jueves, 23 de noviembre de 2017

Ven­ga a no­so­tros tu Reino


El úl­ti­mo do­min­go del tiem­po or­di­na­rio ce­le­bra­mos la so­lem­ni­dad de Je­su­cris­to Rey del uni­ver­so. Es una fies­ta de es­pe­ran­za. Los cris­tia­nos te­ne­mos la cer­te­za de que por la re­su­rrec­ción de Je­sús, el pe­ca­do y la muer­te no tie­nen la úl­ti­ma pa­la­bra en la his­to­ria de la hu­ma­ni­dad; y sa­be­mos que to­dos los an­he­los de ver­dad y de vida, de jus­ti­cia, de amor y de paz que hay en el co­ra­zón del hom­bre, se ha­rán reali­dad cuan­do el Se­ñor vuel­va en glo­ria y ma­jes­tad. Las per­so­nas, que po­de­mos im­pe­dir la rea­li­za­ción del de­sig­nio de amor de Dios en cada uno de no­so­tros per­so­nal­men­te si re­cha­za­mos to­tal­men­te ese amor, no po­dre­mos im­pe­dir que el plan de sal­va­ción so­bre la his­to­ria y el mun­do lle­gue a su meta.

Con la per­so­na, las ac­cio­nes y las pa­la­bras de Je­sús, es­pe­cial­men­te con su muer­te y re­su­rrec­ción, se sem­bró la pri­me­ra se­mi­lla del Reino de Dios en nues­tro mun­do. La Igle­sia, obe­de­cien­do a su Fun­da­dor, está para con­ti­nuar es­par­cien­do esa se­mi­lla. Para po­der rea­li­zar esta mi­sión no ha re­ci­bi­do de Cris­to ni ar­mas, ni ri­que­za ni po­der, por­que ni la fuer­za ni el mie­do son el ca­mino para que ese Reino crez­ca en­tre no­so­tros. Los ins­tru­men­tos para esta mi­sión son otros: la Pa­la­bra del Evan­ge­lio, la gra­cia de los sa­cra­men­tos por los que lle­ga al co­ra­zón de los hom­bres la vida nue­va del Re­su­ci­ta­do, y el man­da­mien­to de dar tes­ti­mo­nio del amor de Dios en el ser­vi­cio a los más po­bres y ne­ce­si­ta­dos.

El tex­to evan­gé­li­co que se pro­cla­ma este año, que es la gran pa­rá­bo­la del jui­cio fi­nal, nos re­cuer­da que en­tra­rán en el Reino de Dios aque­llos que ha­yan prac­ti­ca­do las obras de mi­se­ri­cor­dia. En esta pa­rá­bo­la el Se­ñor nos está in­di­can­do tam­bién cómo y cuán­do se hace pre­sen­te el Reino en nues­tro mun­do: cuan­do da­mos de co­mer o be­ber al ham­brien­to y al se­dien­to; cuan­do vi­si­ta­mos a los en­fer­mos y a los pre­sos; cuan­do ves­ti­mos al des­nu­do y hos­pe­da­mos al sin te­cho.
Tal vez po­de­mos pen­sar que esta mi­sión es en el fon­do una ilu­sión, por­que cuan­do mi­ra­mos la reali­dad de nues­tro mun­do dos mil años des­pués de Cris­to te­ne­mos la im­pre­sión de que nada ha cam­bia­do: las in­jus­ti­cias, la vio­len­cia, la men­ti­ra, el ham­bre, las gue­rras… con­ti­núan en­tre no­so­tros. Tam­bién po­de­mos pen­sar que es­tos ins­tru­men­tos son in­efi­ca­ces y no sir­ven para nada: ¿No vi­vi­mos en un mun­do en el que quie­nes tie­nen po­der, in­fluen­cia, di­ne­ro o pres­ti­gio son ad­mi­ra­dos, es­cu­cha­dos y aca­ban con­si­guien­do lo que se pro­po­nen? Ante esta si­tua­ción ¿vale la pena se­guir cre­yen­do en esta uto­pía?
Sin em­bar­go, cuan­do con­tem­pla­mos la his­to­ria de la Igle­sia y ve­mos la gran can­ti­dad de san­tos que se han to­ma­do en se­rio esta pa­la­bra del Evan­ge­lio, des­cu­bri­mos que el paso de Je­sús por la his­to­ria de la hu­ma­ni­dad no ha sido inú­til; que gra­cias a los ver­da­de­ros dis­cí­pu­los su Reino está más pre­sen­te de lo que apa­ren­te­men­te se ve; que por ellos nues­tro mun­do es mu­cho me­jor de lo que se­ría si no hu­bie­ran vi­vi­do; y que vale la pena se­guir tra­ba­jan­do para que la hu­ma­ni­dad lle­gue a la meta que Dios le ha pre­pa­ra­do.
Con mi ben­di­ción y afec­to,
+ En­ri­que Be­na­vent Vidal
Obis­po de Tor­to­sa


miércoles, 22 de noviembre de 2017

En­con­tró en “casa”, el amor que men­di­ga­ba fue­ra


«Un ar­tis­ta le dijo a su es­po­sa, me voy de casa por­que quie­ro ins­pi­rar­me para pin­tar la obra maes­tra de mi vida. A los po­cos días se en­con­tró con una mu­cha­cha ra­dian­te el día de su boda: ¿qué es lo más her­mo­so para ti?, le pre­gun­tó emo­cio­na­do. El amor, con­tes­tó la jo­ven enamo­ra­da sin ti­tu­bear. Pero, ¿cómo pin­tar el amor? Lue­go se tro­pe­zó con un sol­da­do: ¿qué es lo me­jor para ti? La paz. Pero, ¿cómo pin­tar la paz? Más tar­de con­ver­só con un sa­cer­do­te: ¿qué es lo prin­ci­pal para ti? La fe. Pero, ¿cómo pin­tar la fe? Can­sa­do y de­cep­cio­na­do vol­vió a casa. Su es­po­sa lo abra­zó con tan­ta ter­nu­ra que ha­lló el amor y la paz de la que le ha­bían ha­bla­do la no­via y el sol­da­do. Y en los ojos de sus hi­jos, cuan­do lo cu­brían de be­sos, des­cu­brió la fe de la que le ha­bía ha­bla­do el sa­cer­do­te. Fue en su pro­pia casa don­de en­con­tró la ins­pi­ra­ción que an­da­ba bus­can­do fue­ra».

Vuel­ve a casa! ¡Te que­re­mos! ¡Te an­da­mos bus­can­do! ¡Te aguar­da­mos!… son «ex­cla­ma­cio­nes», «gri­tos» que mi cohe­ren­cia de vida de­be­ría ofre­cer a cada uno de mis her­ma­nos que, por ra­zo­nes di­ver­sas, un día aban­do­na­ron la «casa pa­ter­na» en bus­ca del ca­ri­ño, de la cer­ca­nía, del tes­ti­mo­nio, que al­gu­nos no le su­pi­mos ofre­cer cuan­do es­ta­ban en casa.

