lunes, 26 de junio de 2017

¡Sobredosis!


El que avisa no es traidor. Esta semana no es apta para cardiacos. Algunos podrían sufrir incluso «sobredosis». Sobredosis de santidad, es decir, de autenticidad y coherencia de vida, de amor y de humildad, de sin­ceridad y de honradez, de entrega y de generosidad… Valores tan poco frecuentes hoy, que al descubrir cómo los vivían algunos santos, tratando de imitar al Señor, muchos puedan quedar «alucinados», «tocados», «descolocados» o «fascinados»… ante su testimonio de vida.

El día 21 celebramos la fiesta de San Ramón del Monte, obispo de Barbastro, nuestro patrono aunque siga siendo el gran desconocido. Fue un gran ejemplo de amor al prójimo, de espíritu conciliador y dialogante, de una fe inquebrantable… Un santo ¾como afirma María Puértolas¾ cuyos valores siguen siendo un referente para todos los hijos del Alto Aragón. Un modelo a seguir y, aunque casi nos separen 1000 años, su figura y su legado siguen siendo únicos y están todavía vigentes. Dos días después, el 23 de junio, celebramos la fiesta del Sagrado Corazón de Jesús, que no ofrece ninguna «póliza de seguro» sino que desvela el inmenso amor que Dios nos tiene y cómo ha de estar enardecido, purificado y conformado nuestro corazón con el de Cristo. El día 24 celebramos la fiesta de la natividad de San Juan Bautista, el hombre más grande nacido de mujer, según refiere Nuestro Señor. Profeta auténtico, austero, sincero, honrado, recto, servidor insobornable de la verdad. Valores que trató de encarnar aunque le costara la vida. Tres fiestas marcadas por el «fuego del Espíritu» que enciende, purifica  y conforma nuestros corazones con el mismo Corazón de Jesús.

La «FIESTA» es la forma que tenemos las personas de exteriorizar estos valores, de expresar el gozo y la alegría interior que cada uno vive y siente. Necesitamos agradecer y celebrar la vida. ¡Qué son los sacramentos sino la celebración de los siete momentos más importantes de nuestra propia vida! Anhelamos la fiesta. No una «fiesta enlatada» sino la fiesta que emerge desde dentro, la fiesta que nos dignifica, nos humaniza y nos diviniza. Nuestros mayores que sembraron de fiestas el calendario es lo que querían hacernos entender. La vida sólo tiene pleno sentido y fecundidad en Dios. Él es quien realmente conforma nuestro modo singular de ser y nos ayuda a  «humanizar – divinizar» la vida y nuestras relaciones con los demás.

A nadie se le escapa el desconcierto, que en cualquiera de sus ámbitos, se halla sumida hoy la humanidad entera. No es extraño, por tanto, que el corazón humano se sienta interiormente, en muchas ocasiones, desorientado, amenazado, manipulado, deshabi­tado… En una palabra, triste vacío. Tal vez, una de las causas, pueda ser que el hombre ha invertido las relaciones que le vinculaban con la creación, con los demás y con Dios. Como hiciera Mosén Sol en su tiempo ―aunque para muchos pueda resultar insólito― también hoy podríamos encontrar en la adoración eucarístico-reparadora, ligada a la devoción al Corazón de Jesús, tan propia de su tiem­po, la clave para recrear a todo hombre y al hombre todo en Cristo. Él sigue siendo hoy el único que ciertamente puede restablecer la dignidad perdida, «reparar» a la humanidad caída, devolver a la tierra la caridad hurtada y hacer nuevas todas las cosas.

Hoy, igual que ayer, aunque tratemos de cambiar el nombre, la vida está marcada por dos tiempos. Para nuestros abuelos, que de ingenuos tenían poco, la vida venía sellada por Dios. Establecieron un «tiempo sagrado», de fiesta, caracterizado por el descanso dominical (donde se mudaban de ropa y se relacionaban con los demás en la casa de Dios o en la plaza del pueblo tomando el vermú), por las grandes solemnidades litúrgicas (la Inmaculada, la Navidad, la Semana Santa, la Pascua, la Ascensión, Pentecostés, la Santísima Trinidad, el Corpus Christi…) y por las fiestas patronales (San Ramón, San Mateo, San Pedro, el Santo Cristo de los Milagros, la Virgen del Pilar, el Santo Cristo y San Vicente Ferrer, etc.); frente al «tiempo profano», de trabajo, marcado por el ritmo de las cosechas. Para nuestros padres, en esta era secularizada y postmoderna, la vida viene caracterizada por la producción y el consumo donde nuestras relaciones son mucho más abundantes pero efímeras. Se establece el ritmo del «finde» (fin de semana) y de las cuatro fiestas religiosas (muchas veces descafeinadas o comercializadas) que cada comunidad autónoma autoriza en su calendario laboral. Los cinco días restantes de la semana, están marcados por un ritmo de vida tan frenético que, en no pocos casos, nos conducen al “estrés” o a la “depre”.

