jueves, 22 de junio de 2017

El Evangelio: única Palabra que se proclama




Entre las lecturas de la Escritura, la única palabra que se proclama es el Santo Evangelio de Nuestro Señor Jesucristo. Dicho esto, podemos observar que en muchas celebraciones de la Eucaristía, el sacerdote desde el ambón, lugar sagrado desde donde se lee la Palabra de Dios, comienza la lectura del Evangelio con estas palabras:

-Lectura del Santo Evangelio según… (Se anuncia el evangelista que corresponda según el Canon)

La realidad es que es una gracia de Dios poder subir al ambón y dar esa “Buena Noticia” que es el Evangelio. Como es una gracia de Dios, de infinito valor, poder colaborar con Él en el Milagro Eucarístico del Misterio de la Transubstanciación, esto, es, la conversión de la sustancia del pan y del vino en el Cuerpo y la Sangre de Jesucristo.

Decían los Santos Padres de la Iglesia Primitiva, que el Evangelio tiene un cuerpo y un alma: el cuerpo es la letra impresa sobre papel; el alma es la misma Divinidad de Dios. No en vano nos dirá san Juan en el prólogo del Evangelio: “…En el principio existía la Palabra, y la Palabra estaba junto a Dios y la Palabra era Dios…” (Jn 1,1)

Pues ya que el Evangelio, la  Palabra, es Dios mismo, tratémosla con el respeto y la grandeza que merece el Misterio. El Evangelio es la única Palabra que se PROCLAMA. Y así podrá decir el oficiante (sacerdote o diácono):

- “Proclamación del Santo Evangelio según…”

En las “cosas santas de Dios”, su Palabra, hemos de ser escrupulosos, conscientes de la Grandeza que se está realizando, ante quien “toda rodilla se ha de doblar, en el cielo y en la tierra, y en el abismo, Jesucristo…” (Fp. 2,10).

Ya en tiempos de Moisés, el libro del Deuteronomio decía: “…Voy a proclamar el Nombre de Yahvé, ¡dad gloria a vuestro Dios...” (Dt 32,3), preanunciando la proclamación de la Palabra de Dios. Palabras que nos recuerdan lo que decimos en la celebración de la Misa, como contestación a las palabras del sacerdote: ¡Gloria a Ti, Señor! Demos, pues, la importancia de “proclamar” la Palabra de Dios, que es Jesucristo, Palabra única del Padre, revelada en su Santo Evangelio.

“Es bueno dar gracias al Señor,
y tocar para tu Nombre, oh Altísimo,
proclamar por la mañana tu Misericordia y de noche tu Fidelidad…”(Sal 91)


Alabado sea Jesucristo,


Tomas Cremades Moreno

miércoles, 21 de junio de 2017

Yo de mayor, quiero ser «íntegro»


