jueves, 23 de noviembre de 2017

Ven­ga a no­so­tros tu Reino


El úl­ti­mo do­min­go del tiem­po or­di­na­rio ce­le­bra­mos la so­lem­ni­dad de Je­su­cris­to Rey del uni­ver­so. Es una fies­ta de es­pe­ran­za. Los cris­tia­nos te­ne­mos la cer­te­za de que por la re­su­rrec­ción de Je­sús, el pe­ca­do y la muer­te no tie­nen la úl­ti­ma pa­la­bra en la his­to­ria de la hu­ma­ni­dad; y sa­be­mos que to­dos los an­he­los de ver­dad y de vida, de jus­ti­cia, de amor y de paz que hay en el co­ra­zón del hom­bre, se ha­rán reali­dad cuan­do el Se­ñor vuel­va en glo­ria y ma­jes­tad. Las per­so­nas, que po­de­mos im­pe­dir la rea­li­za­ción del de­sig­nio de amor de Dios en cada uno de no­so­tros per­so­nal­men­te si re­cha­za­mos to­tal­men­te ese amor, no po­dre­mos im­pe­dir que el plan de sal­va­ción so­bre la his­to­ria y el mun­do lle­gue a su meta.

Con la per­so­na, las ac­cio­nes y las pa­la­bras de Je­sús, es­pe­cial­men­te con su muer­te y re­su­rrec­ción, se sem­bró la pri­me­ra se­mi­lla del Reino de Dios en nues­tro mun­do. La Igle­sia, obe­de­cien­do a su Fun­da­dor, está para con­ti­nuar es­par­cien­do esa se­mi­lla. Para po­der rea­li­zar esta mi­sión no ha re­ci­bi­do de Cris­to ni ar­mas, ni ri­que­za ni po­der, por­que ni la fuer­za ni el mie­do son el ca­mino para que ese Reino crez­ca en­tre no­so­tros. Los ins­tru­men­tos para esta mi­sión son otros: la Pa­la­bra del Evan­ge­lio, la gra­cia de los sa­cra­men­tos por los que lle­ga al co­ra­zón de los hom­bres la vida nue­va del Re­su­ci­ta­do, y el man­da­mien­to de dar tes­ti­mo­nio del amor de Dios en el ser­vi­cio a los más po­bres y ne­ce­si­ta­dos.

El tex­to evan­gé­li­co que se pro­cla­ma este año, que es la gran pa­rá­bo­la del jui­cio fi­nal, nos re­cuer­da que en­tra­rán en el Reino de Dios aque­llos que ha­yan prac­ti­ca­do las obras de mi­se­ri­cor­dia. En esta pa­rá­bo­la el Se­ñor nos está in­di­can­do tam­bién cómo y cuán­do se hace pre­sen­te el Reino en nues­tro mun­do: cuan­do da­mos de co­mer o be­ber al ham­brien­to y al se­dien­to; cuan­do vi­si­ta­mos a los en­fer­mos y a los pre­sos; cuan­do ves­ti­mos al des­nu­do y hos­pe­da­mos al sin te­cho.
Tal vez po­de­mos pen­sar que esta mi­sión es en el fon­do una ilu­sión, por­que cuan­do mi­ra­mos la reali­dad de nues­tro mun­do dos mil años des­pués de Cris­to te­ne­mos la im­pre­sión de que nada ha cam­bia­do: las in­jus­ti­cias, la vio­len­cia, la men­ti­ra, el ham­bre, las gue­rras… con­ti­núan en­tre no­so­tros. Tam­bién po­de­mos pen­sar que es­tos ins­tru­men­tos son in­efi­ca­ces y no sir­ven para nada: ¿No vi­vi­mos en un mun­do en el que quie­nes tie­nen po­der, in­fluen­cia, di­ne­ro o pres­ti­gio son ad­mi­ra­dos, es­cu­cha­dos y aca­ban con­si­guien­do lo que se pro­po­nen? Ante esta si­tua­ción ¿vale la pena se­guir cre­yen­do en esta uto­pía?
Sin em­bar­go, cuan­do con­tem­pla­mos la his­to­ria de la Igle­sia y ve­mos la gran can­ti­dad de san­tos que se han to­ma­do en se­rio esta pa­la­bra del Evan­ge­lio, des­cu­bri­mos que el paso de Je­sús por la his­to­ria de la hu­ma­ni­dad no ha sido inú­til; que gra­cias a los ver­da­de­ros dis­cí­pu­los su Reino está más pre­sen­te de lo que apa­ren­te­men­te se ve; que por ellos nues­tro mun­do es mu­cho me­jor de lo que se­ría si no hu­bie­ran vi­vi­do; y que vale la pena se­guir tra­ba­jan­do para que la hu­ma­ni­dad lle­gue a la meta que Dios le ha pre­pa­ra­do.
Con mi ben­di­ción y afec­to,
+ En­ri­que Be­na­vent Vidal
Obis­po de Tor­to­sa