Tal vez pueda estar confundido pero, a medida que buceo por vuestro corazón, me asalta la duda de qué es lo que realmente nos hace más felices, más fecundos, más libres y más auténticos a los seres humanos. Sigo creyendo que, como imagen de Dios que somos, lo que verdaderamente nos construye como personas es querernos a nosotros mismos, relacionarnos con los demás, desvivirnos por ellos y juntos tratar de construir un mundo más humano y habitable donde todos descubran la dignidad de ser hijos de un mismo Padre que nos ha creado por amor y anhela que un día podamos compartir eternamente con Él su misma gloria.

Ojalá que el Corazón de Jesús nos haga entender a todos que no se puede permanecer cruzados de brazos esperando que Dios resuelva nuestros problemas sino hacer visible, como San Ramón o San Juan Bautista, el regalo que Él puso en nuestras manos: el de respetarnos, querernos y ayudarnos… Un verdadero milagro, aparentemente imperceptibles, pero que es el que cambia desde dentro el corazón de las personas y de los pueblos.

Durante estos meses de verano, aprovechando las vacaciones de los hijos que vuelven a sus pueblos de origen, se celebrarán multitud de fiestas y romerías. Disfrutad de la naturaleza y de un merecido descanso. Recread vuestra vida familiar. Aprovechad también para volver a las raíces cristianas, despertando al Dios que lleváis dentro, recitando esta hermosa y comprometida oración:

Señor,
no tienes manos,
tienes sólo nuestras manos
para construir un mundo nuevo donde habite la justicia.
Señor,
no tienes pies.
tienes sólo nuestros pies
para poner en marcha a los hombres por el camino de la libertad.
Señor,
no tienes labios.
tienes sólo nuestros labios
para proclamar al mundo la buena noticia que es tu Evangelio.
Señor,
no tienes corazón,
tienes sólo nuestra acción
para lograr que todos los hombres sean hermanos.

Con mi afecto y mi bendición,

Ángel Pérez Pueyo

Obispo Barbastro-Monzón

sábado, 24 de junio de 2017

XII Domingo del Tiempo Ordinario



TESORO EN VASOS DE BARRO

        Las lecturas de este domingo invitan a agradecer y valorar el “don mayor” que nos ha conseguido Jesús, que nos fortalece y capacita para superar la debilidad  que hemos heredado del pecado original (segunda lectura), tesoro que tenemos que vivir en un contexto débil debido a las persecuciones que sufrimos como cristianos (primera lectura y Evangelio). La primera lectura recuerda la persecución que sufrió el profeta Jeremías por ser fiel al mensaje de Dios, que molestaba a los oyentes y el Evangelio ofrece varios motivos para no temer en la persecución.

        La palabra de Dios ofrece una visión equilibrada y realista del ser humano, frente al optimismo que defiende que todo hombre es naturalmente bueno y que lo corrompe la sociedad    y el pesimismo de los que creen que el hombre está corrompido y que no tiene remedio. La segunda lectura nos dice que el hombre es radicalmente débil, como consecuencia del pecado original, pero que Cristo muriendo y resucitando nos ha conseguido una fuerza que supera ampliamente esta debilidad y con características contrarias al pecado de Adán: si este pecado afecta a toda la humanidad para el mal, la gracia de Cristo afecta igualmente a todos para el bien, si el pecado de Adán crea debilidad, la gracia de Cristo ofrece una fuerza que supera con creces la debilidad. Ya no estamos sujetos a ningún fatalismo del mal. Con la gracia de Cristo podemos construir un mundo mejor, en que reine la paz y la justicia.  