El 28 de mayo de 2016 fue el día que más llena he visto la catedral de Barbastro. No cabía ni un alfiler. Más de 1.700 personas jubiladas de todo Aragón llegaron a nuestra ciudad para pasar el día. Me invitaron a recibir la ofrenda floral a la Virgen que don Francisco Javier Iriarte, como Presidente de COAPEMA (Consejo Aragonés de las Personas Mayores), hiciera en nombre de todos. Providencialmente, en esos días, un compañero de la residencia sacerdotal me había regalado un libro de don Leopoldo Abadía que me pareció muy sugerente y que leí de un tirón. Se titulaba: «Yo de mayor quiero ser joven». Fue el «grito de guerra» que coreamos todos por tres veces después de rezar la Salve a la Virgen. Si ese día no se vino abajo la catedral… os aseguro que jamás se caerá.
Don Leopoldo tiene razón. Este zaragozano de pro, de 83 años, con 12 hijos y 45 nietos, ingeniero industrial, profesor durante 31 años en el Instituto de Estudios Superiores de la Empresa… asegura que se puede ser feliz y sentirse joven a pesar de la edad que uno tenga si logramos mantener la vitalidad por dentro.
Esta alegría interior que brota del corazón fue la que percibí un año más tarde, el 21 de mayo de 2017, al celebrar la pascua del enfermo y administrar la unción de los enfermos a nuestros mayores. Fue una verdadera fiesta de la ternura, del consuelo y de la paz.
Desgranando algunas de las afirmaciones de su libro logré aquella tarde componer un decálogo para la homilía, y que hoy, solemnidad del Corpus Christi, icono de la verdadera COMUNIÓN DE AMOR, quisiera regalar a nuestros padres y a nuestros abuelos como expresión de nuestro cariño, cercanía y gratitud. Ellos siguen siendo en nuestra vida el reflejo más nítido del AMOR COMPARTIDO. Por eso, yo de mayor quiero ser «ÍNTEGRO», es decir, visibilizar y regalar a manos llenas el amor de Dios que llevo dentro. Y que se trasluce en cosas tan sencillas como:
1.   Tener criterio. No hacer caso al primer «cantamañanas» que me adule o que trate de «venderme la moto» (engañarme). Es lo que distingue al que no piensa por sí mismo ni discurre.
2.   Ser responsable, es decir, maduro, sensato, honrado, trabajador, leal, sincero. Asumir lo bueno y lo malo que te pueda venir, con paz y con serenidad. Mira, majo ¾comenta con certeza don Leopoldo¾ si las cosas te van bien, es culpa tuya. Y si te van mal, también.
3.   Tener sentido común. Me asustan las personas sin sentido común pero me aterran todavía más ¾vuelve a apostillar¾ las que «no tienen vergüenza».
4.   Saber escuchar y callar. Aunque pueda resultar paradójico, una conversación la domina quien más calla. Y la gana quien más escucha y logra ofrecer lo mejor de sí mismo.
5.   Aprender a perdonar y a olvidar, sobre todo, si tienes razón. Es lo que realmente ennoblece tu alma.
6.   Tener detalles con las personas que me quieren y me ayudan. Tratar de ser agradecido. Intentar ser útil y servir al otro mientras tengas fuerza. Es, sin duda, lo que más incentiva tu sensibilidad.
7.   Aprender a equivocarse. Aceptar los propios errores. Nadie ha nacido enseñado. Dios no creó personas «papelera», «basura» o «descarte» como dice el Papa Francisco.
8.   Vivir con dignidad y respetar las diferencias de los demás. Nadie puede usurpar la dignidad que Dios te otorgó al crearte.
9.   Tener esperanza es aceptar como posible lo que deseamos. Generarla, es ayudar al otro a que consiga lo que desea.
10.       Ser normal, es decir, confiar en los demás y sembrar siempre a tu alrededor la paz y la comunión.
No es fácil aprender a cerrar bien la vida. Lo más difícil es dejarse ayudar pero lo más duro es tener algo pendiente (no haber compartido algún secreto con alguien, no haberse reconciliado con éste o aquél, no haber podido cumplir un sueño inconfeso…). Asumir que la vida «OTRA» comienza realmente al nacer, es una GRACIA. A veces sólo somos conscientes cuando aparece la primera arruga o mancha de vejez en nuestra cara o en nuestras manos, cuando sobreviene el primer suspiro de nostalgia por un mundo que se desvanece y se aleja, de pronto, frente a nuestros ojos... Aprender a envejecer es un don divino y, al mismo tiempo, un arte que nos permite paulatinamente desasirnos de todo lo superficial para llegar a ser uno mismo en Dios. Es vivir la vida como si hiciéramos un viaje en globo y nuestra tarea consistiese en ir soltando lastre hasta que «flotásemos», nos «elevásemos»… y llegásemos al lugar de dónde vinimos, es decir, a los brazos de Dios nuestro Padre para fundirnos en un abrazo eterno y gozar de su misma gloria.
El camino que realmente plenifica a cada persona, desde que abrimos los ojos a la vida, es ir despojándonos, desprendiéndonos, desposeyéndonos… de todo lo que nos impide ser nosotros mismos (ser en Dios), de todo lo que nos esclaviza, nos estresa, nos cosifica… Justo, el camino inverso que otros proponen como verdadero elixir de la felicidad.
Lo sublime en esta etapa final ¾ eufemismos aparte ¾ es que nos toca ofrendarle (regalarle) al Señor nuestra propia vida ajada por los años, debilitada por el trabajo o la enfermedad, marcada con tantas «cicatrices»… siendo conscientes de que es esta etapa, aunque nos cueste aceptarlo, la más hermosa y fecunda. Hasta ahora sólo le ofrecíamos nuestra fortaleza, nuestra sabiduría, nuestros éxitos… Ahora soy yo mismo la mejor ofrenda ante el Padre. Te regalas todo tú y sólo tú. Es entonces, sólo entonces, cuando uno llega a descubrir realmente la dignidad y el amor del que hemos sido objeto por Aquel que nos creó.
Esto es lo que celebramos aquel domingo y que hoy evocamos en la solemnidad del Corpus Christi, como nuestra mejor ofrenda. Nuestros mayores, una vez más, supieron estar a la altura y vivir este momento como una verdadera fiesta, como una gracia, como una ofrenda de su propia vida, como un anticipo de la plenitud que les aguarda cuando vuelvan a los brazos del Padre. Esta etapa de la vida es, sin duda, un verdadero tiempo de gracia y de fecundidad porque ellos también son testigos de Jesucristo aunque puedan decir o hacer menos cosas.
Con mi afecto y bendición,
Ángel Pérez Pueyo
Obispo Barbastro-Monzón


