lunes, 19 de febrero de 2018

Dios nos riega con su palabra


Dice el Salmo 64: “Tú cuidas de la tierra, la riegas y la enriqueces si medida…”. 

Los Salmos, la oración que rezaba Jesucristo, se cumplen en Él y en todos los que queremos llegar, por su Gracia, a ser sus discípulos. Él, el gran Pedagogo, enseña a su pueblo con los temas sencillos de la tierra en la época en que estuvo en ella. Así nos habla de las labores del campo, los animales al cuidado del hombre, como las ovejas y las cabras; nos habla de las vides del campo y sus sarmientos, del agua y del pan…del Vino nuevo que ha venido a traer al mundo…Y en el lenguaje de los Salmos, el salmista inspirado por Dios se adelanta, sin saberlo, al tiempo de Jesús.

La tierra creada por Dios ha sido masacrada por el Maligno. Y Dios envía a su Hijo para hacerse Hombre con los hombres, tomando de nosotros, toda persona humana, con sus padecimientos y necesidades, pero sin estar sujeto al Mal.

Y en la tierra anunciada en este Salmo, quiero ver el mundo actual, con todas sus características y circunstancias que le rodean en el día a día. Pero Él cuida esta tierra, que el Señor Yahvé se apropió como heredad suya. Y la va enriqueciendo sin medida. Y para ello, a través de su Evangelio, de la Palabra de Vida, Jesucristo, la compara como la acequia por la que circula el Agua Viva, acequia que va llena, colmada de Agua. Y para su alimento, va poco a poco preparando el terreno de nuestra alma, de nuestra vida pequeñita; va regando los surcos con que la vida, con sus sufrimientos, va marcando en nuestro rostro.  Va “igualando los terrones” que nos aparecen cual piedra de escándalo que nos podría hacer tropezar, de tal manera, que su llovizna, metáfora de su Palabra, los deja mullidos con una medida rebosante, remecida, abundante, en palabras de la Escritura.

Y así, con la bendición de Dios, aparecen pequeños brotes verdes de esperanza, de forma tal, que ya los carriles, los surcos de nuestro rostro, rezuman abundancia. Y los valles, que en otro tiempo fueron montes donde se aposentaban nuestras idolatrías, se han convertido en oasis, que se visten de mieses que cantan la Gloria de Dios.

Entonces podremos ver hermoso el rostro de santa Teresa de Calcuta, lleno de surcos que delatan el sufrimiento entregado por los pobres en los que ella vio al Señor Jesús.

Es entonces cuando estas arrugas se llenan de vida entregada por amor al que es Amor, cuando las ha regado la Acequia de Dios con el agua limpia, pura, purísima de su santo Evangelio, Jesucristo.

“…La acequia de Dios va llena de agua. Tú riegas los surcos, iguales los terrones, tu llovizna los deja mullidos, bendices sus brotes, coronas el año con tus bienes, tus carriles rezuman abundancia…” (Sal 64)

Alabado sea Jesucristo

Tomas Cremades Moreno

domingo, 18 de febrero de 2018

Vivir la Cuaresma de forma “sencilla”



Vive sencillamente para que otros,
sencillamente, puedan vivir


ü  Vivir la sencillez es no necesitar tener muchas cosas para ser feliz, no cayendo en el consumismo ni en las modas que nos obligan a comprar lo nuevo, lo último.

ü  Vivir la sencillez es tener más alegría al dar, o al compartir, que al recibir, porque has descubierto el poder misterioso que tiene la palabra gratuidad.

ü  Vivir la sencillez es vaciar el corazón de todas las cosas innecesarias que lo ocupan, y llenarlo del tesoro de la amistad, de la cercanía y del encuentro humano con los demás.

ü  Vivir la sencillez es creer que tu valía y dignidad están en lo que eres como persona y no en lo que tienes o la posición social que ocupas.