‘SIN TI nun­ca lle­ga­re­mos a ser esa ÚNICA Y GRAN FA­MI­LIA que Dios sue­ña’. Ni po­dre­mos re­co­brar en su ho­gar (la Igle­sia) el AMOR que, a ve­ces, men­di­ga­mos fue­ra. ¿No os re­sul­ta pa­ra­dó­ji­co que nos pa­se­mos la vida bus­can­do ami­gos, de­man­dan­do afec­to, men­di­gan­do re­co­no­ci­mien­to, pres­ti­gio, po­der… y, sin em­bar­go, lo que más nos cues­ta es de­jar­nos que­rer? Cier­ta­men­te, lo más di­fí­cil es de­jar­se abra­zar por Dios («mi Pa­dre del cie­lo»), sin­tien­do su ter­nu­ra, su ca­ri­ño, su mi­se­ri­cor­dia… a tra­vés de mis otros her­ma­nos. Nos cues­ta acep­tar que, aun­que uno haya mar­cha­do de casa, en «la mesa de la fra­ter­ni­dad», cada día, está pues­to tu pla­to es­pe­ran­do tu re­gre­so. Pero lo más sor­pren­den­te es des­cu­brir que nues­tra ver­da­de­ra vo­ca­ción en esta tie­rra es la de ha­cer de PA­DRE-MA­DRE, es de­cir, aco­ger a to­dos en casa sin pe­dir­les ex­pli­ca­cio­nes y sin exi­gir­les nada a cam­bio. Ser pa­dres, con en­tra­ñas de ma­dres, ca­pa­ces de re­cla­mar para sí la úni­ca au­to­ri­dad po­si­ble, la com­pa­sión.
Las ci­fras de esa nube in­gen­te de per­so­nas vo­lun­ta­rias que in­vier­ten mi­les de ho­ras al ser­vi­cio de los de­más, es­pe­cial­men­te de los que la so­cie­dad ex­clu­ye, (ani­ma­do­res de la co­mu­ni­dad, ca­te­quis­tas, agen­tes de pas­to­ral, vo­lun­ta­rios de Cá­ri­tas, de Ma­nos Uni­das o de Mi­sio­nes, vi­si­ta­do­res de en­fer­mos o an­cia­nos, mi­nis­tros ex­tra­or­di­na­rios de la co­mu­nión, mai­ra­le­sas, equi­po de li­tur­gia, etc.), son la me­jor ex­pre­sión de que la Igle­sia es tu ma­dre. Ade­más de la sig­ni­fi­ca­ti­va apor­ta­ción eco­nó­mi­ca que en­tre unos y otros se con­si­gue para aten­der ma­te­rial­men­te a los po­bres, sos­te­ner la in­fra­es­truc­tu­ra ecle­sial y a to­dos los evan­ge­li­za­do­res que pro­pa­gan la bue­na no­ti­cia de la ter­nu­ra de Dios en la hu­ma­ni­dad como ex­pre­sión inequí­vo­ca de su ma­ter­ni­dad.
En nues­tra Dió­ce­sis, como ha­bréis po­di­do ver por los fo­lle­tos que se han dis­tri­bui­do, la ma­yor par­ti­da de gas­tos or­di­na­rios se des­ti­na a pro­gra­mas so­li­da­rios (1.936.258,78€), so­bre todo a Cá­ri­tas, Ma­nos Uni­das y Mi­sio­nes. Nos ale­gra que mu­chas per­so­nas, a la hora de le­gar su pa­tri­mo­nio o de ha­cer sus do­na­ti­vos so­li­da­rios, pien­sen en la Igle­sia no sólo por­que el nue­vo ré­gi­men fis­cal de des­gra­va­ción sea más fa­vo­ra­ble tan­to para las per­so­nas fí­si­cas como ju­rí­di­cas (em­pre­sas) sino por­que casi en su to­ta­li­dad lle­ga a los des­ti­na­ta­rios y al mis­mo tiem­po cun­de el do­ble. Gra­cias en nom­bre de tan­tos po­bres anó­ni­mos a los que se atien­de en la Igle­sia y que ja­más po­drán ex­pre­sa­ros per­so­nal­men­te su gra­ti­tud. Ade­más, aho­ra, para ma­yor co­mo­di­dad, po­dréis ha­cer­lo sin mo­ve­ros de casa, a tra­vés de la pá­gi­na web, cli­clan­do en la pes­ta­ña: www.do­noa­mii­gle­sia.es.

CON­TI­GO, aun­que te creas in­sig­ni­fi­can­te, LO SE­RE­MOS (esa gran fa­mi­lia). Im­plí­ca­te a fon­do, si es­tás den­tro de su seno. Vuel­ve, si te sien­tes ale­ja­do, y en­ri­qué­ce­nos con tus va­lo­res. Oja­lá lo­gre­mos de­vol­ver la dig­ni­dad que Dios otor­gó a to­das las per­so­nas y ha­ga­mos flo­re­cer un mun­do más li­bre, fra­terno y so­li­da­rio. Esto es lo real­men­te au­daz, mo­derno y fas­ci­nan­te: ha­cer de la Igle­sia tu ver­da­de­ro «ho­gar, tu «casa de aco­gi­da» o tu «hos­pi­tal de cam­pa­ña». Haz de tu fa­mi­lia una igle­sia do­més­ti­ca, fuen­te y es­cue­la de fra­ter­ni­dad.
Con mi afec­to y ben­di­ción,
+ Ángel Pé­rez Pue­yo
Obis­po de Bar­bas­tro-Mon­zón


lunes, 20 de noviembre de 2017

De la Reina de las Misiones



La Virgen Santísima es la Reina de las Misiones. La Iglesia lo enseña claramente. Ahora bien, veamos algunos textos donde los Papas invocan la intercesión de la Virgen sobre las Misiones o se refieren a la importantísima realidad de la acción de la Madre de Dios en orden a la conversión de los pueblos que aun ignoran a su bendito Hijo.
S.S. Benedicto XV, en su célebre documento misional “Maximum Illud” (n° 113) ruega a la Virgen Santísima que secunde los anhelos apostólicos de todos los Misioneros; la llama con el bello título de “excelsa Madre de Dios y Reina de los Apóstoles” y le suplica que impetre “la difusión del Espíritu Santo sobre los pregoneros de la fe”

S.S. Pío XI, en su encíclica “Rerum Ecclesiae” (n° 135), invocando a la Virgen bajo su advocación de “Reina de los Apóstoles” le ruega que “se digne mirar con complacencia” los esfuerzos de la Catolicidad por evangelizar los pueblos que aun ignoran al divino Redentor y, acto seguido, el mismo Pontífice, luego de recordar que la Virgen Sacrosanta es Madre “de todos los hombres”, enseña otra verdad muy consoladora: nuestra Madre Celestial intercede no menos por los paganos que por los católicos. Es provechoso, entonces, reproducir las palabras exactas usadas por Su Santidad: “Ella, habiendo recibido en el Calvario a todos los hombres por hijos suyos, intercede no menos por los que aún ignoran haber sido redimidos por Cristo Jesús que por los que gozan ya felizmente del beneficio de la Redención”

S.S. San Juan XXIII en su Exhortación Misional “Princeps Pastorum” (n° 25) invocaba con “toda el alma sobre las Misiones Católicas” de un modo muy especial la intercesión de la Virgen Santísima y se dirige a Ella llamándola “Reina de las Misiones”. El mismo Papa Santo, en este documento, le suplica a la Virgen que Ella “encienda y multiplique el celo misionero” en todos los propagadores de la Santa Fe Católica.