martes, 20 de junio de 2017

El agua, la toa­lla y el ADN


Es­ta­ba todo pre­pa­ra­do y sos­pe­cha­ban que aque­lla no­che se­ría cru­cial. Los ner­vios y el re­vue­lo fue­ron ma­yúscu­los. Es­ta­ban los más ín­ti­mos, por de­cir­lo de al­gu­na ma­ne­ra. Aun­que no te­nía nada que ver con aque­lla boda, en Caná, que vi­vie­ron jun­tos ha­cía más o me­nos tres años (¿o qui­zás sí?). Esa no­che es­ta­ban to­dos ex­pec­tan­tes, pen­dien­tes de las pa­la­bras y los ges­tos de quien se la man­dó pre­pa­rar. Ya os digo, se ba­rrun­ta­ba que no iba a ser como las ce­nas de Pas­cua de los dos años an­te­rio­res, pues la ha­bía ade­lan­ta­do de día.

La es­ce­na nos la he­mos ima­gi­na­do a lo lar­go de los si­glos, tan­to y de tan­tas ma­ne­ras,  que ya for­ma par­te de nues­tro acer­vo po­pu­lar. Por lo me­nos has­ta aho­ra, aun­que un pe­rio­dis­ta, emi­tien­do por la ra­dio la pro­ce­sión del Cor­pus de To­le­do el año pa­sa­do, no de­ja­ra de in­sis­tir: “es una gran ma­ni­fes­ta­ción cul­tu­ral de tin­tes re­li­gio­sos”. En ese mo­men­to su­frí de vér­ti­gos.

Y mien­tras, Je­sús, to­man­do un tro­zo de pan lo par­tió y en­tre­gán­do­se­lo les dijo: “to­mad, co­med, esto es mi cuer­po”. Y les dio a be­ber de la copa: “esta es mi san­gre, de la nue­va alian­za, de­rra­ma­da por vo­so­tros”. Está cla­ro que no es­ta­ba para su­per­fi­cia­li­da­des. Ha­bla­ba de cuer­po, de san­gre, de alian­za. Son pa­la­bras ma­yo­res. Por­que en el len­gua­je y la cul­tu­ra de Je­sús, di­fe­ren­te a la con­cep­ción grie­ga, que es la nues­tra, el cuer­po in­di­ca a la per­so­na y to­das sus re­la­cio­nes: ale­grías, es­pe­ran­zas, su­do­res, fa­ti­gas… y la san­gre es la sede de la vida. Por ello el de­rra­ma­mien­to de san­gre  es de­vol­ver y en­tre­gar la vida a Dios. Y la Alian­za son las bo­das, o el com­pro­mi­so de amor que Dios du­ran­te toda la his­to­ria in­ten­ta man­te­ner con la hu­ma­ni­dad en ge­ne­ral y con cada uno de no­so­tros en par­ti­cu­lar. De ahí el man­da­mien­to del amor: “amaos como yo os he ama­do”. Y pun­to. Todo está di­cho.