ü  Vivir la sencillez es solidarizarse con tantas hermanas y hermanos de tu familia humana que viven injustamente en la pobreza y necesidad, y te movilizas e implicas porque no quieres vivir  mejor que ellos.

ü  Vivir  la sencillez es poner tu confianza y seguridad no en el dinero o posesiones, sino en tus bienes espirituales en tus convicciones y creencias, en tu fe. en tus capacidades, en tu fuerza interior y en la de aquellos que te aman y aprecian.

ü  Vivir la sencillez es trabajar para vivir y no vivir para trabajar.

ü  Vivir la sencillez es disfrutar de los innumerables regalos que la vida, la naturaleza, le ofrece constantemente cada día, y que pasan desapercibidos para la mayoría de la gente.

ü  Vivir la sencillez es respetar y cuidar de la naturaleza con tu forma de vivir, reciclando, reduciendo el consumo innecesario.

ü  Vivir la sencillez es utilizar tu dinero para que tú y tu familia podáis vivir con dignidad, y para que los demás también puedan vivir con dignidad si lo inviertes en banca ética y si te habitúas a exigir productos que provengan del comercio justo y del comercio local. 

(CARITAS. Campaña institucional.)


sábado, 17 de febrero de 2018

I Domingo de Cuaresma





 Cuaresma, tiempo para renovar la opción fundamental

Cuaresma es tiempo de preparación para La Pascua, fiesta central del cristiano, en que agradece el don de la resurrección de Jesús y de su participación en ella por el bautismo, en el que comenzó un camino que desembocará en la participación plena de la resurrección de Jesús. En él realizó unas promesas bautismales que le comprometían a recorrer un camino de seguimiento de Jesús. Cuaresma invita a plantearse las preguntas existenciales básicas: de dónde vengo, dónde estoy, a dónde voy, pues no se trata de andar y correr sino de andar y correr por el camino que lleva a la meta. En este contexto las lecturas proponen tres temas importantes, la primera alianza, en que Dios se revela como el Dios de la vida (primera lectura), cuyas sendas son misericordia y lealtad (salmo responsorial); el bautismo, figurado en el arca de Noé según la 1 Pedro (segunda lectura), y la tentación de Jesús en que confirma su opción fundamental (Evangelio).

  Jesús fue tentado como hombre libre durante toda su existencia, pero la tradición evangélica subraya de una manera especial la primera, al comienzo de su ministerio. Acaba de tener una experiencia íntima con el Padre en que, después del bautismo, lo unge y envía como Hijo amado a realizar una misión salvadora como el Ungido. Pero ¿cómo restaurar el pueblo de Dios y dar cumplimiento a las promesas salvadoras, en línea nacional-religiosa, haciendo de Israel un gran imperio religioso sobre todo el mundo o en la línea pobre del Siervo de Yahvé, que se solidariza con el pecado de los hombres y se ofrece como víctima por ellos? Lo hará como Siervo.

Los evangelistas Mateo y Lucas explicitan el contenido de la tentación con unos diálogos entre el tentador y Jesús. Marcos, en cambio, no lo hace así, sino que ofrece un texto breve, en el que muestra lo que implica que Jesús haya vencido la tentación: ha optado correctamente y consiguientemente ya se puede dar por hecho que ha conseguido su objetivo y ya se abren de nuevo las puertas del paraíso. Cuando en un cruce de caminos uno toma el camino correcto, ya se puede decir que ha llegado a la meta, aunque queden kilómetros por recorrer; cuando uno en un viaje toma el tren adecuado, ya se puede decir que ha llegado al destino correcto.
El texto de Marcos es denso y sumamente simbólico: el Espíritu empujó a Jesús al desierto, es decir, lo primero que hace el Espíritu Santo, recibido en la unción mesiánica, es “empujar” a Jesús al desierto, lugar de reflexión y prueba para que concrete la forma de realizar su misión. El dato muestra que para el Espíritu lo primero que tiene que hacer Jesús, antes de comenzar el ministerio, es elegir correctamente el modo. Para ello lo lleva casi violentamente (“empuja”) al desierto, lugar de reflexión y prueba. Estuvo durante cuarenta días, dejándose tentar por Satanás. El resultado fue positivo. Marcos lo sugiere con dos motivos propios del paraíso en el que habitó Adán: vivía entre animales (en el paraíso Adán vivía en paz con los animales; según los profetas en tiempos del Mesías se volverá a esta paz con el mundo animal cf. Is 11,6-8; 65,25; Os 2,18; Sal 91,13) y los ángeles le servían (Adán fue expulsado del paraíso por los ángeles, en cambio en tiempos del Mesías sirven a los hombres cf. Sal 91,11). Con esto Marcos quiere subrayar la importancia que tiene la opción fundamental. Sólo optando por el camino querido por el Padre Jesús realizará la salvación.