El Venerable Papa Pío XII, en su gran Encíclica Misional “Fidei Donum” (n° 19), invocaba, de un modo especial, sobre las misiones católicas el patrocinio de la Virgen Santísima, a la vez que subrayaba que la intercesión de la Madre de Dios es “poderosa y materna”. El mismo Papa, en el citado pasaje, se dirigía a Ella bajo su título de “Reina de los Apóstoles”
La misma letra del Concilio Vaticano II° y, más específicamente del decreto conciliar dedicado enteramente a las Misiones Ad Gentes, contiene una concisa prez en la que se suplica a la Reina de los Apóstoles la gracia de que los gentiles sean atraídos “cuanto antes al conocimiento de la verdad (Cf. 1 Tim., 2,4)” y de que “la claridad de Dios que resplandece en el rostro de Cristo Jesús, brille para todos por el Espíritu Santo (Cf. 2 Cor., 4,6)”. Es decir, el Concilio Vaticano II contiene una confiada petición a la Virgen Santísima en la que se le suplica la gracia de la conversión de los gentiles y en la que, a su vez, se le pide que esta conversión sea “cuanto antes”

Unidos a la filial prez de los Padres Conciliares, suplicamos a la Reina de las Misiones, la gracia de la conversión de los pueblos gentiles y que esta conversión tenga lugar lo antes posible.

P. Federico, misionero en la meseta tibetana

domingo, 19 de noviembre de 2017

Miedo a morir

     



Es tan natural como corriente desde los principios. Pero qué “extraño y raro” de aceptar para los que vivimos. Sí, el miedo a la muerte es real. No es una anestesia, no un coma, no un dormir profundo, es marchar hacia Dios, ¡DIOS!!! 

Tremendo, brutal, bestial, no sé cómo calificarlo. Es lo peor y lo mejor, pero de lo que nadie quiere hablar.

A Dios le doy gracias por vivir un día más, pero también he de pedir por no asustarme de mi muerte. ¿Dolor?, ¿pena?, ¿angustia?, ¿ansiedad?, ¿agonía?, ¿terror?, pues sí, todo eso junto es morir y sin embargo hasta un niño lo sufre, miles de seres  cada día… ¡Eva, nos hiciste la pascua, querida!!!

¡Dios mío! Revélame tranquilidad, que mis hijos no sufran, que el día que me vaya se dibuje en mí rostro una sonrisa que pueda decir al mundo que tengo ganas de verte.

-¡Espera, espera, espera, no es como tú lo piensas, en absoluto! Lo que duele es la enfermedad, y vivir en esas circunstancias, es la pena; la ansiedad y la angustia son mucho antes del tránsito, porque después hasta el terror desaparece convirtiéndose en una  paz misteriosa. Reconoces que tu mundo es otro y entonces, te  apartas con vida de tu “piel” y ya no quieres volver, todo es extraordinario, único. El alma ni se duerme ni pierde el sentido.

-Desde “de dónde vengo” te cubriremos con mucho más amor del que tú nos ofreciste, pues todo se multiplica “70 veces 7”…  

 ¡Ufff, genial Dios, me quedo mucho más tranquila!!!  


Emma Diez Lobo

sábado, 18 de noviembre de 2017

¿”Vi­ves o ve­ge­tas”?


¿Qué es­tás ha­cien­do con tu vida? Des­en­mas­ca­ra los «tó­pi­cos» que pue­den des­hu­ma­ni­zar­te. No te de­jes en­ga­ñar. Sé sin­ce­ro, al me­nos con­ti­go mis­mo: ¿«vi­ves» o «ve­ge­tas»?, ¿«cue­ces» o «en­ri­que­ces»?, ¿«ar­des» o «te que­mas»?
Hoy el Se­ñor te ayu­da a des­cu­brir los «ta­len­tos» con que te ador­nó.

Te in­vi­ta a ha­cer­los fruc­ti­fi­car. No de­jes que te ven­dan bie­nes­tar por fe­li­ci­dad. El bie­nes­tar es la ex­ci­ta­ción emo­cio­nal que te ofre­cen fu­gaz­men­te las co­sas al sa­tis­fa­cer tus de­seos o ne­ce­si­da­des. La fe­li­ci­dad, en cam­bio, emer­ge de tu in­te­rior. No es fru­to de algo con­cre­to sino la con­vic­ción de sa­ber­se ama­do y sos­te­ni­do por Aquel que nos creó. Acon­te­ce como un DON, como una GRA­CIA in­me­re­ci­da e ines­pe­ra­da. Como TA­REA, bas­ta aco­ger­la, dis­fru­tar­la y com­par­tir­la con los de­más.

Te brin­do la opor­tu­ni­dad de que seas fe­liz sir­vien­do a los de­más, im­pli­cán­do­te en la trans­for­ma­ción de nues­tra Dió­ce­sis… ofre­cién­do­te un modo nue­vo de mi­rar, gus­tar, to­car, oler, es­cu­char, es de­cir, de sa­bo­rear a Dios en todo lo que ha­ces. Dis­fru­tar con hon­du­ra los en­cuen­tros, las mi­ra­das, los ros­tros, la be­lle­za… mi­rar más el lado bueno, po­si­ti­vo y go­zo­so de las per­so­nas y los acon­te­ci­mien­tos… por­que quien tie­ne a Dios en sus la­bios en todo en­con­tra­rá gus­to a Él.
Es lo que la pa­rá­bo­la de los ta­len­tos, en­mar­ca­da den­tro del dis­cur­so es­ca­to­ló­gi­co de Je­sús, pre­ten­de ha­cer­nos des­cu­brir. El Se­ñor tar­da pero su re­gre­so es tan se­gu­ro como im­pre­vi­si­ble. De ahí nues­tra lla­ma­da a la res­pon­sa­bi­li­dad per­so­nal. Las su­mas en­tre­ga­das y las ga­nan­cias ob­te­ni­das son muy con­si­de­ra­bles ya que un ta­len­to equi­va­lía a diez mil de­na­rios, el suel­do de seis mil jor­na­das de tra­ba­jo. Más allá de esto, lo que se des­ta­ca es la pro­duc­ti­vi­dad de los dos pri­me­ros sier­vos. El ter­ce­ro, en cam­bio, tra­ta de con­ser­var, a buen re­cau­do un de­pó­si­to que con­si­de­ra­ba ce­rra­do. Ac­túa con apa­ren­te ho­nes­ti­dad. No mal­gas­ta su ta­len­to. No hace nada malo… sin em­bar­go es re­pro­ba­do por su pa­si­vi­dad. Esta so­cie­dad del bie­nes­tar ha lo­gra­do anes­te­siar nues­tros pe­ca­dos de omi­sión. El abs­ten­cio­nis­mo y la apa­tía, la pe­re­za y la co­mo­di­dad, el egoís­mo y el mie­do al qué di­rán son fru­to de una psi­co­sis de se­gu­ri­dad co­lec­ti­va. Dios nos pide hoy una fi­de­li­dad pro­duc­ti­va, de lo con­tra­rio, tam­bién que­da­re­mos des­ca­li­fi­ca­dos.
Los ta­len­tos que re­ci­bi­mos por par­te de Dios son, en pri­mer lu­gar, las ri­que­zas de su Reino, es de­cir, la sal­va­ción, la fe, su amor, su amis­tad (la vida de Gra­cia)… En se­gun­do lu­gar, los do­nes na­tu­ra­les como la vida y la sa­lud, la in­te­li­gen­cia y la vo­lun­tad, la fa­mi­lia y la edu­ca­ción… La fe, sin em­bar­go, es el gran ta­len­to que re­su­me to­dos los de­más.
Es­tos ta­len­tos no son para uso pri­va­do y ex­clu­si­vo. Dios no nos ha crea­do como «flo­re­ros». Tam­po­co nos ha cons­ti­tui­do en pro­pie­ta­rios, tan solo en ad­mi­nis­tra­do­res. Nues­tro di­le­ma in­sos­la­ya­ble es ex­plo­tar­los al ser­vi­cio de Dios y de los her­ma­nos o bien en­te­rrar­los para no com­pli­car­nos más la vida ni ser ta­cha­dos como re­tró­gra­dos.
¡Cuán­tos hom­bres y mu­je­res vi­ven ins­ta­la­dos, de­silu­sio­na­dos o fo­si­li­za­dos como el em­plea­do ha­ra­gán que efec­ti­va­men­te no mal­gas­ta su ta­len­to pero lo en­tie­rra, con­ten­tán­do­se con man­te­ner­lo in­tac­to e in­fe­cun­do! Los dos pri­me­ros fue­ron elo­gia­dos por la leal­tad con la que se hi­cie­ron car­go de lo “poco”. El ter­ce­ro, ade­más de acu­sar al due­ño, con­fie­sa que ha sido el te­mor lo que le ha ins­pi­ra­do su ma­ne­ra de ac­tuar. El Se­ñor, que no le re­pro­cha sus pa­la­bras in­jus­tas, des­en­mas­ca­ra sin em­bar­go su pa­si­vi­dad, su in­do­len­cia y su pe­re­za. No ha que­ri­do co­rrer ries­gos. Al fi­nal, se des­ve­lan las mo­ti­va­cio­nes reales de cada uno.
Lo que se exi­ge siem­pre es “poco” en com­pa­ra­ción con lo mu­cho que se ha re­ci­bi­do. El di­ver­so com­por­ta­mien­to re­fle­ja las dis­tin­tas ma­ne­ras que cada uno tie­ne de en­fo­car la vida y la fe. Los hay que cons­cien­tes de lo mu­cho que han re­ci­bi­do por par­te de Dios lo po­nen todo al co­mún, al ser­vi­cio de su Pro­yec­to sal­ví­fi­co. Otros, en cam­bio, vi­ven con mie­do, sin­tién­do­se ate­na­za­dos por el qué di­rán  y lo­gran en­te­rrar to­das sus po­ten­cia­li­da­des.
Lo im­por­tan­te no es la can­ti­dad que cada uno pro­duz­ca sino si res­pon­de al tan­to por cien­to de sus pro­pias ca­pa­ci­da­des, ac­ti­tu­des o ap­ti­tu­des. Dios no exi­ge sin an­tes ha­ber­nos dado con abun­dan­cia. Per­so­nal­men­te lo que más me con­mue­ve es la con­fian­za que el Se­ñor ha de­po­si­ta­do en no­so­tros. Él nos im­pul­sa a apro­ve­char cada día que si­ga­mos «en­gan­cha­dos» a lo suyo.
Gra­cias, Se­ñor, por­que con­fias­te en no­so­tros, en­tre­gán­do­nos los ta­len­tos y la res­pon­sa­bi­li­dad de tu Reino. Gra­cias, Se­ñor, por­que des­en­mas­ca­ras­te nues­tra me­dio­cri­dad y nos hi­cis­te des­cu­brir nues­tros pe­ca­dos de omi­sión. Ayú­da­nos, Se­ñor, a re­di­tuar nues­tros ta­len­tos para ser­vir me­jor a los de­más.
Con mi afec­to y ben­di­ción,
+ Ángel Pé­rez Pue­yo
Obis­po de Bar­bas­tro-Mon­zón