miércoles, 22 de noviembre de 2017

En­con­tró en “casa”, el amor que men­di­ga­ba fue­ra


«Un ar­tis­ta le dijo a su es­po­sa, me voy de casa por­que quie­ro ins­pi­rar­me para pin­tar la obra maes­tra de mi vida. A los po­cos días se en­con­tró con una mu­cha­cha ra­dian­te el día de su boda: ¿qué es lo más her­mo­so para ti?, le pre­gun­tó emo­cio­na­do. El amor, con­tes­tó la jo­ven enamo­ra­da sin ti­tu­bear. Pero, ¿cómo pin­tar el amor? Lue­go se tro­pe­zó con un sol­da­do: ¿qué es lo me­jor para ti? La paz. Pero, ¿cómo pin­tar la paz? Más tar­de con­ver­só con un sa­cer­do­te: ¿qué es lo prin­ci­pal para ti? La fe. Pero, ¿cómo pin­tar la fe? Can­sa­do y de­cep­cio­na­do vol­vió a casa. Su es­po­sa lo abra­zó con tan­ta ter­nu­ra que ha­lló el amor y la paz de la que le ha­bían ha­bla­do la no­via y el sol­da­do. Y en los ojos de sus hi­jos, cuan­do lo cu­brían de be­sos, des­cu­brió la fe de la que le ha­bía ha­bla­do el sa­cer­do­te. Fue en su pro­pia casa don­de en­con­tró la ins­pi­ra­ción que an­da­ba bus­can­do fue­ra».

Vuel­ve a casa! ¡Te que­re­mos! ¡Te an­da­mos bus­can­do! ¡Te aguar­da­mos!… son «ex­cla­ma­cio­nes», «gri­tos» que mi cohe­ren­cia de vida de­be­ría ofre­cer a cada uno de mis her­ma­nos que, por ra­zo­nes di­ver­sas, un día aban­do­na­ron la «casa pa­ter­na» en bus­ca del ca­ri­ño, de la cer­ca­nía, del tes­ti­mo­nio, que al­gu­nos no le su­pi­mos ofre­cer cuan­do es­ta­ban en casa.

‘SIN TI nun­ca lle­ga­re­mos a ser esa ÚNICA Y GRAN FA­MI­LIA que Dios sue­ña’. Ni po­dre­mos re­co­brar en su ho­gar (la Igle­sia) el AMOR que, a ve­ces, men­di­ga­mos fue­ra. ¿No os re­sul­ta pa­ra­dó­ji­co que nos pa­se­mos la vida bus­can­do ami­gos, de­man­dan­do afec­to, men­di­gan­do re­co­no­ci­mien­to, pres­ti­gio, po­der… y, sin em­bar­go, lo que más nos cues­ta es de­jar­nos que­rer? Cier­ta­men­te, lo más di­fí­cil es de­jar­se abra­zar por Dios («mi Pa­dre del cie­lo»), sin­tien­do su ter­nu­ra, su ca­ri­ño, su mi­se­ri­cor­dia… a tra­vés de mis otros her­ma­nos. Nos cues­ta acep­tar que, aun­que uno haya mar­cha­do de casa, en «la mesa de la fra­ter­ni­dad», cada día, está pues­to tu pla­to es­pe­ran­do tu re­gre­so. Pero lo más sor­pren­den­te es des­cu­brir que nues­tra ver­da­de­ra vo­ca­ción en esta tie­rra es la de ha­cer de PA­DRE-MA­DRE, es de­cir, aco­ger a to­dos en casa sin pe­dir­les ex­pli­ca­cio­nes y sin exi­gir­les nada a cam­bio. Ser pa­dres, con en­tra­ñas de ma­dres, ca­pa­ces de re­cla­mar para sí la úni­ca au­to­ri­dad po­si­ble, la com­pa­sión.
Las ci­fras de esa nube in­gen­te de per­so­nas vo­lun­ta­rias que in­vier­ten mi­les de ho­ras al ser­vi­cio de los de­más, es­pe­cial­men­te de los que la so­cie­dad ex­clu­ye, (ani­ma­do­res de la co­mu­ni­dad, ca­te­quis­tas, agen­tes de pas­to­ral, vo­lun­ta­rios de Cá­ri­tas, de Ma­nos Uni­das o de Mi­sio­nes, vi­si­ta­do­res de en­fer­mos o an­cia­nos, mi­nis­tros ex­tra­or­di­na­rios de la co­mu­nión, mai­ra­le­sas, equi­po de li­tur­gia, etc.), son la me­jor ex­pre­sión de que la Igle­sia es tu ma­dre. Ade­más de la sig­ni­fi­ca­ti­va apor­ta­ción eco­nó­mi­ca que en­tre unos y otros se con­si­gue para aten­der ma­te­rial­men­te a los po­bres, sos­te­ner la in­fra­es­truc­tu­ra ecle­sial y a to­dos los evan­ge­li­za­do­res que pro­pa­gan la bue­na no­ti­cia de la ter­nu­ra de Dios en la hu­ma­ni­dad como ex­pre­sión inequí­vo­ca de su ma­ter­ni­dad.
En nues­tra Dió­ce­sis, como ha­bréis po­di­do ver por los fo­lle­tos que se han dis­tri­bui­do, la ma­yor par­ti­da de gas­tos or­di­na­rios se des­ti­na a pro­gra­mas so­li­da­rios (1.936.258,78€), so­bre todo a Cá­ri­tas, Ma­nos Uni­das y Mi­sio­nes. Nos ale­gra que mu­chas per­so­nas, a la hora de le­gar su pa­tri­mo­nio o de ha­cer sus do­na­ti­vos so­li­da­rios, pien­sen en la Igle­sia no sólo por­que el nue­vo ré­gi­men fis­cal de des­gra­va­ción sea más fa­vo­ra­ble tan­to para las per­so­nas fí­si­cas como ju­rí­di­cas (em­pre­sas) sino por­que casi en su to­ta­li­dad lle­ga a los des­ti­na­ta­rios y al mis­mo tiem­po cun­de el do­ble. Gra­cias en nom­bre de tan­tos po­bres anó­ni­mos a los que se atien­de en la Igle­sia y que ja­más po­drán ex­pre­sa­ros per­so­nal­men­te su gra­ti­tud. Ade­más, aho­ra, para ma­yor co­mo­di­dad, po­dréis ha­cer­lo sin mo­ve­ros de casa, a tra­vés de la pá­gi­na web, cli­clan­do en la pes­ta­ña: www.do­noa­mii­gle­sia.es.