El recuerdo de este misterio de Jesús invita al cristiano a agradecerlo e imitarlo, especialmente en tiempos de Cuaresma. La opción fundamental es básica en la vida cristiana. No se trata de dar golpes con el martillo en el aire, sino de dar golpes en el clavo. La vida cristiana no es hablar y hablar, hacer y hacer, sino hablar y hacer por el camino querido por el Padre, que es el que conduce a la meta. En este primer domingo de Cuaresma se nos invita a “ir al desierto” para examinar dónde estamos y a dónde vamos, qué buscamos y por qué actuamos. Si el punto de partida fue el don del bautismo en que renunciamos a Satanás y nos comprometimos a una vida creyente, que cree en Dios Padre, en Jesús el Siervo glorificado, en el Espíritu Señor y dador de vida, en la Iglesia... ¿realmente caminamos por esta senda o estamos perdiendo el tiempo? ¿Realmente nuestra opción es amarás al Señor tu Dios con todo el corazón... y al prójimo como a ti mismo?

No basta con revisar la opción, sino que también hay que revisar cómo se vive, pues la polilla la puede carcomer debilitándola e incluso inutilizándola. Nuestras “polillas” son esas raíces profundas que tenemos las personas y que están resumidas en los llamados pecados capitales: soberbia, envidia, avaricia, lujuria, ira, gula, pereza. Son tendencias negativas que si no se tienen a raya inutilizan la opción. Por ello hay que vigilarlas.

La Eucaristía invita a agradecer al Dios de la vida, cuyos caminos son misericordia, el don del bautismo y pedir luz para conocer el don que hemos recibido y el lugar dónde estamos y a dónde caminamos.


Dr. Antonio Rodríguez Carmona


viernes, 16 de febrero de 2018

¡Qué admirable intercambio!




