lunes, 31 de octubre de 2016

Con todos los santos




En la vida eterna, con los ojos de la inteligencia contemplaremos la gloria de Dios, de todos los ángeles y de todos los santos, así como la recompensa y la gloria de cada uno en particular, en todas las maneras que querremos. En el último día cuando, por el poder de nuestro Señor, resucitaremos con nuestro cuerpo glorioso, nuestros cuerpos serán resplandecientes como la nieve, más brillantes que el sol, transparentes como el cristal... Cristo, nuestro cantor y maestro de coro, con su voz triunfante y dulce cantará un cántico eterno en alabanza y honor a su Padre celestial. Todos nosotros, llenos de gozo y con voz clara, cantaremos para siempre y sin fin este mismo cántico. La gloria y felicidad de nuestra alma brotará sobre nuestros sentidos y atravesará nuestros miembros; nosotros nos contemplaremos mutuamente con ojos glorificados; escucharemos, diremos, cantaremos la alabanza de nuestro Señor con unas voces que no fallarán jamás.

     Cristo nos servirá; nos enseñara su rostro luminoso y su cuerpo de gloria llevando en él las señales de la fidelidad y del amor. También miraremos los cuerpos gloriosos con todas las señales del amor con el cual han servido a Dios desde el comienzo del mundo... Nuestros corazones vivientes se abrasarán con un amor ardiente por Dios y por todos los santos...

     Cristo, en su naturaleza humana, guiará el coro de la derecha, porque es esta naturaleza la que Dios ha hecho más noble y más sublime. Pertenecen a este coro todos aquellos en quienes él vive y viven en él. El otro coro es el de los ángeles; aunque su naturaleza es más elevada que la nuestra, los hombres hemos recibido más de Jesucristo con quien somos uno. Él mismo será el supremo pontífice en medio del coro de los ángeles y de los hombres, delante del trono de la soberana majestad de Dios. Y Cristo ofrecerá y renovará ante su Padre celestial, el Dios todopoderoso, todas las ofrendas que jamás fueron presentadas ni por los ángeles ni por los hombres; éstas se renovarán y continuarán sin cesar y para siempre en la gloria de Dios.


(Beato Juan van Ruysbroeck)

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