CON­TI­GO, aun­que te creas in­sig­ni­fi­can­te, LO SE­RE­MOS (esa gran fa­mi­lia). Im­plí­ca­te a fon­do, si es­tás den­tro de su seno. Vuel­ve, si te sien­tes ale­ja­do, y en­ri­qué­ce­nos con tus va­lo­res. Oja­lá lo­gre­mos de­vol­ver la dig­ni­dad que Dios otor­gó a to­das las per­so­nas y ha­ga­mos flo­re­cer un mun­do más li­bre, fra­terno y so­li­da­rio. Esto es lo real­men­te au­daz, mo­derno y fas­ci­nan­te: ha­cer de la Igle­sia tu ver­da­de­ro «ho­gar, tu «casa de aco­gi­da» o tu «hos­pi­tal de cam­pa­ña». Haz de tu fa­mi­lia una igle­sia do­més­ti­ca, fuen­te y es­cue­la de fra­ter­ni­dad.
Con mi afec­to y ben­di­ción,
+ Ángel Pé­rez Pue­yo
Obis­po de Bar­bas­tro-Mon­zón


lunes, 20 de noviembre de 2017

De la Reina de las Misiones



La Virgen Santísima es la Reina de las Misiones. La Iglesia lo enseña claramente. Ahora bien, veamos algunos textos donde los Papas invocan la intercesión de la Virgen sobre las Misiones o se refieren a la importantísima realidad de la acción de la Madre de Dios en orden a la conversión de los pueblos que aun ignoran a su bendito Hijo.
S.S. Benedicto XV, en su célebre documento misional “Maximum Illud” (n° 113) ruega a la Virgen Santísima que secunde los anhelos apostólicos de todos los Misioneros; la llama con el bello título de “excelsa Madre de Dios y Reina de los Apóstoles” y le suplica que impetre “la difusión del Espíritu Santo sobre los pregoneros de la fe”

S.S. Pío XI, en su encíclica “Rerum Ecclesiae” (n° 135), invocando a la Virgen bajo su advocación de “Reina de los Apóstoles” le ruega que “se digne mirar con complacencia” los esfuerzos de la Catolicidad por evangelizar los pueblos que aun ignoran al divino Redentor y, acto seguido, el mismo Pontífice, luego de recordar que la Virgen Sacrosanta es Madre “de todos los hombres”, enseña otra verdad muy consoladora: nuestra Madre Celestial intercede no menos por los paganos que por los católicos. Es provechoso, entonces, reproducir las palabras exactas usadas por Su Santidad: “Ella, habiendo recibido en el Calvario a todos los hombres por hijos suyos, intercede no menos por los que aún ignoran haber sido redimidos por Cristo Jesús que por los que gozan ya felizmente del beneficio de la Redención”

S.S. San Juan XXIII en su Exhortación Misional “Princeps Pastorum” (n° 25) invocaba con “toda el alma sobre las Misiones Católicas” de un modo muy especial la intercesión de la Virgen Santísima y se dirige a Ella llamándola “Reina de las Misiones”. El mismo Papa Santo, en este documento, le suplica a la Virgen que Ella “encienda y multiplique el celo misionero” en todos los propagadores de la Santa Fe Católica.