Igual que físicamente estamos sujetos a la ley de la gravedad que nos empuja para abajo, sufrimos la atracción permanente del mal. El catecismo la resume en lo que conocemos como pecados capitales, que no son pecados, sino atracciones permanentes que tenemos que superar: soberbia, avaricia, lujuria, ira, envidia, gula, pereza. Su presencia solo nos recuerda que somos débiles, pero es posible superar todas estas raíces malas con la gracia de Cristo, muy superior a todas ellas. Por ello Jesús, el nuevo Adán, nos capacita para vivir como él, como hijos de Dios. La palabra de Dios nos invita a colaborar con la gracia de Cristo y agradecer nuestra situación.

        Pero vivimos como hijos de Dios en situación débil, pues seremos perseguidos. De nuevo la palabra de Dios invita al realismo. El camino del cristiano no es un camino de rosas, habrá dificultades también provenientes de  los pecados capitales en forma institucionalizada: seremos perseguidos por personas  o instituciones movidas por la envidia, el orgullo, avaricia… que se endiosan con sus ideologías y no permiten que nadie piense o actúe de forma diferente.
        La palabra de Dios nos dice también cómo afrontar la persecución: con optimismo, porque vivimos de acuerdo con el plan de Dios que quiere que se pregone en las terrazas y él tiene la última palabra en la Historia de la salvación, con confianza en la providencia del Padre que siempre nos acompaña y con sentido de la responsabilidad, porque tenemos que dar cuenta de todas las gracias recibidas.

        Cada Eucaristía es comunión con Cristo y el Padre en el Espíritu Santo y por ello fuente de fuerza para superar nuestras debilidades y luchas.

Dr. Antonio Rodríguez Carmona


viernes, 23 de junio de 2017

El Corazón de Cristo es símbolo de la fe cristiana





El Corazón de Cristo es símbolo de la fe cristiana, particularmente amado tanto por el pueblo como por los místicos y los teólogos, pues expresa de una manera sencilla y auténtica la "buena noticia" del amor, resumiendo en sí el misterio de la encarnación y de la Redención.

La solemnidad litúrgica del Sagrado Corazón de Jesús es la tercera y última de las fiestas que han seguido al Tiempo Pascual, tras la Santísima Trinidad y el Corpus Christi. Esta sucesión hace pensar en un movimiento hacia el centro: un movimiento del espíritu guiado por el mismo Dios.

Desde el horizonte infinito de su amor, de hecho, Dios ha querido entrar en los límites de la historia y de la condición humana, ha tomado un cuerpo y un corazón, para que podamos contemplar y encontrar el infinito en el finito, el Misterio invisible e inefable en el Corazón humano de Jesús, el Nazareno.

En mi primera encíclica sobre el tema del amor, el punto de partida ha sido precisamente la mirada dirigida al costado traspasado de Cristo, del que habla Juan en su Evangelio (Cf. 19,37; Deus caritas est, 12).

Este centro de la fe es también la fuente de la esperanza en la que hemos sido salvados, esperanza que ha sido el tema de mi segunda encíclica.

Toda persona necesita un "centro" para su propia vida, un manantial de verdad y de bondad al que recurrir ante la sucesión de las diferentes situaciones y en el cansancio de la vida cotidiana.

Cada uno de nosotros, cuando se detiene en silencio, necesita sentir no sólo el palpitar de su corazón, sino, de manera más profunda, el palpitar de una presencia confiable, que se puede percibir con los sentidos de la fe y que, sin embargo, es mucho más real: la presencia de Cristo, corazón del mundo.

Os invito, por tanto, a cada uno de vosotros a renovar en el mes de junio su propia devoción al Corazón de Cristo.

Uno de los caminos para revitalizar esta devoción al Corazón de Cristo es valorar y practicar también la tradicional oración de ofrecimiento del día y teniendo presentes las intenciones que propongo a toda la Iglesia.

Junto al Sagrado Corazón de Jesús, la liturgia nos invita a venerar el Corazón Inmaculado de María. Encomendémonos siempre a ella con gran confianza.


jueves, 22 de junio de 2017

El Evangelio: única Palabra que se proclama




Entre las lecturas de la Escritura, la única palabra que se proclama es el Santo Evangelio de Nuestro Señor Jesucristo. Dicho esto, podemos observar que en muchas celebraciones de la Eucaristía, el sacerdote desde el ambón, lugar sagrado desde donde se lee la Palabra de Dios, comienza la lectura del Evangelio con estas palabras:

-Lectura del Santo Evangelio según… (Se anuncia el evangelista que corresponda según el Canon)

La realidad es que es una gracia de Dios poder subir al ambón y dar esa “Buena Noticia” que es el Evangelio. Como es una gracia de Dios, de infinito valor, poder colaborar con Él en el Milagro Eucarístico del Misterio de la Transubstanciación, esto, es, la conversión de la sustancia del pan y del vino en el Cuerpo y la Sangre de Jesucristo.