XXXIII Domingo del Tiempo Ordinario






Vigilar es cooperar con el don recibido

Igual que el domingo pasado, las lecturas de este domingo subrayan el tema de la espera vigilante, como aparece en la segunda lectura y el evangelio.

La segunda lectura presenta la espera como un vivir en la luz, es decir, a la luz de Cristo, que ilumina y da vida, para evitar que su venida nos sorprenda por sorpresa, en la noche, no preparados.

La parábola de los talentos ofrece un caso que ayuda a concretar mejor lo que significa este tiempo. Para Jesús la historia de cada persona se divide en tres partes, una pasada, otra presente, otra futura.

El pasado es el tiempo en que el amo da a cada uno una tarea específica y diferente, según su capacidad. Se refiere al tiempo de nuestra incorporación a la comunidad, en la que todos somos miembros de una gran familia, todos siervos del amo, pero cada uno recibe carismas diversos al servicio de la comunidad, todos de ellos de valor. Un talento, moneda antigua, equivaldría hoy día a 300.000 €, 2 = 600.000 € y 5 = millón y medio de €. Todas las cantidades son grandes. En el pensamiento de Mateo se refieren a la gran herencia que Cristo resucitado nos ha dejado a sus siervos en la Iglesia para hacerla fructificar hasta que él venga en su parusía. La cantidad recibida por cada uno es diferente, porque el amo conoce a cada uno y le da según su capacidad, es decir, cada uno es capaz de hacer rendir la cantidad entregada, pues Dios no pide a nadie lo que no puede hacer (cf. 1 Cor 12, 7.11: A cada cual se le otorga la manifestación del Espíritu para provecho común..., Pero todas estas cosas las obra un mismo y único Espíritu, distribuyéndolas a cada uno en particular según su voluntad).

La parábola subraya el presente como tiempo en que tenemos que colaborar con el don recibido y hacer que fructifique. Es el tiempo de la responsabilidad, es decir, del que tenemos que responder y dar cuenta. Lo recibido no es nuestro, es gracia¸ es un don ganado por Jesús en su muerte y resurrección, y hay que dar cuenta de él.  Esto implica comprometerse por el Reino de Dios, asumiendo los riesgos propios de una vida cristiana comprometida.

El futuro es el tiempo en que debemos dar cuenta. Los dos primeros han colaborado. Coinciden los dos en que han doblado la cantidad recibida; si el primero ha obtenido más es porque ha recibido más, pero ambos se han comprometido a fondo según sus diferentes posibilidades. Por eso el juicio del amo es el mismo para ambos e igualmente recibirán el mismo premio: han sido fieles en lo poco, es decir, han sabido colaborar en la tarea encomendada en este mundo, que en relación con el futuro es “poco”; por eso son dignos de entrar en el gozo de su Señor, compartiendo la alegría divina. En cambio, el que recibió un solo talento no quiso arriesgarse y optó por enterrar la cantidad recibida (era costumbre de la época para poner a salvo el dinero de ladrones). Motiva su comportamiento en que conoce la “avaricia” del amo, que no permite que se malogren sus bienes; el amo lo reprende precisamente por eso, porque conoce la avaricia y debía haber sacado otra consecuencia: el amo no se contenta con conservar, sino que quiere que se aumente su dinero, como hicieron los otros. Por eso manda que se le quite ese dinero.  Jesús ha entregado su vida para conseguir el tesoro de la salvación y no permite que se mantenga inactivo el tesoro que tanto le ha costado cf 2 Cor 5,12: El amor de Cristo nos empuja, sabiendo que uno ha muerto por todos...

La moraleja final explica que en la vida cristiana no es posible la estabilidad en un punto concreto: o se sube o se baja. Todos hemos recibido carismas, con los que tenemos que crecer, si colaboramos con ellos, o vamos decreciendo en caso contrario hasta llegar a quedarnos sin nada, fuera del “gozo del Señor”.

La Eucaristía es un adelanto del gozo del Señor, en que agradecemos los dones recibidos y la confianza que ha puesto en nosotros el Señor y pedimos ayuda y alimento para vigilar, cooperando en el trabajo del Reino de Dios.