Como pa­re­ce ser que sus ami­gos es­ta­ban un poco con­fun­di­dos, qui­zás por el mo­men­to, la an­sie­dad, o un poco de mie­do… pero so­bre todo por­que Je­sús, des­pués de tres años con ellos, sa­bía lo que da­ban de sí… Y, a par­te, que, ha­blan­do de amor cada uno en­ten­de­mos una cosa, y nor­mal­men­te ten­de­mos sólo ha­cia lo afec­ti­vo, se ciñó la toa­lla y se puso a la­var­les los pies como si de un es­cla­vo se tra­ta­ra. Pe­dro, que con­ce­bía las co­sas de otra ma­ne­ra, armó una bron­ca, ya se le ha­bía ol­vi­da­do eso de que “el que quie­ra ser el pri­me­ro en­tre vo­so­tros sea el ser­vi­dor de to­dos”.  No hay nada como el agua para acla­rar­lo todo.

Y con la toa­lla les fue se­can­do los pies. No sé tú, pero yo lo veo como un ges­to de ter­nu­ra, como una ca­ri­cia. In­ten­ta se­car los pies a una per­so­na an­cia­na, a una cria­tu­ra, ya me di­rás lo que sien­tes. Eso, como el que con sua­vi­dad va poco a poco lim­pian­do las he­ri­das. Es un acto de amor, de sa­na­ción, de pu­ri­fi­ca­ción. Y para fi­na­li­zar les dijo: “ha­ced esto en me­mo­ria mía”. Mi­rad que este men­sa­je nos lo he­mos pa­sa­do de boca en boca du­ran­te casi 2000 años y tie­ne más im­por­tan­cia que el San­to Grial, el Prio­ra­to de Sión, los mis­te­rios de los cru­za­dos y to­das las obras de Leo­nar­do da Vin­ci jun­tas. Mi­rad que este es el eje más im­por­tan­te de nues­tra fe, por­que en esta me­mo­ria viva se en­cie­rra la vida de Je­sús, el Se­ñor, y nues­tra pro­pia vida.

En efec­to, es­tos son nues­tros her­ma­nos y, como en cual­quier fa­mi­lia, aten­de­re­mos con amor es­pe­cial­men­te a los más po­bres y des­va­li­dos, por­que esto va en el ADN de todo bau­ti­za­do, por­que to­dos so­mos hi­jos de un mis­mo Pa­dre. Por eso nos or­ga­ni­za­mos en CA­RI­TAS, que sig­ni­fi­ca ni más ni me­nos que “Amor de Dios”.  Es la úni­ca ma­ne­ra de ce­le­brar con cohe­ren­cia la so­lem­ni­dad del Cor­pus Ch­ris­ti: como la fies­ta de la Vida, la Uni­dad y el Amor. Y al con­tem­plar al Se­ñor por nues­tras ca­lles pen­se­mos que los cris­tia­nos de­be­mos lle­gar a ser Eu­ca­ris­tía, Cuer­po de Cris­to, ali­men­to, pan par­ti­do, re­ga­lo, cuer­po y san­gre en­tre­ga­da para Dios y para los de­más, es­pe­cial­men­te para los más ne­ce­si­ta­dos de amor.

¡Ánimo y ade­lan­te!

+ An­to­nio Gó­mez Can­te­ro
Obis­po de Te­ruel y Al­ba­rra­cín


lunes, 19 de junio de 2017

Adorar la Hostia Santa




Adoración
«Adorar la Hostia santa debería ser el centro de la vida de todo hombre».

Amor
«Cuanto más se ama, mejor se reza». 

Apostolado
«Cada cristiano tiene que ser apóstol: no es un consejo, sino un mandamiento, el mandamiento de la caridad». 

Bien
«Haré el bien en la medida en la que sea santo». 

Coherencia
«Cuando se sale diciendo que se va a hacer algo, no se debe regresar sin haberlo hecho». 

Cruz
«Cuanto más abrazamos la Cruz, más estrechamos a Jesús que está clavado en ella». 

Examen de conciencia
«Pregúntate en cada cosa: "¿Qué habría hecho el Señor?", y hazlo. Es tu única regla, la regla absoluta». 

Eucaristía
«El objetivo de cada vida humana debería ser la adoración de la santa Hostia»
«La Eucaristía es Dios con nosotros, es Dios en nosotros, es Dios que se da perennemente a nosotros, para amar, adorar, abrazar y poseer». 

