viernes, 2 de diciembre de 2016

II Domingo de Adviento



La esperanza exige conversión

La palabra de Dios nos vuelve a recordar la promesa de salvación (1ª y 2ª lecturas) y, por otra parte, el Evangelio proclama que ya está llegando el cumplimiento de esta promesa con la cercanía del Reino de Dios, y que esto exige conversión.

La esperanza cristiana se apoya en la palabra de Dios, que ya se cumple en la Pascua de Jesús, y por otra parte, en nuestra conversión. Espera algo el que desea algo que no tiene, por eso el que no desea, no espera, ni tampoco el autosuficiente que no necesita nada. Jesús viene como Salvador. Sólo lo recibirá el que es consciente de sus limitaciones y desea ser salvado. 

En este contexto convertirse  es, por una parte, ver con realismo la propia pobreza para desear colmarla y, por otra, hacer vacío para que lo llene Dios. Es una acción que implica esfuerzo, pero no va en detrimento de la correcta autoestima del hombre,  al contrario, la defiende, al  exigir evitar una falsa idea de la sí mismo, orgullosa  y que vuelve la cabeza ante  las limitaciones físicas y morales.

Dios ha puesto en el corazón del hombre ansia de infinito y plenitud: Nos hiciste, Señor, para ti e inquieto está nuestro corazón hasta que descanse en ti (S.Agustín), pero el hombre puede embotar esta hambre con pequeñas satisfacciones materiales. Convertirse es vigilar para que no se embote la esperanza: Guardaos de que no se hagan pesados vuestros corazones por el libertinaje, por la embriaguez y por las inquietudes de la vida, y venga aquel Día de improviso sobre vosotros (Lc 21,34).

La experiencia del pueblo judío durante la primera Alianza debe ser una lección viviente para nosotros. Todos esperaban la llegada del reino de Dios y del Mesías, pero, cuando llegó, la mayoría no lo aceptó.  El NT reflexiona sobre este hecho señalando las causas, que son las mismas que pueden frustrar hoy día nuestra esperanza. Repasar algunas  ayudará a concretar nuestra conversión:  Todo esto les acontecía en figura, y fue escrito para aviso de los que hemos llegado a la plenitud de los tiempos. (1 Cor 10,11):

* Vivir centrado en el amor propio, en los propios intereses, en la propia gloria, y no en el amor de Dios: Pero yo os conozco: no tenéis en vosotros el amor de Dios. Yo he venido en nombre de mi Padre, y no me recibís; si otro viene en su propio nombre, a ése le recibiréis. Cómo podéis creer vosotros, que aceptáis gloria unos de otros, y no buscáis la gloria que viene del único Dios? (Jn 5,42-44).

* Poner condiciones al plan salvador de Dios. Los judíos rechazaron la propuesta de Jesús de un mesías siervo, pues preferían un hijo de David  triunfalista: Como dice Pablo, Testifico en su favor que tienen celo de Dios, pero no conforme a un pleno conocimiento.  Pues desconociendo la justicia de Dios y empeñándose en establecer la suya propia, no se sometieron a la justicia de Dios (Rom 10,2-3).

* Concebir la salvación como una compra entre iguales, a base del propio esfuerzo, y no como un regalo de Dios. Esto se manifiesta de diversas formas, como el legalismo, que cree que se puede comprar la salvación a base de cumplir materialmente la letra de las  normas, descuidando su espíritu  (Mc 2,23-3,5); la rutina en las prácticas con etiqueta religiosa (Mc 2,18-22). Leyes y prácticas deben ser expresión del amor a Dios y a los hermanos, no medios para comprar la salvación y quedarse “tranquilos” y autosatisfechos de que la compra va por buen camino. Ambas prácticas dan lugar al puritanismo del que se siente tranquilo y sin pecado, excluyéndose así de la salvación de Jesús, pues no tienen necesidad de médico los sanos, sino los enfermos; no vine a llamar justos sino pecadores (Mc 2,17). Igualmente se manifiesta en el dogmatismo doctrinal y moral del que se cree en pleno conocimiento y posesión de los planes de Dios. ¡Muchos judíos rechazaron a Jesús en nombre de Dios! (Mc 2,1-12; Jn 16,2). Dios se ha revelado y nos ha dado a conocer su verdad, pero todavía conocemos parcialmente (1 Cor 13,8-12). La teología tiene que ser radicalmente humilde y debe ayudar a aceptar los caminos de Dios, que frecuentemente tienen aspecto necio y débil, pero que son sabiduría y poder de Dios (cf 1 Cor 1,17-24).

La conversión es un proceso permanente en la vida cristiana y capacita para acoger las constantes venidas de Jesús. Por eso es también fundamental para celebrar la Eucaristía, que es presencia del Salvador, que se vuelca en los que desean y esperan su salvación. Jesús quiso  ofrecer un primer anuncio de ella cuando comía con los pecadores. En la Eucaristía Jesús comparte su sacrificio con sus amigos, que se reconocen pecadores perdonados.

D. Antonio Rodríguez Carmona



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