El Venerable Papa Pío XII, en su gran Encíclica Misional “Fidei Donum” (n° 19), invocaba, de un modo especial, sobre las misiones católicas el patrocinio de la Virgen Santísima, a la vez que subrayaba que la intercesión de la Madre de Dios es “poderosa y materna”. El mismo Papa, en el citado pasaje, se dirigía a Ella bajo su título de “Reina de los Apóstoles”
La misma letra del Concilio Vaticano II° y, más específicamente del decreto conciliar dedicado enteramente a las Misiones Ad Gentes, contiene una concisa prez en la que se suplica a la Reina de los Apóstoles la gracia de que los gentiles sean atraídos “cuanto antes al conocimiento de la verdad (Cf. 1 Tim., 2,4)” y de que “la claridad de Dios que resplandece en el rostro de Cristo Jesús, brille para todos por el Espíritu Santo (Cf. 2 Cor., 4,6)”. Es decir, el Concilio Vaticano II contiene una confiada petición a la Virgen Santísima en la que se le suplica la gracia de la conversión de los gentiles y en la que, a su vez, se le pide que esta conversión sea “cuanto antes”

Unidos a la filial prez de los Padres Conciliares, suplicamos a la Reina de las Misiones, la gracia de la conversión de los pueblos gentiles y que esta conversión tenga lugar lo antes posible.

P. Federico, misionero en la meseta tibetana

domingo, 19 de noviembre de 2017

Miedo a morir

     



Es tan natural como corriente desde los principios. Pero qué “extraño y raro” de aceptar para los que vivimos. Sí, el miedo a la muerte es real. No es una anestesia, no un coma, no un dormir profundo, es marchar hacia Dios, ¡DIOS!!! 

Tremendo, brutal, bestial, no sé cómo calificarlo. Es lo peor y lo mejor, pero de lo que nadie quiere hablar.

A Dios le doy gracias por vivir un día más, pero también he de pedir por no asustarme de mi muerte. ¿Dolor?, ¿pena?, ¿angustia?, ¿ansiedad?, ¿agonía?, ¿terror?, pues sí, todo eso junto es morir y sin embargo hasta un niño lo sufre, miles de seres  cada día… ¡Eva, nos hiciste la pascua, querida!!!

¡Dios mío! Revélame tranquilidad, que mis hijos no sufran, que el día que me vaya se dibuje en mí rostro una sonrisa que pueda decir al mundo que tengo ganas de verte.

-¡Espera, espera, espera, no es como tú lo piensas, en absoluto! Lo que duele es la enfermedad, y vivir en esas circunstancias, es la pena; la ansiedad y la angustia son mucho antes del tránsito, porque después hasta el terror desaparece convirtiéndose en una  paz misteriosa. Reconoces que tu mundo es otro y entonces, te  apartas con vida de tu “piel” y ya no quieres volver, todo es extraordinario, único. El alma ni se duerme ni pierde el sentido.

-Desde “de dónde vengo” te cubriremos con mucho más amor del que tú nos ofreciste, pues todo se multiplica “70 veces 7”…  

 ¡Ufff, genial Dios, me quedo mucho más tranquila!!!  


Emma Diez Lobo

sábado, 18 de noviembre de 2017

¿”Vi­ves o ve­ge­tas”?


¿Qué es­tás ha­cien­do con tu vida? Des­en­mas­ca­ra los «tó­pi­cos» que pue­den des­hu­ma­ni­zar­te. No te de­jes en­ga­ñar. Sé sin­ce­ro, al me­nos con­ti­go mis­mo: ¿«vi­ves» o «ve­ge­tas»?, ¿«cue­ces» o «en­ri­que­ces»?, ¿«ar­des» o «te que­mas»?
Hoy el Se­ñor te ayu­da a des­cu­brir los «ta­len­tos» con que te ador­nó.

Te in­vi­ta a ha­cer­los fruc­ti­fi­car. No de­jes que te ven­dan bie­nes­tar por fe­li­ci­dad. El bie­nes­tar es la ex­ci­ta­ción emo­cio­nal que te ofre­cen fu­gaz­men­te las co­sas al sa­tis­fa­cer tus de­seos o ne­ce­si­da­des. La fe­li­ci­dad, en cam­bio, emer­ge de tu in­te­rior. No es fru­to de algo con­cre­to sino la con­vic­ción de sa­ber­se ama­do y sos­te­ni­do por Aquel que nos creó. Acon­te­ce como un DON, como una GRA­CIA in­me­re­ci­da e ines­pe­ra­da. Como TA­REA, bas­ta aco­ger­la, dis­fru­tar­la y com­par­tir­la con los de­más.