Evangelio
«Si no vivimos del Evangelio, Jesús no vive en nosotros». 

Fe
«La fe es incompatible con el orgullo, con la vanagloria, con el deseo de la estima de los hombres. Para creer, es necesario humillarse». 

Jesucristo
«Jesús sólo se merece ser amado apasionadamente». 

Imitación de Cristo
«Cuando se ama, se imita». 

Oración
«Que nuestra vida sea una continua oración». 

Pobreza
«No tenemos una pobreza de convención, sino la pobreza de los pobres. La pobreza que, en la vida escondida, no vive de dones ni de limosnas ni de rentas, sino sólo del trabajo manual». 

Sacerdotes
«El sacerdote es un ostensorio, su deber es mostrar a Jesús. Él tiene que desaparecer para dejar que sólo se vea a Jesús…». 

Santidad
«Santificandonos santificaremos a los demás»


domingo, 18 de junio de 2017

Amor sin medida y don



El Evangelio de Juan presenta el discurso sobre el «pan de vida», pronunciado por Jesús en la sinagoga de Cafarnaúm, en el cual afirma: «Yo soy el pan vivo que ha bajado del cielo; el que coma de este pan vivirá para siempre. Y el pan que yo daré es mi carne por la vida del mundo» (Jn 6, 51). Jesús subraya que no vino a este mundo para dar algo, sino para darse a sí mismo, su vida, como alimento para quienes tienen fe en Él.

Esta comunión nuestra con el Señor nos compromete a nosotros, sus discípulos, a imitarlo, haciendo de nuestra vida, con nuestras actitudes, un pan partido para los demás, como el Maestro partió el pan que es realmente su carne. Para nosotros, en cambio, son los comportamientos generosos hacia el prójimo los que demuestran la actitud de partir la vida para los demás.

Cada vez que participamos en la santa misa y nos alimentamos del Cuerpo de Cristo, la presencia de Jesús y del Espíritu Santo obra en nosotros, plasma nuestro corazón, nos comunica actitudes interiores que se traducen en comportamientos según el Evangelio. Ante todo la docilidad a la Palabra de Dios, luego la fraternidad entre nosotros, el valor del testimonio cristiano, la fantasía de la caridad, la capacidad de dar esperanza a los desalentados y acoger a los excluidos.

De este modo la Eucaristía hace madurar un estilo de vida cristiano. La caridad de Cristo, acogida con corazón abierto, nos cambia, nos transforma, nos hace capaces de amar no según la medida humana, siempre limitada, sino según la medida de Dios. ¿Y cuál es la medida de Dios? ¡Sin medida! La medida de Dios es sin medida. ¡Todo! ¡Todo! ¡Todo! No se puede medir el amor de Dios: ¡es sin medida! Y así llegamos a ser capaces de amar también nosotros a quien no nos ama: y esto no es fácil. Amar a quien no nos ama... ¡No es fácil! Porque si nosotros sabemos que una persona no nos quiere, también nosotros nos inclinamos por no quererla. Y, en cambio, no. Debemos amar también a quien no nos ama. Oponernos al mal con el bien, perdonar, compartir, acoger.

Gracias a Jesús y a su Espíritu, también nuestra vida llega a ser «pan partido» para nuestros hermanos. Y viviendo así descubrimos la verdadera alegría. La alegría de convertirnos en don, para corresponder al gran don que nosotros hemos recibido antes, sin mérito de nuestra parte. Esto es hermoso: nuestra vida se hace don. Esto es imitar a Jesús. Quisiera recordar estas dos cosas. Primero: la medida del amor de Dios es amar sin medida. ¿Está claro esto? Y nuestra vida, con el amor de Jesús, al recibir la Eucaristía, se hace don. Como ha sido la vida de Jesús. No olvidar estas dos cosas: la medida del amor de Dios es amar sin medida; y siguiendo a Jesús, nosotros, con la Eucaristía, hacemos de nuestra vida un don.

Papa Francisco


viernes, 16 de junio de 2017

Solemnidad del Santísimo Cuerpo y Sangre de Cristo.



La eucaristía, verdadera comida

La oración de la misa explicita la finalidad que  persigue este nuevo subrayado después del ciclo pascual: venerar  de tal modo el memorial  de la muerte y resurrección de Jesús  que experimentemos  el fruto de la redención.