Permitidme que evoque nuevamente lo que significa en los creyentes el amor vicario con la imagen elocuente de Paul Claudel: «Cuentan que Violeta era una muchacha muy feliz porque había encontrado su verdadera vocación.
–‘¡Qué dichosa me siento!’ exclamaba, ‘¡Dios me ha regalado poderme consagrar a Él’.
Violeta era una mujer sencilla, que hacía gala a su nombre. Sabéis que las violetas crecen en la oscuridad y que desprenden un olor más intenso cuando son estrujadas. Se cuestionaba: «¿de qué sirve la vida si no es para darla?»… y derramaba caridad.
Una tarde se encontró con Pierre de Craon, un famoso constructor de catedrales, acaso el más famoso. A pesar de su fama, Pierre sufría una desgracia que le marcaría toda su vida: tenía una enfermedad incurable, la lepra.
Violeta sentía compasión por aquel ilustre leproso al que todo el mundo requería para construir grandes edificios pero al que nadie podía acercarse.
Violeta, movida por la caridad y la compasión, un día se acercó a Pierre. Al despedirse, le besó en la frente. Pierre, pensando que estaba ya en el cielo, sonrió. Y comenzó a vivir con una esperanza nueva. Poco tiempo después, en primavera, Violeta descubrió que en su cuerpo había aparecido una pequeña mancha: era la lepra y, paradójicamente, esa misma mañana, Pierre se sorprendió al descubrir su cuerpo totalmente limpio. Aquel beso de Violeta había tomado su lepra ¡QUÉ ADMIRABLE INTERCAMBIO!
Esta misma escena, se repite también en nuestro mundo a través de tantos creyentes que están dispuestos a «tocar», «besar», «aliviar» el corazón herido, roto, vacío, deshabitado… de tantos hombres y mujeres que se sienten realmente «leprosos» en el mundo.
Agradezco al Señor que en nuestra Diócesis nos siga regalando tantas personas sensibles e «implicadas» eclesialmente (voluntarios/as) que logran visibilizar, a través de su frágil y humilde mediación, la ternura de Dios. En cada uno de sus gestos solidarios, Dios mismo vuelve a ponerse en el «pellejo» de los más pobres y desvalidos. Está dispuesto nuevamente a «intercambiar su puesto» (a cargar con la cruz más pesada), a «indultar TODA nuestra deuda» (desamor), a «formatear el disco duro» (corazón), a besar tus llagas, a sanar tus heridas (tus estigmas), a cerrarlas y curarlas definitivamente. Sólo te pide a cambio que te dejes abrazar por Él (sacramento del perdón) para que puedas recuperar tu paz y tu alegría interior. También tu dignidad y libertad.
Nuestros «leprosos» de hoy (enfermos, ancianos, parados, marginados, empobrecidos, encarcelados, drogadictos, desahuciados sin techo ni hogar, inmigrantes, vagabundos, excluidos, maltratados…) llevan marcadas sus cicatrices (estigmas) en el alma y descubren nuestro amor vicario como verdadera caricia de Dios.
 Hoy igual que ayer los «leprosos» están condenados a quedar desterrados en la periferia para evitar su contagio e impureza legal. La ética que hoy imponen los nuevos dioses encumbrados en el «Olimpo» del mundo es la exclusión en el orden constituido. En el sistema sólo tienen cabida los que pueden ser útiles y rentables.
Invito a todos los que se sientan heridos, abatidos, vacíos, desorientados, excluidos o marginados de la sociedad por su condición social, cultural, económica, religiosa… a acercarse hasta el hogar de Dios, la Iglesia, para que sean acogidos, escuchados, acompañados y sostenidos por aquellos que tienen las mismas entrañas de misericordia que Aquel que nos creó por amor.
Al igual que aconteció con Jesús, al tocar la miseria humana no incurriremos en impureza moral ni legal sino que sanaremos de la egolatría a nuestro mundo. Y serán los propios tullidos, los pobres, los marginados y los excluidos quienes alabarán a Dios mostrando un modo alternativo de vivir en comunión y fraternidad en la casa común que algunos se quieren apropiar.
Gracias al soplo de los carismas del Espíritu hay en el mundo millones de corazones entregados a la apasionante tarea de amar al prójimo y millones de manos activas en la liberación de los pobres: organizaciones humanitarias, misioneros y misioneras del Tercer Mundo, religiosos y religiosas que sirven a enfermos y ancianos, cientos de miles de sacerdotes y laicos que optan por la pobreza y hacen efectiva la buena noticia de la salvación de Dios a los pobres de este mundo.
Con mi afecto y mi bendición,
Ángel Pérez Pueyo
Obispo de Barbastro-Monzón


jueves, 15 de febrero de 2018

Rom­per las ama­rras que im­pi­den el en­cuen­tro – Car­ta con mo­ti­vo de la Cua­res­ma



 Que­ri­dos her­ma­nos y her­ma­nas en el Se­ñor: 

    La Cua­res­ma es, un año más, la in­vi­ta­ción a vol­ver­nos a Dios que nos lla­ma a em­pren­der el ca­mino que con­du­ce has­ta la Pas­cua. Es este un ca­mino pe­cu­liar, por­que al tiem­po que avan­za­mos, Él nos sale al en­cuen­tro, y toma la ini­cia­ti­va. Cada eta­pa del ca­mino cua­res­mal es ya la ex­pe­rien­cia de la sal­va­ción que acon­te­ce en la muer­te y re­su­rrec­ción del Se­ñor. En la Cua­res­ma se res­pi­ra ya la Pas­cua.