Te brin­do la opor­tu­ni­dad de que seas fe­liz sir­vien­do a los de­más, im­pli­cán­do­te en la trans­for­ma­ción de nues­tra Dió­ce­sis… ofre­cién­do­te un modo nue­vo de mi­rar, gus­tar, to­car, oler, es­cu­char, es de­cir, de sa­bo­rear a Dios en todo lo que ha­ces. Dis­fru­tar con hon­du­ra los en­cuen­tros, las mi­ra­das, los ros­tros, la be­lle­za… mi­rar más el lado bueno, po­si­ti­vo y go­zo­so de las per­so­nas y los acon­te­ci­mien­tos… por­que quien tie­ne a Dios en sus la­bios en todo en­con­tra­rá gus­to a Él.
Es lo que la pa­rá­bo­la de los ta­len­tos, en­mar­ca­da den­tro del dis­cur­so es­ca­to­ló­gi­co de Je­sús, pre­ten­de ha­cer­nos des­cu­brir. El Se­ñor tar­da pero su re­gre­so es tan se­gu­ro como im­pre­vi­si­ble. De ahí nues­tra lla­ma­da a la res­pon­sa­bi­li­dad per­so­nal. Las su­mas en­tre­ga­das y las ga­nan­cias ob­te­ni­das son muy con­si­de­ra­bles ya que un ta­len­to equi­va­lía a diez mil de­na­rios, el suel­do de seis mil jor­na­das de tra­ba­jo. Más allá de esto, lo que se des­ta­ca es la pro­duc­ti­vi­dad de los dos pri­me­ros sier­vos. El ter­ce­ro, en cam­bio, tra­ta de con­ser­var, a buen re­cau­do un de­pó­si­to que con­si­de­ra­ba ce­rra­do. Ac­túa con apa­ren­te ho­nes­ti­dad. No mal­gas­ta su ta­len­to. No hace nada malo… sin em­bar­go es re­pro­ba­do por su pa­si­vi­dad. Esta so­cie­dad del bie­nes­tar ha lo­gra­do anes­te­siar nues­tros pe­ca­dos de omi­sión. El abs­ten­cio­nis­mo y la apa­tía, la pe­re­za y la co­mo­di­dad, el egoís­mo y el mie­do al qué di­rán son fru­to de una psi­co­sis de se­gu­ri­dad co­lec­ti­va. Dios nos pide hoy una fi­de­li­dad pro­duc­ti­va, de lo con­tra­rio, tam­bién que­da­re­mos des­ca­li­fi­ca­dos.
Los ta­len­tos que re­ci­bi­mos por par­te de Dios son, en pri­mer lu­gar, las ri­que­zas de su Reino, es de­cir, la sal­va­ción, la fe, su amor, su amis­tad (la vida de Gra­cia)… En se­gun­do lu­gar, los do­nes na­tu­ra­les como la vida y la sa­lud, la in­te­li­gen­cia y la vo­lun­tad, la fa­mi­lia y la edu­ca­ción… La fe, sin em­bar­go, es el gran ta­len­to que re­su­me to­dos los de­más.
Es­tos ta­len­tos no son para uso pri­va­do y ex­clu­si­vo. Dios no nos ha crea­do como «flo­re­ros». Tam­po­co nos ha cons­ti­tui­do en pro­pie­ta­rios, tan solo en ad­mi­nis­tra­do­res. Nues­tro di­le­ma in­sos­la­ya­ble es ex­plo­tar­los al ser­vi­cio de Dios y de los her­ma­nos o bien en­te­rrar­los para no com­pli­car­nos más la vida ni ser ta­cha­dos como re­tró­gra­dos.
¡Cuán­tos hom­bres y mu­je­res vi­ven ins­ta­la­dos, de­silu­sio­na­dos o fo­si­li­za­dos como el em­plea­do ha­ra­gán que efec­ti­va­men­te no mal­gas­ta su ta­len­to pero lo en­tie­rra, con­ten­tán­do­se con man­te­ner­lo in­tac­to e in­fe­cun­do! Los dos pri­me­ros fue­ron elo­gia­dos por la leal­tad con la que se hi­cie­ron car­go de lo “poco”. El ter­ce­ro, ade­más de acu­sar al due­ño, con­fie­sa que ha sido el te­mor lo que le ha ins­pi­ra­do su ma­ne­ra de ac­tuar. El Se­ñor, que no le re­pro­cha sus pa­la­bras in­jus­tas, des­en­mas­ca­ra sin em­bar­go su pa­si­vi­dad, su in­do­len­cia y su pe­re­za. No ha que­ri­do co­rrer ries­gos. Al fi­nal, se des­ve­lan las mo­ti­va­cio­nes reales de cada uno.
Lo que se exi­ge siem­pre es “poco” en com­pa­ra­ción con lo mu­cho que se ha re­ci­bi­do. El di­ver­so com­por­ta­mien­to re­fle­ja las dis­tin­tas ma­ne­ras que cada uno tie­ne de en­fo­car la vida y la fe. Los hay que cons­cien­tes de lo mu­cho que han re­ci­bi­do por par­te de Dios lo po­nen todo al co­mún, al ser­vi­cio de su Pro­yec­to sal­ví­fi­co. Otros, en cam­bio, vi­ven con mie­do, sin­tién­do­se ate­na­za­dos por el qué di­rán  y lo­gran en­te­rrar to­das sus po­ten­cia­li­da­des.
Lo im­por­tan­te no es la can­ti­dad que cada uno pro­duz­ca sino si res­pon­de al tan­to por cien­to de sus pro­pias ca­pa­ci­da­des, ac­ti­tu­des o ap­ti­tu­des. Dios no exi­ge sin an­tes ha­ber­nos dado con abun­dan­cia. Per­so­nal­men­te lo que más me con­mue­ve es la con­fian­za que el Se­ñor ha de­po­si­ta­do en no­so­tros. Él nos im­pul­sa a apro­ve­char cada día que si­ga­mos «en­gan­cha­dos» a lo suyo.
Gra­cias, Se­ñor, por­que con­fias­te en no­so­tros, en­tre­gán­do­nos los ta­len­tos y la res­pon­sa­bi­li­dad de tu Reino. Gra­cias, Se­ñor, por­que des­en­mas­ca­ras­te nues­tra me­dio­cri­dad y nos hi­cis­te des­cu­brir nues­tros pe­ca­dos de omi­sión. Ayú­da­nos, Se­ñor, a re­di­tuar nues­tros ta­len­tos para ser­vir me­jor a los de­más.
Con mi afec­to y ben­di­ción,
+ Ángel Pé­rez Pue­yo
Obis­po de Bar­bas­tro-Mon­zón