         Dr. Antonio Rodríguez Carmona


viernes, 17 de noviembre de 2017

No ame­mos de pa­la­bra, sino con he­chos”



Os ani­mo a lo vivo a ce­le­brar la Jor­na­da Mun­dial de los Po­bres  que el Papa con­vo­có para el 19 de no­viem­bre pró­xi­mo con el lema: “No ame­mos de pa­la­bra, sino con he­chos”. No ol­vi­de­mos que Je­sús nos dijo: “amaos tam­bién unos a otros, como yo os amé” (Xn 13,34), “tra­tad a la gen­te en todo con­for­me que­réis que os tra­ten a vo­so­tros”· (Mt 7,12), “quien quie­ra ser im­por­tan­te, que sir­va a los de­más” (Mt 20,26). Amar a Dios y al pró­xi­mo lle­va gas­tar nues­tra vida al ser­vi­cio de los de­más. El flu­jo de ter­nu­ra, amor y com­pa­sión ha de re­co­rrer las ar­te­rias del cuer­po cris­tiano para que su co­ra­zón no en­ve­jez­ca, evi­tan­do el co­les­te­rol de nues­tro egoís­mo. En esta cla­ve los di­cen el Papa: “Al fi­nal del Ju­bi­leo de la Com­pa­sión qui­se ofre­cer a la Igle­sia a Jor­na­da Mun­dial de los Po­bres, para que en todo el mun­do las co­mu­ni­da­des cris­tia­nas se con­vier­tan cada vez más y me­jor en signo con­cre­to del amor de Cris­to por los úl­ti­mos y los más ne­ce­si­ta­dos”.

Ob­je­ti­vo de la Jor­na­da

El ob­je­ti­vo de esta jor­na­da se­gun­do el men­sa­je pa­pal es es­ti­mu­lar a los cre­yen­tes para que reac­cio­nen ante la cul­tu­ra del des­car­te y del mal­gas­te” y lo­grar que “las co­mu­ni­da­des cris­tia­nas se con­vier­tan cada vez más y me­jor en signo con­cre­to del amor de Cris­to por los úl­ti­mos”, sien­do ne­ce­sa­rio “or­ga­ni­zar mo­men­tos de en­cuen­tro y de amis­tad, de so­li­da­ri­dad y de ayu­da con­cre­ta”, así como de ora­ción co­mún. La fra­ter­ni­dad y la so­li­da­ri­dad han de ser el re­fe­ren­te del cris­tiano, sa­bien­do que el hilo que ha de ver­te­brar el ta­piz de nues­tra his­to­ria ecle­sial es la ca­ri­dad. Evan­ge­li­za­mos cuan­do ama­mos.
En los po­bres he­mos de re­co­no­cer a Je­sús y ser­vir­le en ellos. El Papa con­si­de­ra que no es tan­to ha­cer una co­lec­ta más, tan ne­ce­sa­ria por otra par­te para vi­vir la fra­ter­ni­dad en la co­mu­nión, sino po­ner a los po­bres como re­fe­ren­cia de nues­tras co­mu­ni­da­des pa­rro­quia­les y co­mu­ni­dad dio­ce­sa­na en el nú­cleo de nues­tra vida. Nues­tra preo­cu­pa­ción debe ser dar res­pues­ta a los po­bres más allá de diag­nós­ti­cos y es­ta­dís­ti­cas, fi­ján­do­nos en las per­so­nas con­cre­tas y sa­lien­do a su en­cuen­tro. Mu­chas ve­ces da­mos la im­pre­sión de que nues­tros po­bres vi­ven en esa hora vein­ti­cin­co que nun­ca mar­ca­rá el re­loj de nues­tra vida, y por eso se les arrin­co­na en el lado os­cu­ro del des­car­te. Pero es ahí don­de los se­gui­do­res de Je­sús he­mos de si­tuar­nos para des­cu­brir que todo es­pa­cio y todo tiem­po son pro­pi­cios para en­con­trar­nos con ellos. “La so­li­da­ri­dad fra­ter­na con los más po­bres les da cre­di­bi­li­dad a las tes­ti­gos de Cris­to pero es ade­más el cli­ma, el am­bien­te, el con­tex­to ne­ce­sa­rio para que lle­ve­mos ade­lan­te nues­tra mi­sión”, los re­fie­ren el Papa.
Ne­ce­si­ta­mos ima­gi­na­ción y crea­ti­vi­dad con ges­tos sen­ci­llos y hu­mil­des a tra­vés de los cua­les no sólo se per­ci­ba que va­mos al en­cuen­tro de los po­bres sino que es­tos es­tán en­tre no­so­tros y con no­so­tros. Esto ha de ma­ni­fes­tar­se en nues­tras co­mu­ni­da­des pa­rro­quia­les y en nues­tra Ca­ri­tas Dio­ce­sa­na, sien­do este el signo y tes­ti­mo­nio de una Igle­sia en sa­li­da, sa­ma­ri­ta­na y mi­sio­ne­ra. La his­to­ria de la Igle­sia se con­fi­gu­ra cómo una his­to­ria de ca­ri­dad don­de los acui­ta­dos por cual­quie­ra cau­sa en­cuen­tran res­pues­ta a sus gri­tos de au­xi­lio. En esta his­to­ria son in­nu­me­ra­bles los tes­ti­mo­nios a los que po­dría­mos re­fe­rir­nos. Así el Papa los di­cen que son siem­pre ac­tua­les las pa­la­bras del san­to Obis­po Cri­sós­to­mo: “Se que­réis hon­rar el cuer­po de Cris­to, no lo des­pre­ciéis cuan­do está des­nu­do; no hon­réis al Cris­to eu­ca­rís­ti­co con or­na­men­tos de seda, mien­tras que ha­bía sido del tem­plo des­cui­dáis a ese otro Cris­to que su­fre por frío y des­nu­dez” (Hom. in Matt­haeum, 50,3: PG 58). Ante esto no nos sir­ve ni la pa­si­vi­dad ni la re­sig­na­ción. Sólo el es­pí­ri­tu de po­bre­za los ayu­dan a va­lo­rar en su jus­ta me­di­da los bie­nes ma­te­ria­les y a man­te­ner esos víncu­los afec­ti­vos que se mues­tran en el des­pren­di­mien­to a fa­vor de los ne­ce­si­ta­dos. “A los po­bres siem­pre los te­néis con vo­so­tros” (Mt 26,11), dijo Je­sús, sien­do esto un re­cur­so al cual acu­dir para aco­ger y vi­vir el Evan­ge­lio.
Pe­ti­ción del Papa
El Papa en su men­sa­je los pi­den “que las co­mu­ni­da­des cris­tia­nas, en la se­ma­na an­te­rior a la Jor­na­da Mun­dial de los Po­bres, se com­pro­me­tan a or­ga­ni­zar di­ver­sos mo­men­tos de en­cuen­tro y de amis­tad, de so­li­da­ri­dad y de ayu­da con­cre­ta. Po­drán in­vi­tar los po­bres y los vo­lun­ta­rios para par­ti­ci­par jun­tos en la Eu­ca­ris­tía die­ra do­min­go… En ese do­min­go, si en nuestro vecindario vi­ven po­bres que so­li­ci­tan pro­tec­ción y ayu­da, nos acer­que­mos a ellos: será el mo­men­to pro­pi­cio para en­con­trar al Dios que bus­ca­mos. De acuer­do con la en­se­ñan­za de la Es­cri­tu­ra (cf. Xn 18, 3-5; Hb 13,2), los sen­te­mos a nues­tra mesa como in­vi­ta­dos de hon­ra; po­drán ser maes­tros que nos ayu­den a vi­vir la fe de ma­ne­ra más cohe­ren­te”. Hay mu­chas per­so­nas po­bres en nues­tra so­cie­dad pero na­die es tan rico que no ne­ce­si­te algo de los de­más.
Os sa­lu­do con afec­to y ben­di­ce en el Se­ñor,
+ Ju­lián Ba­rrio Ba­rrio,
Ar­zo­bis­po de San­tia­go de Com­pos­te­la


jueves, 16 de noviembre de 2017

Optimismo pastoral



El Se­ñor nos re­cuer­da en el Evan­ge­lio que quie­nes quie­ran ser dis­cí­pu­los su­yos han de es­tar dis­pues­tos a asu­mir la cruz de cada día y se­guir­le. Esto quie­re de­cir que el au­tén­ti­co dis­cí­pu­lo de Je­su­cris­to tie­ne que car­gar, cada día, con la cruz de los pro­pios pe­ca­dos e in­con­gruen­cias, con la cruz de la in­com­pren­sión y del des­pre­cio de sus se­me­jan­tes, con la cruz de las pro­pias de­bi­li­da­des y fla­que­zas.

