domingo, 23 de julio de 2017

Importancia de lo pequeño



Al cristianismo le ha hecho mucho daño a lo largo de los siglos el triunfalismo, la sed de poder y el afán de imponerse a sus adversarios. Todavía hay cristianos que añoran una Iglesia poderosa que llene los templos, conquiste las calles e imponga su religión a la sociedad entera.

Hemos de volver a leer dos pequeñas parábolas en las que Jesús deja claro que la tarea de sus seguidores no es construir una religión poderosa, sino ponerse al servicio del proyecto humanizador del Padre -el reino de Dios- sembrando pequeñas «semillas» de Evangelio e introduciéndolo en la sociedad como pequeño «fermento» de una vida humana.

La primera parábola habla de un grano de mostaza que se siembra en la huerta. ¿Qué tiene de especial esta semilla? Que es la más pequeña de todas, pero, cuando crece, se convierte en un arbusto mayor que las hortalizas. El proyecto del Padre tiene unos comienzos muy humildes, pero su fuerza transformadora no la podemos ahora ni imaginar.

La actividad de Jesús en Galilea sembrando gestos de bondad y de justicia no es nada grandioso ni espectacular: ni en Roma ni en el Templo de Jerusalén son conscientes de lo que está sucediendo. El trabajo que realizamos hoy sus seguidores parece insignificante: los centros de poder lo ignoran.

Incluso los mismos cristianos podemos pensar que es inútil trabajar por un mundo mejor: el ser humano vuelve una y otra vez a cometer los mismos horrores de siempre. No somos capaces de captar el lento crecimiento del reino de Dios.

La segunda parábola habla de una mujer que introduce un poco de levadura en una masa grande de harina. Sin que nadie sepa cómo, la levadura va trabajando silenciosamente la masa hasta fermentarla por completo.

Así sucede con el proyecto humanizador de Dios. Una vez que es introducido en el mundo va transformando calladamente la historia humana. Dios no actúa imponiéndose desde fuera. Humaniza el mundo atrayendo las conciencias de sus hijos hacia una vida más digna, justa y fraterna.

Hemos de confiar en Jesús. El reino de Dios siempre es algo humilde y pequeño en sus comienzos, pero Dios está ya trabajando entre nosotros promoviendo la solidaridad, el deseo de verdad y de justicia, el anhelo de un mundo más dichoso. Hemos de colaborar con él siguiendo a Jesús.

Una Iglesia menos poderosa, más desprovista de privilegios, más pobre y más cercana a los pobres siempre será una Iglesia más libre para sembrar semillas de Evangelio y más humilde para vivir en medio de la gente como fermento de una vida más digna y fraterna.

Ed. Buenas noticias
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viernes, 21 de julio de 2017

XVI Domingo del Tiempo Ordinario




Postura ante la incredulidad: Paciencia.

        La parábola de la cizaña forma parte de las enseñanzas de Jesús sobre la postura del discípulo ante la incredulidad, en la que se le invita a la paciencia ante este fenómeno, sin precipitarse en condenar y excluir de la comunidad, pues es una tarea que se ha reservado él en el juicio final.  Esta enseñanza se completa con la explicación alegorizada de la misma parábola, que la aplica al campo de la Iglesia, donde, por una parte, se siembra y crece la palabra de Dios, pero, por otra, el Maligno también siembra y crece cizaña. El problema está en distinguir adecuadamente el brote de trigo del de la cizaña, pues, querer hacerlo precipitadamente es exponerse  a arrancar trigo creyendo que es cizaña.  Si es difícil conocer nuestro propio corazón, ¡mucho más difícil es conocer el corazón de los demás! Es el Señor quien conoce los corazones (Hch 1,24) y por eso se reserva el juicio definitivo. La parábola pide realismo: no todo es trigo del Reino en el campo de la Iglesia, pero hay que proceder con calma hasta que no se pueda distinguir claramente quién es trigo y quién cizaña. Y la última palabra siempre la tiene Jesús en el juicio final.

La comunidad cristiana es santa, porque está integrada por hijos de Dios, que por medio del Espíritu son hijos en el Hijo; quieren vivir haciendo la voluntad del Padre, que se resume en amar; se reúnen en nombre de Jesús y él está dinámicamente presente en medio de ellos (Mt 18,20). Su vocación es crecer en santificación (1 Tes 4,3), es decir, crecer en la participación de la vida divina por medio de una vida de amor servicial. Pero es también una comunidad pecadora, incluso puede llegar a tener miembros gravemente pecadores, anticristos (1 Jn 2,18-19). La parábola invita a mirar con objetividad esta realidad. ¿Qué hacer? En principio no juzguéis y no seréis juzgados (Mt 7,1), donde “juzgar” significa condenar. Es verdad que el hermano peca, pero la tarea de la comunidad no es condenarlo y considerarlo sin remedio ni salvación, sino ayudar a llevar las cargas mutuamente (Gal 6,2). Dios es el protagonista y siempre en el pecado da lugar al arrepentimiento (1ª lectura). La misión de la comunidad es favorecer la acción de Dios dialogando y corrigiendo fraternalmente (Mt 7,3-5; 18,15-18), una corrección que incluso puede llegar a la exclusión de la comunidad (Mt 18,18), si es necesario para defender el bien común comunitario, pero excluir de la comunidad siempre es una medida medicinal y una invitación a la conversión. La ley suprema de la Iglesia es la salvación de las almas (CIC 1752).