A lo lar­go de es­tos pró­xi­mos cua­ren­ta días va­mos a es­cu­char re­pe­ti­da­men­te la pa­la­bra, con­ver­sión. Y con­ver­sión es la gra­cia de sa­lir de no­so­tros para gi­rar­nos, abrir­nos, cen­trar­nos en Dios. No es fá­cil re­co­no­cer que vi­vi­mos en­ce­rra­dos en no­so­tros mis­mos, en nues­tras ideas e in­tere­ses, en nues­tras preo­cu­pa­cio­nes y en nues­tros pro­yec­tos. Con­ver­tir­se es rom­per las ama­rras que im­pi­den el en­cuen­tro con Dios y con los her­ma­nos. Y esto no se da por un acto de la vo­lun­tad: yo pue­do, y lo voy a ha­cer. La con­ver­sión es algo más, exi­ge aban­dono y con­fian­za, ade­más del acto de la su­pre­ma li­ber­tad: amar.

La prue­ba más cla­ra de la ne­ce­si­dad de con­ver­sión es el en­fria­mien­to del amor. Cuan­do el co­ra­zón se en­du­re­ce, y lo sen­ti­mos en las pa­la­bras, en los pen­sa­mien­tos, en las in­ten­cio­nes, y has­ta en las mis­mas ac­cio­nes, en­ton­ces ne­ce­si­ta­mos po­ner ca­lor que de­rri­ta el hie­lo del co­ra­zón, ne­ce­si­ta­mos con­ver­sión.

El Papa Fran­cis­co ha to­ma­do como tema de su men­sa­je para Cua­res­ma de este año las pa­la­bras del evan­ge­lio de san Ma­teo: “Al cre­cer la mal­dad se en­fria­rá el amor en la ma­yo­ría” (24,12). En un con­tex­to ya de pa­sión, de su­fri­mien­to, se nos ad­vier­te so­bre los fal­sos pro­fe­tas que se apro­ve­chan de las emo­cio­nes hu­ma­nas para es­cla­vi­zar­nos en un mun­do de men­ti­ras y de so­lu­cio­nes fá­ci­les e in­me­dia­tas. “Es­tos es­ta­fa­do­res no sólo ofre­cen co­sas sin va­lor sino que qui­tan lo más va­lio­so, como la dig­ni­dad, la li­ber­tad y la ca­pa­ci­dad de amar”.

Se­ría, por eso, un buen co­mien­zo para la Cua­res­ma vol­ver al amor pri­me­ro, sen­tir en no­so­tros el amor de Dios que nos re­crea cons­tan­te­men­te, que nos ofre­ce la opor­tu­ni­dad de vol­ver a em­pe­zar, que bo­rra y ol­vi­da todo aque­llo que nos aver­güen­za y nos im­pi­de se­guir avan­zan­do. La vida nos pue­de pe­sar por las di­fi­cul­ta­des de ca­mino, por el peso que mu­chas ve­ces so­por­ta­mos, pero si al­guien nos ani­ma, nos acom­pa­ña y mues­tra la meta, en­ton­ces todo cam­bia y nace la es­pe­ran­za. Por eso, el tiem­po de Cua­res­ma es un tiem­po de es­pe­ran­za, es un tiem­po de re­no­va­ción de la fe.
Cla­ro que para em­pren­der y se­guir el ca­mino cua­res­mal que es don, no­so­tros ne­ce­si­ta­mos po­ner los me­dios. Tres son los que nos pro­po­ne la Igle­sia: ora­ción, li­mos­na y ayuno.