Sin asu­mir go­zo­sa­men­te la cruz no pude ha­ber au­tén­ti­ca evan­ge­li­za­ción, pues el evan­ge­li­za­dor debe afron­tar en cada ins­tan­te la lu­cha en­tre la fe y la in­cre­du­li­dad. Nun­ca, pero me­nos en es­tos mo­men­tos, po­de­mos es­pe­rar una si­tua­ción ideal para evan­ge­li­zar. Quie­nes quie­ran vi­vir como hi­jos de Dios en este ins­tan­te de­ben es­tar pre­pa­ra­dos in­te­rior­men­te para asu­mir cada día más di­fi­cul­ta­des.

Por eso, al pen­sar en el fu­tu­ro de la fe y de la hu­ma­ni­dad, he­mos de te­ner muy pre­sen­te que la fuer­za del Es­pí­ri­tu y la ac­ción cons­tan­te de la gra­cia nos pre­ce­den y acom­pa­ñan siem­pre en la vida cris­tia­na y en la mi­sión de la Igle­sia. Ne­gar a Dios o re­le­gar­lo a un se­gun­do plano, nos lle­va­ría a en­tre­gar­nos a la irra­cio­na­li­dad y al sin sen­ti­do. Es más, el re­co­no­ci­mien­to del error, del mal y del pe­ca­do pue­de ser tam­bién un ca­mino para em­pren­der la vuel­ta a Dios, como le su­ce­dió al hijo pró­di­go.

Pase lo que pase, los cris­tia­nos no po­de­mos ser pe­si­mis­tas ante el fu­tu­ro. La nue­va evan­ge­li­za­ción no va a pro­du­cir gran­des fru­tos en poco tiem­po. Por tan­to, de­be­mos sem­brar con ale­gría el grano de mos­ta­za, asu­mien­do que éste sólo pue­de con­ver­tir­se en un ár­bol fron­do­so si an­tes nace y cre­ce. Los pri­me­ros cris­tia­nos eran po­cos, pero con­tri­bu­ye­ron efi­caz­men­te al cre­ci­mien­to de la Igle­sia, por­que se fia­ron de Dios y mos­tra­ron su amor in­con­di­cio­nal a los her­ma­nos.
En oca­sio­nes, ex­pe­ri­men­ta­mos te­mor al com­pro­bar que los cre­yen­tes con­ven­ci­dos son po­cos y que, al mis­mo tiem­po, dis­mi­nu­ye el nú­me­ro de cris­tia­nos en Oc­ci­den­te. Pien­so que esta nue­va reali­dad, en vez de an­gus­tiar­nos o des­ani­mar­nos, ten­dría que im­pul­sar­nos a cui­dar la au­ten­ti­ci­dad de la fe de to­dos los bau­ti­za­dos, a fa­vo­re­cer la ex­pe­rien­cia re­li­gio­sa de las fa­mi­lias y a for­ta­le­cer el tes­ti­mo­nio cre­yen­te de los jó­ve­nes.

Ade­más, fren­te al in­di­vi­dua­lis­mo en los com­por­ta­mien­tos re­li­gio­sos, los cris­tia­nos ne­ce­si­ta­mos re­des­cu­brir la im­por­tan­cia del aso­cia­cio­nis­mo y del tra­ba­jo en gru­po. No so­mos is­las, sino miem­bros de una Igle­sia pe­re­gri­na que debe ser signo y ex­pre­sión de la co­mu­nión tri­ni­ta­ria en to­das sus ma­ni­fes­ta­cio­nes. La me­jor for­ma de ex­pre­sar esta co­mu­nión y uni­dad en­tre las tres per­so­nas de la San­tí­si­ma Tri­ni­dad debe ser la vi­ven­cia fra­ter­na y el tra­ba­jo evan­ge­li­za­dor des­de la co­mu­nión y la co­rres­pon­sa­bi­li­dad. Que el Se­ñor nos con­ce­da cre­cer en esta di­rec­ción.

Con mi sin­ce­ro afec­to y ben­di­ción, fe­liz día del Se­ñor.

+ Ati­lano Ro­drí­guez,
Obis­po de Si­güen­za-Gua­da­la­ja­ra


miércoles, 15 de noviembre de 2017

Las vírgenes necias y las prudentes.





Según el DRAE “prudente” es el que actúa con moderación y cautela y “necio” es el que no sabe lo que podía o debía saber. De tejas para abajo y antes de entrar en las consideraciones que el evangelio (Mt 25, 1-13) nos pueda inspirar a cada uno, ya la definición del hombre le da un  matiz positivo o negativo a cada término. Llama la atención que la definición de “necio” conlleve una falta de ganas de aprender, esto es, no es que Dios lo haya privado de inteligencia, sino que somos nosotros mismos los que con nuestra apatía hemos dejado de saber lo que debíamos o podíamos. Jesús se apoya en el concepto de sabiduría humana, como tantas otras veces, para exponernos su doctrina; ello nos indica que su enseñanza no está cargada de profundos conceptos filosóficos, sino que está expuesta de forma tan sencilla que cualquier ser humano, por humilde que sea, la comprenda. ¡Qué casualidad! El valor que Dios, en su evangelio da a la sabiduría coincide, por deducción o contraposición, con la definición que acabamos de ver que el propio hombre da a su antónimo “necedad”. Según el evangelio (cf 7, 24-27), la sabiduría consiste en escuchar la palabra de Dios y ponerla en práctica, o sea, que interviene la voluntad humana para practicar lo que Dios nos anuncia.

        Realmente, creo que cada hombre y por tanto cada cristiano tiene una parte de prudente y otra de necio. La cuestión está en qué proporción se entremezcla la una con la otra y qué voluntad o esfuerzo ponemos cada uno para ir disminuyendo esta para aumentar aquella, esto es, poner en práctica la palabra de Dios. Todos hemos recibido nuestra lámpara y el aceite suficiente para mantenerla encendida en tanto no llega el esposo. Es cuestión de estar en tensión y no relajarnos con las sombras de la noche para que no se apague nuestra lámpara y si esto llega a ocurrir, porque nuestra naturaleza es humana y débil, nada más oír la voz que puede ser la propia conciencia, una lectura, un consejo, etc. de que viene el esposo nos pongamos alerta y retomemos prontos y raudos las prácticas y obras correspondientes. Cada uno tenemos nuestra propia lámpara con sus características especiales y únicas, nuestra luz es distinta de las demás, por ello y en consecuencia la luz y el aceite de cada uno no es intercambiable porque solamente yo puedo poner en práctica la palabra de Dios. Dios nos ha encomendado un cometido específico a cada uno y, aunque quisiéramos, no podríamos hacer el del prójimo, cada uno tenemos que hacer nuestras propias obras y así ir pasando el tanto por ciento correspondiente de necedad a prudencia. No se trata de que seamos egoístas, que también, pero no es el caso en esta reflexión y no queramos compartir el aceite, sino que mi marca de aceite es incompatible con la marca de la lámpara del otro, cada uno tenemos que mantener encendida nuestra propia lámpara y nadie podrá hacerlo por nosotros, únicamente nosotros podemos y debemos usar de nuestra moderación y prudencia y únicamente nosotros solos sabemos lo que podemos y debemos hacer.