Decían los Santos Padres de la Iglesia Primitiva, que el Evangelio tiene un cuerpo y un alma: el cuerpo es la letra impresa sobre papel; el alma es la misma Divinidad de Dios. No en vano nos dirá san Juan en el prólogo del Evangelio: “…En el principio existía la Palabra, y la Palabra estaba junto a Dios y la Palabra era Dios…” (Jn 1,1)

Pues ya que el Evangelio, la  Palabra, es Dios mismo, tratémosla con el respeto y la grandeza que merece el Misterio. El Evangelio es la única Palabra que se PROCLAMA. Y así podrá decir el oficiante (sacerdote o diácono):

- “Proclamación del Santo Evangelio según…”

En las “cosas santas de Dios”, su Palabra, hemos de ser escrupulosos, conscientes de la Grandeza que se está realizando, ante quien “toda rodilla se ha de doblar, en el cielo y en la tierra, y en el abismo, Jesucristo…” (Fp. 2,10).

Ya en tiempos de Moisés, el libro del Deuteronomio decía: “…Voy a proclamar el Nombre de Yahvé, ¡dad gloria a vuestro Dios...” (Dt 32,3), preanunciando la proclamación de la Palabra de Dios. Palabras que nos recuerdan lo que decimos en la celebración de la Misa, como contestación a las palabras del sacerdote: ¡Gloria a Ti, Señor! Demos, pues, la importancia de “proclamar” la Palabra de Dios, que es Jesucristo, Palabra única del Padre, revelada en su Santo Evangelio.

“Es bueno dar gracias al Señor,
y tocar para tu Nombre, oh Altísimo,
proclamar por la mañana tu Misericordia y de noche tu Fidelidad…”(Sal 91)


Alabado sea Jesucristo,


Tomas Cremades Moreno

miércoles, 21 de junio de 2017

Yo de mayor, quiero ser «íntegro»