Venerar el memorial.  Venerar es rendir culto, en este caso, a la Eucaristía. Es un acto ritual externo, pero que no tiene sentido si no va acompañado de las disposiciones internas requeridas. En este caso se trata de venerar un memorial, es decir, recordar y a la vez hacer presente lo que  hizo Jesús en la Última Cena  y sus disposiciones internas,  que,  según Jn 13,1, eran un amor que ama hasta el extremo a toda la humanidad y se entrega por todos para hacerlos  hijos de Dios, formando un solo cuerpo con él. Según esto,  venerar  el memorial implica unirse con todo el corazón al sacrificio de Cristo que se hace presente sacramentalmente y después se nos entrega en comunión a cada participante.

Alcanzar el fruto de la redención, que consiste en convertirnos en hijos de Dios y miembros del Cuerpo de Cristo. Es un don que exige crecer hasta llegar a la plenitud de la filiación y fraternidad. Para ayudar a este crecimiento Jesús nos ha dejado como verdadero alimento la Eucaristía. Cada tipo de vida necesita su propio alimento: la vida vegetal el suyo, la animal el suyo, la humana el suyo, y la de hijos de Dios el suyo que es el mismo Hijo de Dios encarnado. Hoy pedimos la gracia de que participemos de tal manera en la celebración eucarística que nos alimente. Igual que en las comidas normales se puede comer mucho sin que alimente, porque no se digiere adecuadamente, así también se pueden celebrar muchas Eucaristías sin que alimente, porque no se digiere.

“Digerir” implica, por una parte, unirse al sacrificio de Cristo, que se hace presente en la celebración para que los participantes unan su vida a la Cristo en oblación viviente y existencial  al Padre. Por otra, unirse en comunión a Cristo, que se nos da para alimentar esta entrega sacrificial.

Verdaderamente la Eucaristía es alimento (Evangelio), verdadero maná para los que vamos peregrinando hacia la patria (primera lectura), porque nos une a Cristo que está unido sustancialmente al Padre, fuente de la vida y del amor. Comulgar es unirse en íntima unión a Cristo y al Padre. Ahora bien, Cristo es cabeza inseparable de su cuerpo, por eso no nos podemos unir realmente a él si no estamos también unidos a los demás miembros de su cuerpo.  La liturgia invita a hacer un breve acto de fe inmediatamente antes de comulgar: “El Cuerpo de Cristo. Amén”, donde Cuerpo se refiere a la cabeza y los miembros. Por eso la comunión afianza nuestra unión en el cuerpo de Cristo (segunda lectura). Una Eucaristía que no se traduce en unión y preocupación por los hermanos no alimenta.
Con toda razón hoy  invita la Iglesia a recordar Caritas. Como recuerda la segunda parte de la encíclica “Deus caritas est”, la Eucaristía es el centro de la actividad de la Iglesia, pero está precedida y seguida de otras dos actividades. Precedida por la  pastoral de evangelización que da a conocer y ayuda a profundizar en Dios y su plan de salvación. Seguida por la pastoral de la caridad que invita a reforzar los lazos de unidad dentro del Cuerpo de Cristo y la entrega a los demás. Para esto la Iglesia dispone de Cáritas, que no es una ONG más, sino el brazo de la Iglesia para su servicio a los demás, especialmente a los necesitados. La “verdad” de una celebración solemne de la Eucaristía se comprueba en la “verdad” de una Cáritas eficiente.