        En realidad, la enseñanza principal, que aparentemente nos quiere anunciar el fragmento evangélico referido al título, es que hay que estar vigilantes porque no sabemos el día ni la hora. Realmente es lo mismo que  el pensamiento anteriormente expuesto: nuestras obras deben mantener encendidas nuestras lámparas para que cuando llegue el esposo nos coja con la luz encendida y la alcuza al cien por cien.


Pedro José Martínez Caparrós

martes, 14 de noviembre de 2017

Ya sé cómo lo hizo





Creó el firmamento, los elementos químicos, físicos y espirituales; creó los átomos con sus reglas, creó la evolución a su gusto y manera; creó el instinto, el conocimiento y la inteligencia; creó perfectos al hombre, al animal y a la planta, y nos dio a todos de comer gratis…

¡Hopé cuantas cosas! Pero lo más importante, creó la libertad. Él no quería marionetas, quería hijos libres en el amor al prójimo y mira por dónde, que nos tomamos la libertad en sentido contrario…   

Y entonces pensó… ¿Cómo combatir tremenda desviación? Tardó casi una eternidad en tomar la solución después de las Tablas de la Ley. ¡Necesitábamos ayuda urgente contra el ángel caído! Era terrible ver cómo su gran ilusión de tenernos con Él, se desvanecía sin remedio a causa de nuestra libertad.

Dijo: 

-“Voy a presentarme en la tierra en persona naciendo de María”. Y así lo hizo. Nos habló sin parar, nos curó, nos sacó demonios… Todo sin quitarnos un ápice de libertad (creo que se ve claramente); y con mi Pasión me llevaré toda maldad. Mi Misericordia será infinita y siempre que vengan en confesión ante mi representante (in persona Christi Capitis) a pedir perdón, él les perdonará en mi Nombre.

-Quiero abrir el cielo y entregar mi Reino a todo ser humano (no sólo a profetas que elegí), pues no tengo conmigo a ninguno de ellos, y entonces ¿para qué les creé?

Desde los trogloditas, todo había sido hecho para nosotros… Pero lo fastidiamos.

¡Gracias de corazón por venir!  

Emma Díez lobo

lunes, 13 de noviembre de 2017

Como niños


 
Dice el evangelista Mateo (Mt 18, 1-5) que se acercaron los discípulos a Jesús y le preguntaron: “¿Quién es el mayor en el reino de los cielos?” Lo que quiere decir que la respuesta no es en general para todos sus seguidores, ni para los sacerdotes y ancianos, tampoco iba dirigida a los escribas y fariseos; la respuesta fue para el grupo de seguidores y colaboradores más habituales y cercanos. Trasladándolo al mundo actual, diríamos que se lo dice al grupo de cristianos más fieles, a los que quieren seguirle con una entrega algo más especial. La pregunta en sí parece mostrar que sus discípulos no tenían aún las ideas muy claras de lo que Jesús llamaba el reino de los cielos. Da la impresión de que ellos le preguntan por el perfil, como se dice ahora, o curriculum que debe tener el puesto preeminente.

La respuesta para ellos y para nosotros no puede ser más esclarecedora: “En verdad os digo, que si no os convertís y os hacéis como niños, no entraréis en el reino de los cielos. Por tanto el que se haga pequeño como un niño, ese es el más grande en el reino de los cielos”. A bote pronto y como primera reflexión, el Maestro les  y nos dice que en su reino no hay distinciones, allí no habrá escala social, ni jerarquía, pues primero dice que si no os hacéis como niños, no entraréis y seguidamente ese es el más grande en el reino de los cielos. Pues muy claro.  Ya podemos ir cambiando la forma de pensar y enfocar la estrategia en otro sentido. Hay que actuar y vivir de otra manera distinta a la que estamos acostumbrados los adultos, así que empecemos a mentalizarnos.

¿Cómo es un niño? Un ser inocente, sin dobleces, que actúa espontáneamente y sin premeditación, que dice las cosas tal y como las piensa, pero sin maldad, sus palabras y expresiones no tiene doble sentido, no utiliza la metáfora, no te dice una cosa para que tú entiendas que quiere decir otra para no ofenderte, no, simplemente dice lo que quiere decir. Hace preguntas sencillas pero que son difíciles de contestar porque lo vemos tan inocente que no queremos romper ese su mundo, lo que quiere decir que respetamos, valoramos e incluso añoramos ese mundo. Es débil, indefenso e inofensivo. Está a expensas de lo que se quiera hacer con él. No tiene capacidad física para defenderse del superior: padres, maestros y adultos en general a los que respeta profundamente.  Es cariñoso, entregado, pero astuto para conseguir lo que quiere; (cf 10, 16) “Sed, pues, astutos como serpientes y sencillos como palomas”. Traída la cita al contesto que nos ocupa podíamos expresarla de esta otra forma: sed astutos y sencillos como los niños. No es soberbio y cree (tiene fe) sin ningún tipo de dudas en lo que le dicen sus mayores.

Pues ya tenemos nuestra guía cristiana: inocencia, debilidad e indefensión, pacífico, nos debemos interrogar a sí mismos sobre todas las cosas importantes de la vida, amor, humildad y fe. Amoldemos nuestra vida de mayores y acerquémosla a la de un niño si queremos formar parte del reino de los cielos. Pidámosle al Señor sabiduría para transformarnos puesto que no es nada fácil el modelo infantil.

Pedro José Martínez Caparrós


domingo, 12 de noviembre de 2017

«¡No hacen lo que dicen!»