La ora­ción. Es el mo­men­to de pa­rar­nos, cen­trar­nos en no­so­tros mis­mos y abrir el co­ra­zón a Dios. Como dice Te­re­sa de Je­sús, orar es ha­blar con el que sa­be­mos que nos ama. La ora­ción es diá­lo­go de amor. Ante al­guien que sa­be­mos que nos ama nos acer­ca­mos con li­ber­tad y con­fian­za, nos mos­tra­mos como so­mos, por­que sa­be­mos que no po­de­mos en­ga­ñar­lo, pero ade­más no que­re­mos ha­cer­lo. En la ora­ción se des­cu­bren las men­ti­ras del co­ra­zón y bus­ca­mos el con­sue­lo que to­dos ne­ce­si­ta­mos y que sólo po­de­mos en­con­trar en Dios. La ora­ción es ca­mino de li­be­ra­ción y de en­tre­ga. Os in­vi­to a orar con la Pa­la­bra de Dios.

La li­mos­na. Nos hace pen­sar en el otro y en sus ne­ce­si­da­des, al tiem­po que nos li­be­ra de la pre­ten­sión de que no­so­tros y lo nues­tro es lo sólo im­por­tan­te. La li­mos­na re­co­no­ce en el otro a un her­mano, es un ges­to que va más allá de la be­ne­fi­cen­cia, es un don fra­terno. He­mos de su­perar esa vi­sión de la li­mos­na como algo hu­mi­llan­te, por­que con ella mos­tra­mos nues­tra su­pe­rio­ri­dad so­bre los de­más, so­bre los po­bres, dán­do­les lo que nos so­bra, las mi­ga­jas de nues­tra mesa. Dice el Papa en su men­sa­je: “Cuán­to desea­ría que la li­mos­na se con­vir­tie­ra para to­dos en un au­tén­ti­co es­ti­lo de vida”. Así, la li­mos­na es la ex­pre­sión del com­par­tir, y no sólo lo que te­ne­mos, sino prin­ci­pal­men­te lo que so­mos. Para los cris­tia­nos es tam­bién un modo pri­vi­le­gia­do de ex­pre­sar la co­mu­nión.

El ayuno. No ayu­na­mos para mos­trar nues­tra fuer­za de vo­lun­tad, ni nues­tra ca­pa­ci­dad de re­nun­cia. Ayu­na­mos para po­ner el co­ra­zón en lo im­por­tan­te, para de­cir­nos a no­so­tros mis­mos que el cen­tro de nues­tra vida ha de es­tar en Dios, para des­te­rrar el egoís­mo y la vio­len­cia que anidan en el co­ra­zón hu­mano. Al mis­mo tiem­po, al ayu­nar sen­ti­mos en nues­tra pro­pia car­ne lo que sien­ten los des­po­seí­dos de todo, los que ca­re­cen de lo in­dis­pen­sa­ble, los que su­fren ham­bre, mar­gi­na­ción o exi­lio. Cada uno ten­drá que pen­sar de qué ha de ayu­nar. “El ayuno nos des­pier­ta, nos hace es­tar más aten­tos a Dios y al pró­ji­mo, in­fla­ma nues­tra vo­lun­tad de obe­de­cer a Dios, que es el úni­co que sa­cia nues­tra ham­bre”, nos re­cuer­da el Papa.

Os in­vi­to, que­ri­dos her­ma­nos y her­ma­nas, a vi­vir este tiem­po san­to de la Cua­res­ma mi­ran­do al Se­ñor y a su Pas­cua; que la ex­pe­rien­cia de su amor nos for­ta­lez­ca para ser sus tes­ti­gos ante los hom­bres; que nos acer­que­mos a su ros­tro en­car­na­do en tan­tos hom­bres y mu­je­res que su­fren, para dar­le el con­sue­lo de la fe y la es­pe­ran­za.