El 28 de mayo de 2016 fue el día que más llena he visto la catedral de Barbastro. No cabía ni un alfiler. Más de 1.700 personas jubiladas de todo Aragón llegaron a nuestra ciudad para pasar el día. Me invitaron a recibir la ofrenda floral a la Virgen que don Francisco Javier Iriarte, como Presidente de COAPEMA (Consejo Aragonés de las Personas Mayores), hiciera en nombre de todos. Providencialmente, en esos días, un compañero de la residencia sacerdotal me había regalado un libro de don Leopoldo Abadía que me pareció muy sugerente y que leí de un tirón. Se titulaba: «Yo de mayor quiero ser joven». Fue el «grito de guerra» que coreamos todos por tres veces después de rezar la Salve a la Virgen. Si ese día no se vino abajo la catedral… os aseguro que jamás se caerá.
Don Leopoldo tiene razón. Este zaragozano de pro, de 83 años, con 12 hijos y 45 nietos, ingeniero industrial, profesor durante 31 años en el Instituto de Estudios Superiores de la Empresa… asegura que se puede ser feliz y sentirse joven a pesar de la edad que uno tenga si logramos mantener la vitalidad por dentro.
Esta alegría interior que brota del corazón fue la que percibí un año más tarde, el 21 de mayo de 2017, al celebrar la pascua del enfermo y administrar la unción de los enfermos a nuestros mayores. Fue una verdadera fiesta de la ternura, del consuelo y de la paz.
Desgranando algunas de las afirmaciones de su libro logré aquella tarde componer un decálogo para la homilía, y que hoy, solemnidad del Corpus Christi, icono de la verdadera COMUNIÓN DE AMOR, quisiera regalar a nuestros padres y a nuestros abuelos como expresión de nuestro cariño, cercanía y gratitud. Ellos siguen siendo en nuestra vida el reflejo más nítido del AMOR COMPARTIDO. Por eso, yo de mayor quiero ser «ÍNTEGRO», es decir, visibilizar y regalar a manos llenas el amor de Dios que llevo dentro. Y que se trasluce en cosas tan sencillas como:
1.   Tener criterio. No hacer caso al primer «cantamañanas» que me adule o que trate de «venderme la moto» (engañarme). Es lo que distingue al que no piensa por sí mismo ni discurre.
2.   Ser responsable, es decir, maduro, sensato, honrado, trabajador, leal, sincero. Asumir lo bueno y lo malo que te pueda venir, con paz y con serenidad. Mira, majo ¾comenta con certeza don Leopoldo¾ si las cosas te van bien, es culpa tuya. Y si te van mal, también.
3.   Tener sentido común. Me asustan las personas sin sentido común pero me aterran todavía más ¾vuelve a apostillar¾ las que «no tienen vergüenza».
4.   Saber escuchar y callar. Aunque pueda resultar paradójico, una conversación la domina quien más calla. Y la gana quien más escucha y logra ofrecer lo mejor de sí mismo.
5.   Aprender a perdonar y a olvidar, sobre todo, si tienes razón. Es lo que realmente ennoblece tu alma.
6.   Tener detalles con las personas que me quieren y me ayudan. Tratar de ser agradecido. Intentar ser útil y servir al otro mientras tengas fuerza. Es, sin duda, lo que más incentiva tu sensibilidad.
7.   Aprender a equivocarse. Aceptar los propios errores. Nadie ha nacido enseñado. Dios no creó personas «papelera», «basura» o «descarte» como dice el Papa Francisco.
8.   Vivir con dignidad y respetar las diferencias de los demás. Nadie puede usurpar la dignidad que Dios te otorgó al crearte.
9.   Tener esperanza es aceptar como posible lo que deseamos. Generarla, es ayudar al otro a que consiga lo que desea.
10.       Ser normal, es decir, confiar en los demás y sembrar siempre a tu alrededor la paz y la comunión.
No es fácil aprender a cerrar bien la vida. Lo más difícil es dejarse ayudar pero lo más duro es tener algo pendiente (no haber compartido algún secreto con alguien, no haberse reconciliado con éste o aquél, no haber podido cumplir un sueño inconfeso…). Asumir que la vida «OTRA» comienza realmente al nacer, es una GRACIA. A veces sólo somos conscientes cuando aparece la primera arruga o mancha de vejez en nuestra cara o en nuestras manos, cuando sobreviene el primer suspiro de nostalgia por un mundo que se desvanece y se aleja, de pronto, frente a nuestros ojos... Aprender a envejecer es un don divino y, al mismo tiempo, un arte que nos permite paulatinamente desasirnos de todo lo superficial para llegar a ser uno mismo en Dios. Es vivir la vida como si hiciéramos un viaje en globo y nuestra tarea consistiese en ir soltando lastre hasta que «flotásemos», nos «elevásemos»… y llegásemos al lugar de dónde vinimos, es decir, a los brazos de Dios nuestro Padre para fundirnos en un abrazo eterno y gozar de su misma gloria.
El camino que realmente plenifica a cada persona, desde que abrimos los ojos a la vida, es ir despojándonos, desprendiéndonos, desposeyéndonos… de todo lo que nos impide ser nosotros mismos (ser en Dios), de todo lo que nos esclaviza, nos estresa, nos cosifica… Justo, el camino inverso que otros proponen como verdadero elixir de la felicidad.
Lo sublime en esta etapa final ¾ eufemismos aparte ¾ es que nos toca ofrendarle (regalarle) al Señor nuestra propia vida ajada por los años, debilitada por el trabajo o la enfermedad, marcada con tantas «cicatrices»… siendo conscientes de que es esta etapa, aunque nos cueste aceptarlo, la más hermosa y fecunda. Hasta ahora sólo le ofrecíamos nuestra fortaleza, nuestra sabiduría, nuestros éxitos… Ahora soy yo mismo la mejor ofrenda ante el Padre. Te regalas todo tú y sólo tú. Es entonces, sólo entonces, cuando uno llega a descubrir realmente la dignidad y el amor del que hemos sido objeto por Aquel que nos creó.
Esto es lo que celebramos aquel domingo y que hoy evocamos en la solemnidad del Corpus Christi, como nuestra mejor ofrenda. Nuestros mayores, una vez más, supieron estar a la altura y vivir este momento como una verdadera fiesta, como una gracia, como una ofrenda de su propia vida, como un anticipo de la plenitud que les aguarda cuando vuelvan a los brazos del Padre. Esta etapa de la vida es, sin duda, un verdadero tiempo de gracia y de fecundidad porque ellos también son testigos de Jesucristo aunque puedan decir o hacer menos cosas.
Con mi afecto y bendición,
Ángel Pérez Pueyo
Obispo Barbastro-Monzón


