten­gan que pe­dir y ro­gar si­len­cio para man­te­ner el am­bien­te ade­cua­do, de ma­ne­ra que todo el mun­do viva esos mo­men­tos de­bi­da­men­te.
Quie­nes ha­cen la pri­me­ra co­mu­nión ya sa­ben que des­pués de la pri­me­ra vie­ne la se­gun­da, la ter­ce­ra… y la de cada do­min­go. Tam­bién han apren­di­do que hay que con­fiar más en Je­sús, y que esto se tie­ne que no­tar en su com­por­ta­mien­to en casa, en la es­cue­la, con los ami­gos…
Los ni­ños se pre­pa­ran me­dian­te el sa­cra­men­to del per­dón, que, para vo­so­tros, los pa­dres, tam­bién cons­ti­tu­ye una bue­na oca­sión de par­ti­ci­par en la ce­le­bra­ción de la pe­ni­ten­cia, para con­fe­sa­ros. Qui­zás al­gu­nos te­néis di­fi­cul­ta­des: hace tiem­po que no ha­béis ido, no sa­béis qué de­cir, como ma­ni­fes­tar los pe­ca­dos, os pro­vo­ca un cier­to re­pa­ro y ver­güen­za… Que es­tas tra­bas no os blo­queen; daos cuen­ta que este pue­de ser el me­jor mo­men­to para ex­pe­ri­men­tar el per­dón y la paz de Dios.
+ Fran­cesc Par­do i Ar­ti­gas
Obis­po de Gi­ro­na


miércoles, 18 de abril de 2018

¡Qué tres palabras!!!


                                                                                     
Católico, Apostólico y Romano: Gracia, Grandeza y... No sé cómo explicarlo porque no es fácil encontrar un católico.

No por bautizado, por hacer la Comunión, por…  se es católico. ¡NO!, esas tres palabras necesitan un compromiso diario con el Evangelio.

Alguien me decía: Mi Evangelio es no hacer mal a nadie… Ahí termina su catolicismo. Otro me contaba: Yo soy católico pero no comulgo con muchas cosas de la iglesia; los Evangelios fueron escritos por hombres… Tengo mis propias ideas. Con una sola gota de la sangre de Jesús ya estamos todos perdonados… Ahí termina su catolicismo.

Así uno y otro sin reparar en el significado de esas tres Palabras. ¿Leer o escuchar el Evangelio? Ya les contaron cuando eran niños, no hace falta nada más… No hay que matar, ni hacer daño al prójimo a no ser que lo hagan a tus hijos o a ti… Ahí termina su catolicismo.

Ser Católico es creer en el Evangelio sin poner en duda la Palabra de Cristo, aunque no estemos en el año 0 en Tierra Santa.

Ser Apostólico es creer en la Palabra de Dios puesta en boca de su Hijo Jesús, escrita y trasmitida por sus Apóstoles. Hoy, por sus Consagrados y discípulos.

Ser Romano es creer en la Cabeza de la Iglesia de Cristo: “Pedro, sobre ti edificaré mi Iglesia” y mártir en Roma, Roma es Sede Papal.

Si estas tres palabras no se entendieran así, nuestra catolicidad no tiene base alguna por muy bautizados que estemos; sólo depende de ti y de mí ser reconocidos ante Dios en el día del juicio y, más aún habiendo sido Bautizados en su Nombre.

Su Palabra ni se juzga, ni se cuestiona ni se discute, simplemente se obedece.
Pidamos Fe, Sabiduría y Confesión (Misericordia infinita) para ser un VERDADERO CATÓLICO, APOSTÓLICO Y ROMANO. Hay muchos hijos perdidos bautizados.  

Emma Díez Lobo

martes, 17 de abril de 2018

La palabra de Dios en la vida del enfermo (II)







ADÁN Y LA ENFERMEDAD COMO ACONTECIMIENTO DE TENTACIÓN. (Gn. 3, 1-24)

La enfermedad, como expresión de la fragilidad del hombre, constituye terreno propicio para los embates del maligno que aprovecha para irrumpir en la vida del enfermo susurrando razonadamente su interpretación torcida de los acontecimientos.