En el ca­mino cua­res­mal nos en­con­tra­mos con Ma­ría, la Vir­gen; que ella nos acom­pa­ñe y nos con­duz­ca has­ta Cris­to, nues­tro Bien.

Con mi afec­to y ben­di­ción,

+ Gi­nés Gar­cía Bel­trán
Obis­po elec­to de Ge­ta­fe y AD de Gua­dix


miércoles, 14 de febrero de 2018

CUARESMA






                                      2018. ¡Una más!

Sí. ¡Una oportunidad más que Dios nos da!

¿Para qué?

Para dejarnos afectar.

No se trata de saber más cosas de Dios.

Se trata de dejarnos afectar por Dios.

Dejarnos afectar es permitir que Dios haga mella en nuestro corazón.

Dios quiere transformarnos.

Dices que te afecta una determinada escena, una situación de pobreza.

Te afecta golpeando el corazón y abriéndolo a Dios, es decir, abriéndolo a los demás.

Dejarnos afectar es, en definitiva, hacer realidad en nosotros aquello que la mente nos sugiere.

Es introducir en nuestra oración los problemas de otros.

Es cambiar en nosotros lo que es cerrazón al otro.

Dios nos abre a Él abriéndonos a los demás.

Reza. Ayuna de egoísmo,

Date como la mejor limosna.

Sigue en todo la Palabra del Señor.

Oramos

Señor, nos sacaste de la tierra donde servíamos a los “señores” que nos esclavizaban: el consumo, los caprichos, el “mi-me-conmigo y basta”, o el “todo se resume en tener y pasarlo bien”.

Son las miras pequeñas de una esclavitud casi imperceptible porque se disimula, “yo estoy bien” porque “hago lo que quiero”.

Nos sacaste, Señor, de las miras cortas y nos abriste al horizonte de la gratuidad. Todo a nuestro lado es puro regalo.

Nada es tan nuestro que nos lleve a pensar sólo en nosotros. Nada nos libera tanto como levantar los ojos al cielo y reconocerte como Señor. Nada nos libera tanto como mirar a los otros y en ellos sentir la huella de tu presencia.

Nada nos aprisiona tanto como poner los límites del mundo en la frontera de nuestro interés. Nada nos hace tan libres como reconocerte nuestro Liberador.


Ceniza




                                                                                   
- Me arrodillo y Dios plasma una cruz en mi frente

- No te olvides de quien eres ni de lo que eres…

- Por un lado me encanta, por otro, me voy hecha una pena…

- ¿Por qué esa tristeza?

- Porque quiero la vida que me regalaste. Amo a mis hijos y no me queda mucho para convertirme en pura ceniza…

- No te aflijas, sólo lo hago para que no vivas como si nunca te fueras a ir…  

- Lo sé y Te pido que esta cruz “gris” de mi frente, no me haga olvidar que he de llevarTe trigo sin maleza.

- Así será cada año ¡Anda y vete a casa con la verdad de tu corta existencia!  No quiero que te desanimes, sino que recojas y recojas para enseñarme tu cestorro lleno. ¿Te gusta “el campo”? Pues ahí te lo dejo con millones de oportunidades estupenda. “El campo” te espera…  

- ¡Pero primero tendré que plantar, digo yo!

- ¡Ojo! no vale plantar a lo loco, planta bien que después todo se seca… Si lo haces bien, Yo te enviaré el agua, no te preocupes por eso.

- Venga, yo el grano y Tú el agua.

- Eso es, y lleva orgullosa la cruz gris en tu frente

- ¡Ya podía haber sido azul como el cielo, jopé!

- Eso no es cosa Mía… ¡Pero qué más te da!

- Pueeeeees, no me da igual

- Pueeeeees, no todos escogen el cielo…

  Emma Díez Lobo