martes, 20 de junio de 2017

El agua, la toa­lla y el ADN


Es­ta­ba todo pre­pa­ra­do y sos­pe­cha­ban que aque­lla no­che se­ría cru­cial. Los ner­vios y el re­vue­lo fue­ron ma­yúscu­los. Es­ta­ban los más ín­ti­mos, por de­cir­lo de al­gu­na ma­ne­ra. Aun­que no te­nía nada que ver con aque­lla boda, en Caná, que vi­vie­ron jun­tos ha­cía más o me­nos tres años (¿o qui­zás sí?). Esa no­che es­ta­ban to­dos ex­pec­tan­tes, pen­dien­tes de las pa­la­bras y los ges­tos de quien se la man­dó pre­pa­rar. Ya os digo, se ba­rrun­ta­ba que no iba a ser como las ce­nas de Pas­cua de los dos años an­te­rio­res, pues la ha­bía ade­lan­ta­do de día.

La es­ce­na nos la he­mos ima­gi­na­do a lo lar­go de los si­glos, tan­to y de tan­tas ma­ne­ras,  que ya for­ma par­te de nues­tro acer­vo po­pu­lar. Por lo me­nos has­ta aho­ra, aun­que un pe­rio­dis­ta, emi­tien­do por la ra­dio la pro­ce­sión del Cor­pus de To­le­do el año pa­sa­do, no de­ja­ra de in­sis­tir: “es una gran ma­ni­fes­ta­ción cul­tu­ral de tin­tes re­li­gio­sos”. En ese mo­men­to su­frí de vér­ti­gos.

Y mien­tras, Je­sús, to­man­do un tro­zo de pan lo par­tió y en­tre­gán­do­se­lo les dijo: “to­mad, co­med, esto es mi cuer­po”. Y les dio a be­ber de la copa: “esta es mi san­gre, de la nue­va alian­za, de­rra­ma­da por vo­so­tros”. Está cla­ro que no es­ta­ba para su­per­fi­cia­li­da­des. Ha­bla­ba de cuer­po, de san­gre, de alian­za. Son pa­la­bras ma­yo­res. Por­que en el len­gua­je y la cul­tu­ra de Je­sús, di­fe­ren­te a la con­cep­ción grie­ga, que es la nues­tra, el cuer­po in­di­ca a la per­so­na y to­das sus re­la­cio­nes: ale­grías, es­pe­ran­zas, su­do­res, fa­ti­gas… y la san­gre es la sede de la vida. Por ello el de­rra­ma­mien­to de san­gre  es de­vol­ver y en­tre­gar la vida a Dios. Y la Alian­za son las bo­das, o el com­pro­mi­so de amor que Dios du­ran­te toda la his­to­ria in­ten­ta man­te­ner con la hu­ma­ni­dad en ge­ne­ral y con cada uno de no­so­tros en par­ti­cu­lar. De ahí el man­da­mien­to del amor: “amaos como yo os he ama­do”. Y pun­to. Todo está di­cho.

Como pa­re­ce ser que sus ami­gos es­ta­ban un poco con­fun­di­dos, qui­zás por el mo­men­to, la an­sie­dad, o un poco de mie­do… pero so­bre todo por­que Je­sús, des­pués de tres años con ellos, sa­bía lo que da­ban de sí… Y, a par­te, que, ha­blan­do de amor cada uno en­ten­de­mos una cosa, y nor­mal­men­te ten­de­mos sólo ha­cia lo afec­ti­vo, se ciñó la toa­lla y se puso a la­var­les los pies como si de un es­cla­vo se tra­ta­ra. Pe­dro, que con­ce­bía las co­sas de otra ma­ne­ra, armó una bron­ca, ya se le ha­bía ol­vi­da­do eso de que “el que quie­ra ser el pri­me­ro en­tre vo­so­tros sea el ser­vi­dor de to­dos”.  No hay nada como el agua para acla­rar­lo todo.