        En la historia de la Iglesia no han sido infrecuentes las posturas puritanas de grupos que se creen poseedores de la exclusiva de la ortodoxia doctrinal y moral y condenan a los demás, viendo herejes por todas partes. Con razón, el auténtico Magisterio los ha rechazado aludiendo a esta parábola. Realmente la Iglesia es una fraternidad santa y pecadora, en lucha constante por su purificación. La palabra de Dios invita a caminar unidos dentro de la diversidad legítima, afrontando la diversidad con talante de diálogo, viendo lo positivo de cada persona y cada postura, evitando la tentación de servirse de situaciones de poder para imponer la propia opinión o costumbre como la única y auténtica. Todo esto con realismo, “prudentes como serpientes, sencillos como palomas”  (Mt 10,16).

        La Eucaristía es celebración de una fraternidad santa y pecadora, que agradece al Padre los dones recibidos  y pide fuerzas para caminar todos unidos, ayudándose mutuamente en llevar las cargas.


Dr. Antonio Rodríguez Carmona

lunes, 17 de julio de 2017

De vacaciones

 Unos antes, otros después, a lo largo del verano hay tiempo para vacaciones. No todo el mundo puede tomárselas, pero todos, de una manera u otra disminuyen el ritmo de actividad de la vida ordinaria, y muchos lo hacen para dedicarse a otra actividad complementaria. Porque vacaciones no es tiempo de no hacer nada, sino de hacer otra cosa, que complemente nuestra formación, que ayude al descanso, que nos dé oportunidad de desarrollar aspectos que no pueden desplegarse en el ritmo ordinario del año.
Hay quienes plantean las vacaciones como tiempo de desenfreno. Como si estuvieran todo el año reprimidos y en vacaciones de desatan. Cuando estos vuelven a la vida ordinaria experimentan una fuerte depresión. Las vacaciones no pueden plantearse desde el desenfreno, sino haciendo aquello que nos gusta –supuesto que tenemos buen gusto- poder vivir un tiempo sin la presión de los horarios y de las agendas. Cuando uno piensa en las vacaciones, piensa en visitar a los amigos, en convivir con la familia, en hacer turismo, en tomarse un tiempo de mayor descanso. Quizá no pueda hacer todo lo que se le ocurre, pero ha dejado suelto el espíritu y ha recuperado energías para afrontar de nuevo la vida ordinaria.
En este descanso, un lugar preferente lo ocupa Dios. A lo largo del año, vamos con el tiempo justo. En vacaciones, podemos dedicar más tiempo a la oración, a la lectura pausada, a la contemplación de la naturaleza. Dios está ahí, y quiere ser nuestro descanso, y además es un descanso gratuito. “Nos hiciste, Señor, para Ti y nuestro corazón está inquieto hasta que descanse en Ti”, nos recuerda san Agustín en sus Confesiones. Descansemos en Dios, conectemos con las motivaciones positivas que han dado sentido a nuestra vida, renovemos aquel amor primero que es capaz de impulsarnos a grandes empresas.
Durante las vacaciones, muchos niños y jóvenes de parroquia acuden a campamentos de verano. Son una ocasión preciosa para crecer, para convivir, para hacer nuevos amigos, para estar con Jesucristo en el fresquito de la mañana o en la Misa del atardecer. El tiempo de ocio es tiempo para la evangelización, es decir, para la experiencia más fuerte de Jesús en medio de nosotros, en medio de su Iglesia, en esa cadena de adultos, jóvenes y niños que se anuda en estas ocasiones. En vacaciones, muchos adultos toman unos días de retiro espiritual en un monasterio, en una casa de ejercicios. Es un tiempo intenso de relación con Dios, que restaura muchas heridas y fortalece para la misión que cada uno ha recibido.
Celebré hace pocos días la Eucaristía con un numeroso grupo de misioneros de toda Andalucía (se habían ofrecido más de tres mil, y fueron seleccionados unos cuatrocientos). Durante ocho días se han dedicado a evangelizar por las calles y plazas, viviendo aquella experiencia que describe el Evangelio de san Lucas 10,1ss: “los envió de dos en dos a todos los pueblos y lugares… sin alforja, sin sandalias… llevando la paz a todos”. Al regreso, venían desbordantes de gozo, porque habían experimentado la verdad de esta Palabra en sus vidas, en medio de múltiples privaciones e incluso rechazos. Habían experimentado sobre todo la fuerza y la verdad del Evangelio, habían constatado que los pobres eran los mejor dispuestos a recibir la buena nueva. Todos nos contagiamos de la alegría de este anuncio. Otro tanto les ocurrirá a los que van en misión ad gentes, como los de Picota/Perú (tres expediciones este verano), o los que dedican tiempo para servir a los más pobres. Algunos han viajado a Calcuta. La fe se fortalece dándola, nos decía Juan Pablo II.
He participado en convivencias sacerdotales, donde también los sacerdotes tienen la oportunidad de descansar con el Señor y en la amistad de los hermanos. He visitado campamentos de niños y jóvenes, donde la algarabía de la edad aprende la disciplina y el servicio sacrificado, al tiempo que la supervivencia en contacto con la naturaleza y liberados de tantos cachivaches que tienen en sus casas. Varias expediciones hacen el Camino de Santiago o una peregrinación a Fátima en el centenario de las apariciones. Hace pocos días acompañaba a la primera peregrinación de la Hospitalidad de Lourdes en Córdoba, que tiene como objetivo llevar enfermos a Lourdes, y en esta primera edición ha acudido un buen grupo.
Que las vacaciones sean tiempo de provecho, de descanso, de hacer otras cosas, de llenarse de Dios. Felices vacaciones para todos.
Recibid mi afecto y mi bendición:

+ Demetrio Fernández,
Obispo de Córdoba


domingo, 16 de julio de 2017

Dios Padre Bueno y Misericordioso



Dios Padre Bueno y Misericordioso,
te damos Gracias y te Bendecimos
porque tu Palabra enriquece nuestra vida
y porque Tú nos permites acogerla
en el interior de nuestro corazón
a pesar de las dificultades y los problemas
que surgen en nuestro camino de cada día.

Dios Padre nuestro, Bendícenos a diario
con  tu Presencia  a través de tu Palabra.

Que tu Palabra de Vida, Dios nuestro,
llegue a nuestro corazón, lo alimente
y lo fortalezca cada día de nuestra vida
para que dé frutos abundantes en medio del mundo.

Que tu Palabra nos llene de ánimo y esperanza
para comunicarla a cada uno de nuestros hermanos,
para que Ella llegue a todo el mundo,
y esté presente en el interior cada persona.

Ayúdanos Tú, Dios Padre Bueno y Misericordioso
a ser constantes en la oración con tu Palabra de Vida
y a esperar con paciencia los frutos necesarios
que Tú, Dios nuestro, quieras regalarnos cada día. 

Amén

viernes, 14 de julio de 2017

XV Domingo del Tiempo Ordinario



Sembrad,  pues habrá cosecha     

El Evangelio de este domingo, junto con el de los dos domingos siguientes, está tomado de una sección de san Mateo (Mt 13) cuya finalidad es iluminar con la palabra de Dios el fenómeno de la incredulidad y la postura que tiene que tomar el cristiano ante ella. Se trata de un fenómeno presente en toda la Historia de la salvación, que vivieron los profetas, vivió Jesús y vivimos nosotros, los que vivimos en una época en que aparentemente son cada día menos los creyentes, situación que puede desmoralizar.

Jesús vivió esta situación. Los primeros momentos de su ministerio fueron de acogida popular calurosa: ha surgido un profeta que hace el bien, habla de Dios como padre, vive en medio del pueblo sencillo: “Al ver la gente la señal que había realizado, decía: « Este es verdaderamente el profeta  que iba a venir al mundo. » Dándose cuenta Jesús de que intentaban venir a tomarle por la fuerza para hacerle rey, huyó de nuevo al monte él solo (Jn 6,14-15). Pero Jesús no halagó al pueblo con falsos mensajes, sino que expuso con sinceridad el plan de Dios: « Maestro, sabemos que eres veraz y que no te importa por nadie, porque no miras la condición de las personas, sino que enseñas con franqueza el camino de Dios»... (Mc 12,14). El Reino de Dios que anunciaba no era un reino político-religioso como esperaba la mayoría, sino un reinado de Dios Padre que crea un pueblo de hijos que viven fraternalmente; su ley será el amor, el servicio, el dar la vida por los demás.