Dr. Antonio Rodríguez Carmona

jueves, 15 de junio de 2017

Eu­ro­pa en la en­cru­ci­ja­da



El día 24 de mar­zo re­ci­bió el Papa Fran­cis­co en au­dien­cia a los 27 Je­fes de Es­ta­do y de Go­bierno de la Unión Eu­ro­pea con mo­ti­vo del 60 aniver­sa­rio de la fir­ma del Tra­ta­do de Roma. Des­pués de las res­pec­ti­vas in­ter­ven­cio­nes del Pre­si­den­te del Con­se­jo de Mi­nis­tros de Ita­lia y del Pre­si­den­te del Par­la­men­to Eu­ro­peo, pro­nun­ció el Papa un dis­cur­so im­por­tan­te. La si­tua­ción ac­tual de Eu­ro­pa pos­tu­la que esta con­me­mo­ra­ción sea una opor­tu­ni­dad es­pe­cial para re­fle­xio­nar so­bre su pa­sa­do y fu­tu­ro. Me­mo­ria y es­pe­ran­za es­tán unidas; por lo cual no se pue­de com­pren­der el tiem­po que vi­vi­mos sin el pa­sa­do, que no es sólo un con­jun­to de he­chos le­ja­nos sino sa­via vi­tal que irri­ga el pre­sen­te. Vale re­cor­dar aquí tam­bién las pa­la­bras de An­to­nio Ma­cha­do: “Hom­bres de Es­pa­ña, ni el pa­sa­do está muer­to, ni está el ma­ña­na es­cri­to”. La ta­rea de cons­truir el fu­tu­ro está uni­da tam­bién a la me­mo­ria del pa­sa­do, que debe ser es­cu­dri­ña­do, reapro­pia­do y pu­ri­fi­ca­do. El lazo in­di­so­lu­ble con el pa­sa­do es una fe­cun­da po­si­bi­li­dad orien­ta­do­ra de cara al fu­tu­ro.

La ne­ce­si­dad de in­ves­ti­gar el pa­sa­do es ac­tual­men­te vi­tal y ur­gen­te ya que Eu­ro­pa está so­me­ti­da a cues­tio­na­mien­tos pro­fun­dos. Se ha ha­bla­do de “re­fun­dar” Eu­ro­pa; pero de­be­mos pre­gun­tar­nos: ¿So­bre qué fun­da­men­tos? El Reino Uni­do ha de­ci­di­do de­mo­crá­ti­ca­men­te sa­lir de la Unión Eu­ro­pea. ¿Por qué sa­lir? ¿Por qué vol­ver so­bre sí mis­mo? En va­rios paí­ses los par­ti­dos po­lí­ti­cos tra­di­cio­na­les han ce­di­do el paso a for­ma­cio­nes nue­vas. La po­si­bi­li­dad de una en­tra­da mul­ti­tu­di­na­ria de re­fu­gia­dos ha alar­ma­do a va­rios Es­ta­dos, ge­ne­ran­do desave­nen­cias por­que mu­chos te­mían que se po­nía en pe­li­gro el es­ta­do de bie­nes­tar. El te­rro­ris­mo de ca­rác­ter is­la­mis­ta, que ha gol­pea­do a di­ver­sos paí­ses con aten­ta­dos fre­cuen­tes y te­rri­bles, ha sus­ci­ta­do ries­gos des­co­no­ci­dos. ¿Cómo afron­tar el fu­tu­ro no sólo eco­nó­mi­ca­men­te sino tam­bién con res­pe­to del hom­bre a par­tir de su dig­ni­dad tras­cen­den­te e inalie­na­ble que ha ca­rac­te­ri­za­do se­cu­lar­men­te a Eu­ro­pa? ¿Ol­vi­da Eu­ro­pa sus fun­da­men­tos? ¿Da la es­pal­da a los va­lo­res que han he­cho gran­de su his­to­ria y fe­cun­da su irra­dia­ción en el mun­do? La casa co­mún cons­trui­da so­bre só­li­dos ci­mien­tos re­sis­te las tem­pes­ta­des; en cam­bio, edi­fi­ca­da so­bre la are­na, se arrui­na. No bas­ta ha­llar so­lu­ción a pro­ble­mas téc­ni­cos y eco­nó­mi­cos; se re­quie­re ra­zo­nes para vi­vir, para tra­ba­jar, para es­pe­rar, para con­vi­vir con los dis­tin­tos y los dis­tan­tes.