Y con la toa­lla les fue se­can­do los pies. No sé tú, pero yo lo veo como un ges­to de ter­nu­ra, como una ca­ri­cia. In­ten­ta se­car los pies a una per­so­na an­cia­na, a una cria­tu­ra, ya me di­rás lo que sien­tes. Eso, como el que con sua­vi­dad va poco a poco lim­pian­do las he­ri­das. Es un acto de amor, de sa­na­ción, de pu­ri­fi­ca­ción. Y para fi­na­li­zar les dijo: “ha­ced esto en me­mo­ria mía”. Mi­rad que este men­sa­je nos lo he­mos pa­sa­do de boca en boca du­ran­te casi 2000 años y tie­ne más im­por­tan­cia que el San­to Grial, el Prio­ra­to de Sión, los mis­te­rios de los cru­za­dos y to­das las obras de Leo­nar­do da Vin­ci jun­tas. Mi­rad que este es el eje más im­por­tan­te de nues­tra fe, por­que en esta me­mo­ria viva se en­cie­rra la vida de Je­sús, el Se­ñor, y nues­tra pro­pia vida.

En efec­to, es­tos son nues­tros her­ma­nos y, como en cual­quier fa­mi­lia, aten­de­re­mos con amor es­pe­cial­men­te a los más po­bres y des­va­li­dos, por­que esto va en el ADN de todo bau­ti­za­do, por­que to­dos so­mos hi­jos de un mis­mo Pa­dre. Por eso nos or­ga­ni­za­mos en CA­RI­TAS, que sig­ni­fi­ca ni más ni me­nos que “Amor de Dios”.  Es la úni­ca ma­ne­ra de ce­le­brar con cohe­ren­cia la so­lem­ni­dad del Cor­pus Ch­ris­ti: como la fies­ta de la Vida, la Uni­dad y el Amor. Y al con­tem­plar al Se­ñor por nues­tras ca­lles pen­se­mos que los cris­tia­nos de­be­mos lle­gar a ser Eu­ca­ris­tía, Cuer­po de Cris­to, ali­men­to, pan par­ti­do, re­ga­lo, cuer­po y san­gre en­tre­ga­da para Dios y para los de­más, es­pe­cial­men­te para los más ne­ce­si­ta­dos de amor.

¡Ánimo y ade­lan­te!

+ An­to­nio Gó­mez Can­te­ro
Obis­po de Te­ruel y Al­ba­rra­cín


lunes, 19 de junio de 2017

Adorar la Hostia Santa




Adoración
«Adorar la Hostia santa debería ser el centro de la vida de todo hombre».

Amor
«Cuanto más se ama, mejor se reza». 

Apostolado
«Cada cristiano tiene que ser apóstol: no es un consejo, sino un mandamiento, el mandamiento de la caridad». 

Bien
«Haré el bien en la medida en la que sea santo». 

Coherencia
«Cuando se sale diciendo que se va a hacer algo, no se debe regresar sin haberlo hecho». 

Cruz
«Cuanto más abrazamos la Cruz, más estrechamos a Jesús que está clavado en ella». 

Examen de conciencia
«Pregúntate en cada cosa: "¿Qué habría hecho el Señor?", y hazlo. Es tu única regla, la regla absoluta». 

Eucaristía
«El objetivo de cada vida humana debería ser la adoración de la santa Hostia»
«La Eucaristía es Dios con nosotros, es Dios en nosotros, es Dios que se da perennemente a nosotros, para amar, adorar, abrazar y poseer». 

Evangelio
«Si no vivimos del Evangelio, Jesús no vive en nosotros». 

Fe
«La fe es incompatible con el orgullo, con la vanagloria, con el deseo de la estima de los hombres. Para creer, es necesario humillarse». 

Jesucristo
«Jesús sólo se merece ser amado apasionadamente». 

Imitación de Cristo
«Cuando se ama, se imita». 

Oración
«Que nuestra vida sea una continua oración». 

Pobreza
«No tenemos una pobreza de convención, sino la pobreza de los pobres. La pobreza que, en la vida escondida, no vive de dones ni de limosnas ni de rentas, sino sólo del trabajo manual». 

Sacerdotes
«El sacerdote es un ostensorio, su deber es mostrar a Jesús. Él tiene que desaparecer para dejar que sólo se vea a Jesús…». 

Santidad
«Santificandonos santificaremos a los demás»