El anuncio de la Eucaristía lo resume todo.  Naturalmente este mensaje no agradaba al pueblo. Muchos de sus discípulos, al oírle, dijeron: « Es duro este lenguaje. ¿Quién puede escucharlo?...  Desde entonces muchos de sus discípulos se volvieron atrás y ya no andaban con él. (Jn 6,60.66). Es lo que se conoce como “crisis de Galilea”, un momento en que la masa abandona a Jesús y sólo le sigue un pequeño grupo. Este es el contexto de la parábola del sembrador, cuya enseñanza básica es la convicción que tiene el sembrador de que habrá cosecha, por eso siembra y trabaja, aunque es consciente de que parte de la semilla se perderá y no todas las semillas darán el mismo rendimiento. Éste dependerá de la calidad del terreno, como se explica un poco más adelante en el mismo evangelio de Mateo.  Con esta y otras enseñanzas semejantes Jesús mantenía la moral de sus seguidores.

Es una enseñanza también necesaria para los cristianos que vivimos en un mundo aparentemente cada día más descristianizado. ¡Habrá cosecha! Mejor, la cosecha ya existe, porque ya ha tenido lugar con la resurrección de Jesús. El problema no es si vendrá o no plenamente el reino de Dios, que vendrá, sino la respuesta que damos los hombres, que el Padre quiere que sea lo más amplia posible y por eso nos envía a continuar la misión de Jesús. A pesar del ambiente negativo hay que seguir sembrando el Evangelio, porque habrá cosecha.

Es interesante constatar que en el libro del Apocalipsis, cuando  se narran las dificultades que vivirá la comunidad cristiana,  se la invita a cantar el himno de victoria del final, cuando triunfe plenamente la salvación de Dios y comprendamos todos los porqués que ahora nos desconciertan: ¡Grandes y maravillosas tus obras, Señor Dios omnipotente! ¡Justo y verdaderos tus juicios, oh rey de los siglos!... (Ap 15,3. La liturgia nos invita a hacer lo mismo, integrando estos himnos en la hora de vísperas).

Por otra parte, la palabra sembrada tiene un dinamismo propio, que realiza su contenido (1ª lectura). Hay que sembrarla con fe en su propia eficacia. El que la acoge tiene vida eterna (Jn 1,12), el que la rechaza se excluye de ella. Por eso Jesús afirma que su palabra juzga, pues pone de manifiesto el tipo de tierra que hay en cada corazón: Si alguno oye mis palabras y no las guarda, yo no le juzgo, porque no he venido para juzgar al mundo, sino para salvar al mundo. El que me rechaza y no recibe mis palabras, ya tiene quien le juzgue: la Palabra que yo he hablado, ésa le juzgará el último día;  porque yo no he hablado por mi cuenta, sino que el Padre que me ha enviado me ha mandado lo que tengo que decir y hablar, y yo sé que su mandato es vida eterna. Por eso, lo que yo hablo lo hablo como el Padre me lo ha dicho a mí. » (Jn 12,47-50).

Celebrar la Eucaristía es celebrar, por una parte, la cosecha final, y, por otra, la eficacia de la Palabra que se nos entrega para alimentarnos y transformarnos.


Dr. Antonio Rodríguez Carmona

miércoles, 12 de julio de 2017

El tamaño de la mostaza

         

                                                                     
 ¿Os acordáis cuando dijo Jesús que la fe de su gente era del tamaño de un grano de mostaza? Y eso que veían los milagros que hacía… Entonces nosotros que no Le vemos ¿Qué tamaño tendrá la nuestra?

Me entra la risa por no llorar. Primero porque no Le veo; segundo porque no hay milagros a mi vera y tercero, Él hablaba de cerca, a mí me lo tienen que contar…  
¿Pues sabéis qué? Que en mi caso, bueno en el de todos nosotros, es mucho más interesante, es un reto, una lucha constante… Tal vez no tenga siquiera el tamaño de un grano mostacil, pero nos dijo estas palabras, precisamente a ti y a mí: “Benditos los que creéis sin ver”. ¿No es más grandioso? Yo creo que sí.

¡Pues aumentemos el dichoso grano! Bien, hagamos cosas, por ejemplo: Recordar siempre esas palabras dedicadas a nosotros; Comulgar para tenerLe a nuestro lado en todo momento y lugar (antes no podían, Le veían y ¡zaca!, se marchaba a otro sitio); y rezar para que hayan más apóstoles de los que hay, entonces eran 12 para el mundo, ahora son 418.200, pero en el mundo somos 7.000 millones de almas… Y no, no son suficientes, nos toca ayudarles en nuestra medida.
  
Espero si Dios lo quiere, porque nosotros lo queremos, pasar del “granin” de mostaza, a una pipa de sandía y algún día, a una ciruela Claudia ¡Sería genial, felicidad a tope!!!   


Emma Díez Lobo