Como se describe en el relato del Génesis (Gn. 3, 1-24), el diablo introduce dentro del corazón del hombre una sospecha: “si no puedo comer del árbol que está en medio del jardín, en el fondo es como si no pudiera comer de ninguno de los árboles”. Trasladada la propuesta a la vida del enfermo, resultaría de la siguiente forma: “Si no puedo andar porque debo pasar el resto de mi vida en una silla de ruedas o postrado en una cama, en realidad es como si  no pudiera hacer nada”.

Aprovecha el tentador el sufrimiento del hombre para insinuar la afirmación más falsa de cuantas nunca se hayan formulado: “No es verdad que morirás, es que Dios sabe muy bien que el día que comas de ese árbol serás como Dios.” Es decir, sigue insistiendo el malvado, la enfermedad es una maldición porque te impide ser feliz, te limita, te imposibilita ser Dios. Y concluye su cortejo diabólico afirmando: si Dios permite que te acontezca tal enfermedad es que no te ama. Si realmente Dios te quisiera no te sucedería semejante fatalidad. Esta es la gran tentación que nos propone el demonio, la mentira primordial: Dios no es amor.

Aquel que acepta este engaño experimenta la separación de Dios, conoce, como Adán, el miedo, saborea la agonía de su ser, la sequedad, el sin sentido del sufrimiento, de la vida misma y de la enfermedad.

Procede evocar en este punto las tentaciones a las que fue probado Jesús en el desierto o las que sufrió colgado del madero cuando los sacerdotes se burlaban de él instándole a que si era el hijo de Dios, bajase de la cruz.




San Agustín se hacía la pregunta de por qué Cristo no mostró que era el Hijo de Dios a quienes se burlaban de él. Y él mismo contestaba repreguntando de esta forma: “¿Qué exige, en efecto, más poder: bajar de la cruz o resucitar? Prefirió sufrir a los que se mofaban de él. Afrontó la cruz, no como señal de poder, sino como ejemplo de paciencia. Curó tus llagas en el mismo lugar en que sufrió por tanto tiempo las suyas. Te libró de la muerte eterna allí mismo donde él se dignó morir temporalmente. ¿Murió él o fue más bien la muerte quien recibió de él el golpe mortal? ¿Qué muerte es esta que da muerte a la muerte misma?” Sobre la íntima relación de la enfermedad con la cruz, sin embargo, nos detendremos más adelante.

Raúl Gavín | Iglesia en Aragón /


lunes, 16 de abril de 2018

La cla­se de Re­li­gión: una nue­va opor­tu­ni­dad





La cla­se de Re­li­gión su­po­ne una opor­tu­ni­dad in­cal­cu­la­ble para la for­ma­ción in­te­gral. Sin em­bar­go, el “sí” abier­to y de­ci­di­do a esta asig­na­tu­ra debe dar­se des­de la li­ber­tad per­so­nal, con ar­gu­men­tos y co­no­ci­mien­to de cau­sa. A tra­vés del si­guien­te men­sa­je de don Ju­lián Ruiz Mar­to­rell, obis­po de las dió­ce­sis de Hues­ca y de Jaca, animo a los pa­dres del Alto Ara­gón a asu­mir la res­pon­sa­bi­li­dad de ele­gir los va­lo­res que sus­ten­tan la edu­ca­ción de sus hi­jos:


El Dic­cio­na­rio de la Len­gua Es­pa­ño­la de la Real Aca­de­mia de­fi­ne “opor­tu­ni­dad” con es­tas pa­la­bras: “Mo­men­to o cir­cuns­tan­cia opor­tu­nos o con­ve­nien­tes para algo”.
La ins­crip­ción en la cla­se de Re­li­gión es una au­tén­ti­ca opor­tu­ni­dad para la for­ma­ción in­te­gral. Es una oca­sión fa­vo­ra­ble que no se debe des­per­di­ciar. Es un mo­men­to pro­pi­cio que de­be­mos va­lo­rar en el pro­ce­so edu­ca­ti­vo de ma­du­ra­ción.
La cla­se de Re­li­gión es un es­pa­cio opor­tuno para el cre­ci­mien­to per­so­nal y co­mu­ni­ta­rio, para el desa­rro­llo ar­mó­ni­co de la iden­ti­dad, para el es­tí­mu­lo de la con­vi­ven­cia, para el de­ba­te se­reno y fun­da­men­ta­do, para la asi­mi­la­ción de cri­te­rios de ac­tua­ción, para la con­so­li­da­ción de los ras­gos, vir­tu­des y va­lo­res que acom­pa­ña­rán du­ran­te toda la vida.
Un edi­fi­cio ca­re­ce de es­ta­bi­li­dad y de fir­me­za si no tie­ne bien asen­ta­dos los ci­mien­tos. La edu­ca­ción es in­com­ple­ta si ca­re­ce de co­no­ci­mien­tos, ha­bi­li­da­des y des­tre­zas re­la­cio­na­dos con el pa­tri­mo­nio re­li­gio­so que con­fi­gu­ra la cul­tu­ra, el ca­len­da­rio, el len­gua­je, las tra­di­cio­nes, las cos­tum­bres, el pen­sa­mien­to fi­lo­só­fi­co, el cau­dal his­tó­ri­co, ar­tís­ti­co y do­cu­men­tal, el ima­gi­na­rio com­par­ti­do, las per­so­nas de re­fe­ren­cia; en de­fi­ni­ti­va, las raí­ces del con­ti­nen­te eu­ro­peo y de otras ci­vi­li­za­cio­nes.
En los pro­yec­tos cu­rri­cu­la­res de los paí­ses de nues­tro en­torno la asig­na­tu­ra de Re­li­gión está pre­sen­te de modo ha­bi­tual y se im­par­te con pro­fe­sio­na­li­dad y sin com­ple­jos. Cuan­do via­ja­mos fue­ra de nues­tras fron­te­ras nos sor­pren­de una gran can­ti­dad de edi­fi­cios, es­cul­tu­ras, pin­tu­ras que tie­nen re­fe­ren­cias re­li­gio­sas. La poe­sía, la mú­si­ca, la dan­za, las na­rra­cio­nes, las no­ve­las, el tea­tro, el cine, y mu­chas otras ma­ni­fes­ta­cio­nes ar­tís­ti­cas con­tie­nen men­sa­jes que es im­po­si­ble com­pren­der y si­tuar si no se co­no­cen los gran­des per­so­na­jes y las prin­ci­pa­les alu­sio­nes de la cul­tu­ra de las re­li­gio­nes.
Los pro­fe­so­res de Re­li­gión han ad­qui­ri­do la ti­tu­la­ción co­rres­pon­dien­te, par­ti­ci­pan con re­gu­la­ri­dad en cur­sos de for­ma­ción per­ma­nen­te, pre­pa­ran con en­tu­sias­mo cada una de las se­sio­nes, se es­fuer­zan por ha­cer atrac­ti­va la cla­se, es­tán al día en todo lo re­la­cio­na­do con la in­no­va­ción pe­da­gó­gi­ca, des­de la di­men­sión hu­ma­na has­ta los co­no­ci­mien­tos téc­ni­cos y tec­no­ló­gi­cos más avan­za­dos.
La cla­se de Re­li­gión in­te­gra per­so­nas, co­no­ci­mien­tos, pro­ce­sos y tec­no­lo­gías por­que los pro­fe­so­res vi­ven una en­tre­ga co­ti­dia­na des­de su vo­ca­ción de ser­vi­cio en el tra­ba­jo coor­di­na­do en­tre es­cue­la, mé­to­do y pe­da­go­gía.
Es opor­tuno y con­ve­nien­te ins­cri­bir­se en cla­se de Re­li­gión por­que en el pro­ce­so edu­ca­ti­vo se avan­za en la pe­da­go­gía de la en­tre­ga y del diá­lo­go, a tra­vés del sen­de­ro de los sig­nos, del apren­di­za­je para sa­ber ca­mi­nar con los de­más, y para abrir­se a la di­men­sión re­li­gio­sa que es in­he­ren­te a todo ser hu­mano y a to­das las cul­tu­ras.
La se­rie­dad, el ri­gor y el cum­pli­mien­to del cu­rrícu­lo es­co­lar no son in­com­pa­ti­bles con la at­mós­fe­ra cor­dial, par­ti­ci­pa­ti­va y ge­ne­ra­do­ra de pro­yec­tos que ca­rac­te­ri­za la cla­se de Re­li­gión. En ella se cui­dan mu­cho los de­ta­lles, des­de la aten­ción per­so­na­li­za­da y per­so­na­li­za­do­ra has­ta la es­cu­cha re­cep­ti­va y es­ti­mu­lan­te del alum­na­do, pa­san­do por la va­lo­ra­ción de las ini­cia­ti­vas in­di­vi­dua­les y el desa­rro­llo con­jun­to de ac­ti­vi­da­des.
Es pre­ci­so dar un paso fir­me, de­cir un “sí” abier­to y de­ci­di­do a la cla­se de Re­li­gión. Es ne­ce­sa­rio con­ce­der una nue­va opor­tu­ni­dad a tan­tos es­fuer­zos coor­di­na­dos. Es con­ve­nien­te equi­par la mo­chi­la de la men­te y del co­ra­zón del alum­na­do de la me­jor ma­ne­ra po­si­ble, an­ti­ci­pan­do el fu­tu­ro de quie­nes va­lo­ra­rán, en su mo­men­to, la acer­ta­da de­ci­sión de una opor­tu­na ins­crip­ción.
Con mi afec­to y ben­di­ción,
+ Ángel Pé­rez Pue­yo
Obis­po de Bar­bas­tro-Mon­zón