XXXIII Domingo del Tiempo Ordinario






Vigilar es cooperar con el don recibido

Igual que el domingo pasado, las lecturas de este domingo subrayan el tema de la espera vigilante, como aparece en la segunda lectura y el evangelio.

La segunda lectura presenta la espera como un vivir en la luz, es decir, a la luz de Cristo, que ilumina y da vida, para evitar que su venida nos sorprenda por sorpresa, en la noche, no preparados.

La parábola de los talentos ofrece un caso que ayuda a concretar mejor lo que significa este tiempo. Para Jesús la historia de cada persona se divide en tres partes, una pasada, otra presente, otra futura.

El pasado es el tiempo en que el amo da a cada uno una tarea específica y diferente, según su capacidad. Se refiere al tiempo de nuestra incorporación a la comunidad, en la que todos somos miembros de una gran familia, todos siervos del amo, pero cada uno recibe carismas diversos al servicio de la comunidad, todos de ellos de valor. Un talento, moneda antigua, equivaldría hoy día a 300.000 €, 2 = 600.000 € y 5 = millón y medio de €. Todas las cantidades son grandes. En el pensamiento de Mateo se refieren a la gran herencia que Cristo resucitado nos ha dejado a sus siervos en la Iglesia para hacerla fructificar hasta que él venga en su parusía. La cantidad recibida por cada uno es diferente, porque el amo conoce a cada uno y le da según su capacidad, es decir, cada uno es capaz de hacer rendir la cantidad entregada, pues Dios no pide a nadie lo que no puede hacer (cf. 1 Cor 12, 7.11: A cada cual se le otorga la manifestación del Espíritu para provecho común..., Pero todas estas cosas las obra un mismo y único Espíritu, distribuyéndolas a cada uno en particular según su voluntad).

La parábola subraya el presente como tiempo en que tenemos que colaborar con el don recibido y hacer que fructifique. Es el tiempo de la responsabilidad, es decir, del que tenemos que responder y dar cuenta. Lo recibido no es nuestro, es gracia¸ es un don ganado por Jesús en su muerte y resurrección, y hay que dar cuenta de él.  Esto implica comprometerse por el Reino de Dios, asumiendo los riesgos propios de una vida cristiana comprometida.

