miércoles, 23 de septiembre de 2015

Abrazar el Evangelio





Puesto que en obediencia a la verdad habéis purificado vuestras almas para un amor sincero de hermanos, amaos unos a otros entrañablemente, de corazón puro.  Pues habéis nacido de nuevo, no de una simiente corruptible, sino de una que es incorruptible, es decir, mediante la palabra de Dios que vive y permanece .
1 Pe, 1,22-25




Queremos abrazar el evangelio contra nuestro pecho y hacerlo con todas nuestras fuerzas porque deseamos que las palabras que escuchamos empapen nuestro corazón, lo libren de sus ataduras y lo transformen.

Queremos que las palabras que oímos, lleguen al lugar primero de nuestras intenciones, de nuestros sentimientos y de nuestros pensamientos; para que, así, todo lo que hacemos, pensamos, sentimos, venga del Dios que tanto anhelamos.

Sin embargo, sabemos que nosotros  tan sólo,  podemos tener la voluntad de extender los brazos y retener las palabras que sabemos pueden transformar en vida, la muerte que tantas veces perseguimos .Pero Cristo, solamente nos pide que lo abracemos.

Solamente a él le corresponde el milagro de que esas palabras traspasen los huesos y se hagan uno con nuestro alma.

¿Cómo ocurre?

No lo sé

Pero, cada día, camino los pasos de este sendero que traza Dios y experimento como el cielo se derrama en un corazón que ya nada se parece al que antes era.

Yo solamente pongo el deseo de que así sea; Dios hace lo demás

Yo le digo: Señor, quiero, y… él se ocupa.

No hay experiencia comparable a sentir cómo el aliento de Dios roza nuestra espalda y nos hace amar lo que antes ni siquiera conocíamos.

Nada se parece al deseo de querer morir para que él sople sobre nuestras cenizas y cree en nuestro alma de nuevo la VIDA, SU VIDA

Oh Dios, crea en mí un corazón puro, renueva en mi interior un espíritu firme
Salmo 50. 1


  Olga Alonso Pelegrin

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