domingo, 15 de abril de 2018

Testigos



No solo con palabras

Lucas describe el encuentro del Resucitado con sus discípulos como una experiencia fundante. El deseo de Jesús es claro. Su tarea no ha terminado en la cruz. Resucitado por Dios después de su ejecución, toma contacto con los suyos para poner en marcha un movimiento de «testigos» capaces de contagiar a todos los pueblos su Buena Noticia: «Vosotros sois mis testigos».
No es fácil convertir en testigos a aquellos hombres hundidos en el desconcierto y el miedo. A lo largo de toda la escena, los discípulos permanecen callados, en silencio total. El narrador solo describe su mundo interior: están llenos de terror; solo sienten turbación e incredulidad; todo aquello les parece demasiado hermoso para ser verdad.

Es Jesús quien va a regenerar su fe. Lo más importante es que no se sientan solos. Lo han de sentir lleno de vida en medio de ellos. Estas son las primeras palabras que han de escuchar del Resucitado: «La paz esté con vosotros... ¿Por qué surgen dudas en vuestro interior?».

Cuando olvidamos la presencia viva de Jesús en medio de nosotros; cuando lo ocultamos con nuestros protagonismos; cuando la tristeza nos impide sentir todo menos su paz; cuando nos contagiamos unos a otros pesimismo e incredulidad... estamos pecando contra el Resucitado. Así no es posible una Iglesia de testigos.
Para despertar su fe, Jesús no les pide que miren su rostro, sino sus manos y sus pies. Que vean sus heridas de crucificado. Que tengan siempre ante sus ojos su amor entregado hasta la muerte. No es un fantasma: «Soy yo en persona». El mismo al que han conocido y amado por los caminos de Galilea.

Siempre que pretendemos fundamentar la fe en el Resucitado con nuestras elucubraciones lo convertimos en un fantasma. Para encontrarnos con él hemos de recorrer el relato de los evangelios; descubrir esas manos que bendecían a los enfermos y acariciaban a los niños, esos pies cansados de caminar al encuentro de los más olvidados; descubrir sus heridas y su pasión. Es ese Jesús el que ahora vive resucitado por el Padre.

A pesar de verlos llenos de miedo y de dudas, Jesús confía en sus discípulos. Él mismo les enviará el Espíritu que los sostendrá. Por eso les encomienda que prolonguen su presencia en el mundo: «Vosotros sois testigos de estas cosas». No han de enseñar doctrinas sublimes, sino contagiar su experiencia. No han de predicar grandes teorías sobre Cristo, sino irradiar su Espíritu. Han de hacerlo creíble con su vida, no solo con palabras. Este es siempre el verdadero problema de la Iglesia: la falta de testigos.