El futuro es el tiempo en que debemos dar cuenta. Los dos primeros han colaborado. Coinciden los dos en que han doblado la cantidad recibida; si el primero ha obtenido más es porque ha recibido más, pero ambos se han comprometido a fondo según sus diferentes posibilidades. Por eso el juicio del amo es el mismo para ambos e igualmente recibirán el mismo premio: han sido fieles en lo poco, es decir, han sabido colaborar en la tarea encomendada en este mundo, que en relación con el futuro es “poco”; por eso son dignos de entrar en el gozo de su Señor, compartiendo la alegría divina. En cambio, el que recibió un solo talento no quiso arriesgarse y optó por enterrar la cantidad recibida (era costumbre de la época para poner a salvo el dinero de ladrones). Motiva su comportamiento en que conoce la “avaricia” del amo, que no permite que se malogren sus bienes; el amo lo reprende precisamente por eso, porque conoce la avaricia y debía haber sacado otra consecuencia: el amo no se contenta con conservar, sino que quiere que se aumente su dinero, como hicieron los otros. Por eso manda que se le quite ese dinero.  Jesús ha entregado su vida para conseguir el tesoro de la salvación y no permite que se mantenga inactivo el tesoro que tanto le ha costado cf 2 Cor 5,12: El amor de Cristo nos empuja, sabiendo que uno ha muerto por todos...

La moraleja final explica que en la vida cristiana no es posible la estabilidad en un punto concreto: o se sube o se baja. Todos hemos recibido carismas, con los que tenemos que crecer, si colaboramos con ellos, o vamos decreciendo en caso contrario hasta llegar a quedarnos sin nada, fuera del “gozo del Señor”.

La Eucaristía es un adelanto del gozo del Señor, en que agradecemos los dones recibidos y la confianza que ha puesto en nosotros el Señor y pedimos ayuda y alimento para vigilar, cooperando en el trabajo del Reino de Dios.


         Dr. Antonio Rodríguez Carmona


viernes, 17 de noviembre de 2017

No ame­mos de pa­la­bra, sino con he­chos”



Os ani­mo a lo vivo a ce­le­brar la Jor­na­da Mun­dial de los Po­bres  que el Papa con­vo­có para el 19 de no­viem­bre pró­xi­mo con el lema: “No ame­mos de pa­la­bra, sino con he­chos”. No ol­vi­de­mos que Je­sús nos dijo: “amaos tam­bién unos a otros, como yo os amé” (Xn 13,34), “tra­tad a la gen­te en todo con­for­me que­réis que os tra­ten a vo­so­tros”· (Mt 7,12), “quien quie­ra ser im­por­tan­te, que sir­va a los de­más” (Mt 20,26). Amar a Dios y al pró­xi­mo lle­va gas­tar nues­tra vida al ser­vi­cio de los de­más. El flu­jo de ter­nu­ra, amor y com­pa­sión ha de re­co­rrer las ar­te­rias del cuer­po cris­tiano para que su co­ra­zón no en­ve­jez­ca, evi­tan­do el co­les­te­rol de nues­tro egoís­mo. En esta cla­ve los di­cen el Papa: “Al fi­nal del Ju­bi­leo de la Com­pa­sión qui­se ofre­cer a la Igle­sia a Jor­na­da Mun­dial de los Po­bres, para que en todo el mun­do las co­mu­ni­da­des cris­tia­nas se con­vier­tan cada vez más y me­jor en signo con­cre­to del amor de Cris­to por los úl­ti­mos y los más ne­ce­si­ta­dos”.