¡Qué novedad! Se ve que esto es un «virus» endémico de la sociedad. En la Palabra de Dios que se proclama este domingo en la eucaristía resuenan unas serias advertencias contra los líderes religiosos del pueblo. El profeta Malaquías denuncia a los sacerdotes que con su enseñanza y comportamiento desviados escandalizan a la gente. Del mismo modo Jesús advierte en el evangelio sobre el mal ejemplo que dan los maestros de la ley y los fariseos con su conducta incoherente. Los acusa de incoherencia y ostentación. Frente al orgullo de clase o al afán de distinguirse, los cristianos debemos cultivar la fraternidad y la capacidad de servicio. No debemos, como nos recuerda el salmo, perseguir grandezas sino vivir en humildad. Tal y como hizo Pablo que no utilizó sus derechos ni su autoridad como apóstol, sino que se entregó totalmente por amor y trabajó como uno más para no tener que ser mantenido por la comunidad.
¿A quién dirige Jesús estas palabras tan duras? A la gente y a sus discípulos, es decir, a la comunidad cristiana, que debe revisarse en profundidad para no caer en los mismos vicios y defectos de sus adversarios. ¿De qué les acusa Jesús? ¿En qué acciones se manifiesta su criticable actitud? Jesús no les niega su legitimidad en lo que enseñan sino en su falta de coherencia porque no hacen lo que dicen. Su hipocresía se manifiesta en su inflexibilidad a la hora de exigir a otros el cumplimiento de las normas y preceptos legales de los que ellos se eximen con mucha facilidad. Más aún, su incoherencia de vida radica en que sus actos no están motivados por el deseo de hacer lo que Dios quiere, sino por el afán de aparentar. Todo ello está calculado para obtener el reconocimiento público de los demás.
El código del honor, en su época, exigía que tuvieran un comportamiento impecable. La presidencia de banquetes públicos y reuniones litúrgicas era otro modo de obtener buena fama y reputación social, ya que los sitios destacados eran reservados siempre en función del rango de las personas.
Aparentar virtud, ciencia y poderío, dominar y humillar a los demás, es el deporte más practicado por algunos. Presumir de títulos que se tienen o se inventan, apuntarse tantos por valía, ideas e iniciativas… pero ¿qué actitudes son las que Jesús propuso a los cristianos?
La segunda parte del pasaje tiene una clara advertencia a la comunidad cristiana para que no caiga en la misma tentación que los escribas y fariseos. En la comunidad no debiera existir competición por títulos y puestos de honor. El ejercicio de diferentes funciones no debe ser ocasión para introducir clases y escalafones. Al contrario, el que quiera aparecer como mayor debe actuar como servidor. La Iglesia es presentada como alternativa, esto es, una fraternidad en la que todos son hermanos y discípulos sin distinciones, reunida como una familia en torno a un solo Padre (Dios) y a su único maestro (el Mesías). Y lo que les hace honorables no son los títulos, o los signos externos de prestigio, sino el ejercicio de la solidaridad fraterna a ejemplo de Jesús.
Esta página evangélica tiene una tremenda vigencia y actualidad. A través de ella Jesús sigue criticando nuestra facilidad para asimilarnos a los valores de la sociedad y nos invita a preguntarnos hasta qué punto vivimos en la Iglesia ese ideal de servicio y fraternidad que él nos plantea.
¿Qué imagen de Dios se refleja? ¿De qué manera determina esa imagen nuestra relación con Él y con los demás? ¿En qué sentido nos interpela nuestra coherencia de vida? ¿Qué nos falta y qué nos sobra como Iglesia para acercarnos más a ese ideal de servicio y fraternidad que Jesús nos propone en el evangelio de hoy?
Concluyo haciendo mía esta plegaria de Basilio Caballero:

«Oh Dios, nuestro Padre y nuestro único Señor,
nosotros somos los que decimos y no hacemos.
Líbranos de la hipocresía y del complejo de superioridad,
porque todos somos hijos tuyos y hermanos en Cristo.
Fortalece con tu gracia a los servidores de tu pueblo,
para que la Palabra que anuncian se haga verdad en ellos.
Mantén en la fe a los más débiles y tentados de abandonar.
Haz que nuestro ejemplo evangélico de amor humilde
y de fraternidad sincera robustezca a los vacilantes,
para que, guiados por tu Espíritu, caminemos juntos
con el corazón ensanchado por el camino de tu verdad».

Con mi afecto y bendición,

Ángel Pérez Pueyo
Obispo de Barbastro-Monzón 


sábado, 11 de noviembre de 2017

XXXII Domingo del Tiempo Ordinario



Vigilar es esperar de forma responsable.

 Los evangelios de los tres últimos domingos del ciclo A presentan diversos aspectos de la vigilancia en la vida cristiana. Hoy en concreto la parábola-alegoría de las vírgenes habla de la vigilancia como un tiempo en que hay que prepararse responsablemente para la venida del Señor. Vivir de cara al futuro esperando al esposo no es desvalorizar el tiempo presente, sino, al contrario, darle toda la importancia que se merece, pues de lo que hagamos en él depende el futuro. 
El texto del evangelio presenta un grupo de doncellas que salen a esperar al esposo desde la casa de la esposa. Se subraya la espera como tarea básica del grupo. Cinco de ellas son necias y cinco sensatas. En qué consista la necedad y la sensatez lo explican la primera lectura y el contexto de Mateo.

La primera lectura enseña que la sabiduría consiste en hacer la voluntad de Dios y que Dios da este conocimiento a todo el que lo busca. Más en concreto, según Mateo, es sensato el que oye la palabra de Dios y la pone por obra, y necio es el que oye la palabra y no la pone por obra (Mt 7,24-27). Las sensatas se preparan para la espera de forma responsable, conscientes de que su tarea es esperar y no saben cuánto tiempo; las necias, en cambio, no lo hacen.

Todas comienzan con aceite, que en este contexto es vivir de acuerdo con el evangelio, con una vida que se resume en amor a Dios y al prójimo, pero las sensatas dan importancia a la perseverancia en las buenas obras, cosa que no hacen las necias que se quedarán sin aceite en el momento decisivo.  Llegado el esposo a media noche, las necias piden aceite a las sensatas y éstas remiten a los vendedores (el detalle es verosímil, a pesar de la hora, pues Jesús narra situaciones que tienen lugar en lugares pequeños, donde una boda pone en pie a todo el pueblo). Con este detalle se quiere enseñar que el aceite – las buenas obras de cada uno- son personales e intransferibles.  Mientras van a comprar, “llegó el esposo y las que estaban preparadas entraron con él al banquete y se cerró la puerta”. La frase final alude al momento de la parusía, en que termina el tiempo de prueba y de las buenas obras. Un texto parecido de Jesús con el mismo sentido aparece en Lc 13,25: “Una vez que el amo de casa se levante y cierre la puerta, os quedaréis fuera y llamaréis a la puerta, diciendo: Señor, Señor, ábrenos. Y él responderá, No sé de dónde sois”. Algo parecido enseña Jesús en el Sermón de la Montaña: “Muchos me dirán en aquel día: Señor, Señor, ¿no profetizamos en tu nombre, y en tu nombre arrojamos los demonios y en tu nombre hicimos muchos milagros? Yo entonces les diré: Nunca os conocí” (Mt 7,22-23). La lección final es una invitación a la espera “porque no sabéis el día ni la hora”.

Este texto, como otros semejantes, está centrado en la necesidad de la vigilancia y no entra en otros puntos, como la posibilidad de una conversión final. La enseñanza básica es que hay que vivir esperando activa y constantemente la llegada del Señor con buenas obras, que siempre será inesperada. Lo que afirma la palabra de Dios sobre la parusía vale para el final de cada uno, en el momento de su muerte.

La segunda lectura recuerda que para los sensatos la parusía es la venida de Jesús para hacerlos partícipes de su resurrección y estar siempre con el Señor. En esto consiste el cielo.

La vida cristiana es una espera vigilante, en la que vigilar es más que no dormir, es estar siempre en condiciones de recibir al esposo, no es algo accidental en la vida cristiana, sino esencial y permanente. Puesto que seremos examinados de amor, ser sensato es estar permanentemente en condiciones de responder a este examen en las diversas condiciones existenciales de cada uno. Esta vida es personal e intransferible, puesto que cada uno tiene que dar cuenta de su vida (distinto es el caso de la solidaridad mientras vamos caminando en esta vida). Esto exige una vida de fe, esperanza y caridad constante, alimentada por la oración. Es una consecuencia de “no saber el día ni la hora”. El contrapunto es el necio, que no espera nunca a Dios o que espera a ratos, en las grandes ocasiones populares, sin estar siempre preparado. 

Cada Eucaristía es una celebración de la muerte y resurrección de Jesús y un adelanto de su parusía. En casa una de ellas Jesús nos invita a vigilar, uniéndonos a su sacrificio existencial, transformando así nuestra vida de cada día en espera vigilante.

Dr. Antonio Rodríguez Carmona