Ed. Buenas Noticias

sábado, 14 de abril de 2018

III Domingo de Pascua




  
El testimonio apostólico

El Evangelio del domingo pasado terminaba proclamando bienaventurados a los que creen sin haber visto. Este es el caso de la gran mayoría de cristianos. Y es nuestro caso. Creemos porque hemos aceptado el mensaje evangélico que ha llegado a nosotros por mediaciones humanas: nuestros padres, catequistas, amigos… Y además, porque el Espíritu nos ha abierto a este mensaje. Este es el camino normal de la fe que Dios ha establecido, continuación de la actuación del Hijo de Dios que nos transmitió el mensaje del Padre en forma encarnada, renunciando a modos divinos (cf. Flp 2,6-7), respetando así la libre decisión humana.

En este tiempo de Pascua la Iglesia nos invita a agradecer el don de la fe en la resurrección y a profundizar en su contenido y motivaciones.

   Pero ¿por qué creemos? ¿Quién lo ha visto? ¿Por qué lo sabemos? Creemos fundamentalmente por dos motivos, uno histórico y otro religioso: el testimonio apostólico, que ha llegado a nosotros a través de la Iglesia representada en las personas concretas que nos lo han transmitido, y la acción del Espíritu Santo en nuestros corazones.

El testimonio apostólico es todo lo que nos han dicho los apóstoles y otros compañeros de Jesús que afirmaron que el Crucificado ha resucitado, se les ha aparecido y les ha ordenado darlo a conocer a todo el mundo. Cristo resucitado los ha convertido en testigos que deben dar testimonio (Evangelio). “Testigo” es una persona que ha visto y oído algo. Los apóstoles afirman que han visto y oído a Jesús resucitado, que durante un período preciso se les apareció de forma especial (Hch 1,3).

Pero ¿es fiable lo que dicen? ¿Se impone necesariamente este testimonio? No estamos aquí en terreno de certezas matemáticas, sino de fiabilidad histórica, que hacen razonable nuestra fe. De hecho, según se nos recuerda en estos días en las lecturas de Hechos de los Apóstoles, unos los creían, otros no, otros quedaban desconcertados: “considerando (los sanedritas) la libertad de Pedro y Juan al hablar, y enterados de que eran hombres sin letras y gente vulgar, se maravillaban, y reconocían que eran de los que andaban con Jesús, y como veían que estaba con ellos el hombre que había sido curado, no tenían nada que oponer” (Hch 4,13-14). Los primeros testigos fueron personas coherentes que acompañaban su anuncio con obras de bien que lo confirmaban. Por eso leemos en Hechos: ”Por la mano de los apóstoles se obraban en el pueblo muchos milagros y prodigios; se reunían todos los creyentes en el Pórtico de Salomón; los demás no se unían, pero los respetaban y hablaban bien…” (5,12-13). Es decir, unos aceptaban el testimonio, otros no, pero no tenían motivo para hablar mal a causa de las buenas obras que realizaban.

   Y es que el testimonio no basta, pues no se impone matemáticamente, sino que deja libre la decisión de la persona. Es necesaria la aceptación libre de la persona y esto es obra de su colaboración con el Espíritu Santo. El Espíritu obra en el corazón e invita a todos, pero no conocemos los secretos de cada corazón y por qué unos aceptan y otros no.  

Los aquí reunidos somos creyentes, hemos aceptado el regalo de la fe. Esto es un don y una tarea. Don que hay que agradecer con humildad y que implica una doble tarea: conocer mejor la fe y darla a conocer a los demás. Conocer mejor la fe, como los primeros cristianos que “perseveraban en la doctrina de los apóstoles” (Hch 2,42). El testimonio apostólico es la base de nuestra fe y hay que conocerlo fielmente, actualizándolo sin falsearlo. Jesús ha confiado a su Iglesia que lo custodie, defienda y transmita fielmente. Conocer la resurrección y todo lo que significa es importante para el cristiano, pues es el corazón de su fe.

Por otra parte, hay que transmitirlo, pero como “testigos”, como personas que creen y viven todo lo que transmiten. Así ha llegado hasta nosotros el testimonio apostólico y así debe llegar a las futuras generaciones.

   En cada celebración de la Eucaristía se proclama la fe y se hace sacramentalmente presente su contenido. La liturgia de la palabra es a la liturgia sacrificial como un cuadro al pie del cuadro. Ambos se explican y completan mutuamente Por eso participar la Eucaristía debe convertirnos en testigos con la ayuda del Espíritu Santo. En ella “vemos y oímos” al Resucitado.

Dr. Antonio Rodríguez Carmona