Ob­je­ti­vo de la Jor­na­da

El ob­je­ti­vo de esta jor­na­da se­gun­do el men­sa­je pa­pal es es­ti­mu­lar a los cre­yen­tes para que reac­cio­nen ante la cul­tu­ra del des­car­te y del mal­gas­te” y lo­grar que “las co­mu­ni­da­des cris­tia­nas se con­vier­tan cada vez más y me­jor en signo con­cre­to del amor de Cris­to por los úl­ti­mos”, sien­do ne­ce­sa­rio “or­ga­ni­zar mo­men­tos de en­cuen­tro y de amis­tad, de so­li­da­ri­dad y de ayu­da con­cre­ta”, así como de ora­ción co­mún. La fra­ter­ni­dad y la so­li­da­ri­dad han de ser el re­fe­ren­te del cris­tiano, sa­bien­do que el hilo que ha de ver­te­brar el ta­piz de nues­tra his­to­ria ecle­sial es la ca­ri­dad. Evan­ge­li­za­mos cuan­do ama­mos.
En los po­bres he­mos de re­co­no­cer a Je­sús y ser­vir­le en ellos. El Papa con­si­de­ra que no es tan­to ha­cer una co­lec­ta más, tan ne­ce­sa­ria por otra par­te para vi­vir la fra­ter­ni­dad en la co­mu­nión, sino po­ner a los po­bres como re­fe­ren­cia de nues­tras co­mu­ni­da­des pa­rro­quia­les y co­mu­ni­dad dio­ce­sa­na en el nú­cleo de nues­tra vida. Nues­tra preo­cu­pa­ción debe ser dar res­pues­ta a los po­bres más allá de diag­nós­ti­cos y es­ta­dís­ti­cas, fi­ján­do­nos en las per­so­nas con­cre­tas y sa­lien­do a su en­cuen­tro. Mu­chas ve­ces da­mos la im­pre­sión de que nues­tros po­bres vi­ven en esa hora vein­ti­cin­co que nun­ca mar­ca­rá el re­loj de nues­tra vida, y por eso se les arrin­co­na en el lado os­cu­ro del des­car­te. Pero es ahí don­de los se­gui­do­res de Je­sús he­mos de si­tuar­nos para des­cu­brir que todo es­pa­cio y todo tiem­po son pro­pi­cios para en­con­trar­nos con ellos. “La so­li­da­ri­dad fra­ter­na con los más po­bres les da cre­di­bi­li­dad a las tes­ti­gos de Cris­to pero es ade­más el cli­ma, el am­bien­te, el con­tex­to ne­ce­sa­rio para que lle­ve­mos ade­lan­te nues­tra mi­sión”, los re­fie­ren el Papa.
Ne­ce­si­ta­mos ima­gi­na­ción y crea­ti­vi­dad con ges­tos sen­ci­llos y hu­mil­des a tra­vés de los cua­les no sólo se per­ci­ba que va­mos al en­cuen­tro de los po­bres sino que es­tos es­tán en­tre no­so­tros y con no­so­tros. Esto ha de ma­ni­fes­tar­se en nues­tras co­mu­ni­da­des pa­rro­quia­les y en nues­tra Ca­ri­tas Dio­ce­sa­na, sien­do este el signo y tes­ti­mo­nio de una Igle­sia en sa­li­da, sa­ma­ri­ta­na y mi­sio­ne­ra. La his­to­ria de la Igle­sia se con­fi­gu­ra cómo una his­to­ria de ca­ri­dad don­de los acui­ta­dos por cual­quie­ra cau­sa en­cuen­tran res­pues­ta a sus gri­tos de au­xi­lio. En esta his­to­ria son in­nu­me­ra­bles los tes­ti­mo­nios a los que po­dría­mos re­fe­rir­nos. Así el Papa los di­cen que son siem­pre ac­tua­les las pa­la­bras del san­to Obis­po Cri­sós­to­mo: “Se que­réis hon­rar el cuer­po de Cris­to, no lo des­pre­ciéis cuan­do está des­nu­do; no hon­réis al Cris­to eu­ca­rís­ti­co con or­na­men­tos de seda, mien­tras que ha­bía sido del tem­plo des­cui­dáis a ese otro Cris­to que su­fre por frío y des­nu­dez” (Hom. in Matt­haeum, 50,3: PG 58). Ante esto no nos sir­ve ni la pa­si­vi­dad ni la re­sig­na­ción. Sólo el es­pí­ri­tu de po­bre­za los ayu­dan a va­lo­rar en su jus­ta me­di­da los bie­nes ma­te­ria­les y a man­te­ner esos víncu­los afec­ti­vos que se mues­tran en el des­pren­di­mien­to a fa­vor de los ne­ce­si­ta­dos. “A los po­bres siem­pre los te­néis con vo­so­tros” (Mt 26,11), dijo Je­sús, sien­do esto un re­cur­so al cual acu­dir para aco­ger y vi­vir el Evan­ge­lio.
Pe­ti­ción del Papa
El Papa en su men­sa­je los pi­den “que las co­mu­ni­da­des cris­tia­nas, en la se­ma­na an­te­rior a la Jor­na­da Mun­dial de los Po­bres, se com­pro­me­tan a or­ga­ni­zar di­ver­sos mo­men­tos de en­cuen­tro y de amis­tad, de so­li­da­ri­dad y de ayu­da con­cre­ta. Po­drán in­vi­tar los po­bres y los vo­lun­ta­rios para par­ti­ci­par jun­tos en la Eu­ca­ris­tía die­ra do­min­go… En ese do­min­go, si en nuestro vecindario vi­ven po­bres que so­li­ci­tan pro­tec­ción y ayu­da, nos acer­que­mos a ellos: será el mo­men­to pro­pi­cio para en­con­trar al Dios que bus­ca­mos. De acuer­do con la en­se­ñan­za de la Es­cri­tu­ra (cf. Xn 18, 3-5; Hb 13,2), los sen­te­mos a nues­tra mesa como in­vi­ta­dos de hon­ra; po­drán ser maes­tros que nos ayu­den a vi­vir la fe de ma­ne­ra más cohe­ren­te”. Hay mu­chas per­so­nas po­bres en nues­tra so­cie­dad pero na­die es tan rico que no ne­ce­si­te algo de los de­más.
Os sa­lu­do con afec­to y ben­di­ce en el Se­ñor,
+ Ju­lián Ba­rrio Ba­rrio,
Ar­zo­bis­po de San­tia­go de Com­pos­te­la