El Papa, des­pués de re­cor­dar en su dis­cur­so las gran­des in­tui­cio­nes de los Pa­dres fun­da­do­res de Eu­ro­pa, di­ri­ge su mi­ra­da al pre­sen­te y al fu­tu­ro. Re­co­jo al­gu­nas in­di­ca­cio­nes ma­yo­res del dis­cur­so pa­pal. Todo buen pro­yec­to mira ha­cia el fu­tu­ro, y el fu­tu­ro son los jó­ve­nes, lla­ma­dos a ha­cer reali­dad las pro­me­sas del ma­ña­na. Quien dice jo­ven, dice fu­tu­ro; quien dice jo­ven, dice es­pe­ran­za. Pero los jó­ve­nes se sien­ten con mu­cha fre­cuen­cia pri­va­dos de los me­dios para pro­nun­ciar su pa­la­bra, ma­ni­fes­tar sus es­pe­ran­zas y con­fi­gu­rar la­bo­ral­men­te su fu­tu­ro.
Fue­ron cons­cien­tes los Fun­da­do­res de la Unión Eu­ro­pea de que en los ci­mien­tos está el im­pul­so del Cris­tia­nis­mo, la fi­lo­so­fía de Gre­cia, el de­re­cho de Roma, la Ilus­tra­ción con su lla­ma­da a pen­sar res­pon­sa­ble­men­te como adul­tos. ¿Qué es­pe­ran­za para la Eu­ro­pa de hoy y de ma­ña­na? Los pi­la­res men­cio­na­dos en los do­cu­men­tos fun­da­cio­na­les son los si­guien­tes: “La cen­tra­li­dad del hom­bre, una so­li­da­ri­dad efi­caz, la aper­tu­ra al mun­do, la bús­que­da de la paz y el desa­rro­llo, la aper­tu­ra al fu­tu­ro”. El alma Eu­ro­pea, “ade­más del ori­gen co­mún, tie­ne idén­ti­cos va­lo­res cris­tia­nos y hu­ma­nos, como son los de la dig­ni­dad de la per­so­na hu­ma­na, del pro­fun­do sen­ti­mien­to de jus­ti­cia y de li­ber­tad, de la­bo­rio­si­dad, de es­pí­ri­tu de ini­cia­ti­va, de amor a la fa­mi­lia, de res­pe­to a la vida, de to­le­ran­cia y de de­seo de coope­ra­ción y de paz”. Es­tos va­lo­res se­gui­rán te­nien­do ple­na ciu­da­da­nía en nues­tro mun­do mul­ti­cul­tu­ral, si se cul­ti­va y con­ti­núan vi­vas las raí­ces que los han en­gen­dra­do. Eu­ro­pa no es sim­ple­men­te un es­pa­cio en el mapa del mun­do; es una fa­mi­lia de per­so­nas y de pue­blos uni­dos en las di­fe­ren­cias.

Co­no­cer y re­co­no­cer las raí­ces y fun­da­men­tos de nues­tra for­ma de vi­vir, ma­du­ra­da en la his­to­ria se­cu­lar, nos li­be­ra de caer en la ten­ta­ción del re­plie­gue egoís­ta so­bre no­so­tros mis­mos, e igual­men­te de la sa­li­da apre­su­ra­da y enoja­da a cau­sa de los gran­des pro­ble­mas pen­dien­tes. Ca­mi­ne­mos en esta en­cru­ci­ja­da uni­dos mi­ran­do al fu­tu­ro; evi­tan­do acu­sa­cio­nes mu­tuas que no edi­fi­can sino des­tru­yen; ha­cien­do con­ver­ger en el mis­mo ca­mino los sen­de­ros de cada uno.

El Papa Juan Pa­blo II, cuya voz re­sue­na tam­bién en el dis­cur­so del Papa Fran­cis­co, pro­nun­ció en San­tia­go de Com­pos­te­la, el 9 de no­viem­bre de 1982, unas pa­la­bras real­men­te an­to­ló­gi­cas. Me per­mi­to re­co­ger­las con gra­ti­tud y tam­bién como in­vi­ta­ción a la re­fle­xión en la pre­sen­te en­cru­ci­ja­da. “Yo, Obis­po de Rima y Pas­tor de la Igle­sia Uni­ver­sal, des­de San­tia­go, te lan­zo, vie­ja Eu­ro­pa, un gri­to lleno de amor: Vuel­ve a en­con­trar­te. Sé tú mis­ma. Des­cu­bre tus orí­ge­nes. Avi­va tus raí­ces. Reavi­va aque­llos va­lo­res au­tén­ti­cos que hi­cie­ron glo­rio­sa tu his­to­ria y be­né­fi­ca tu pre­sen­cia en los de­más con­ti­nen­tes. Re­cons­tru­ye tu uni­dad es­pi­ri­tual en un cli­ma de pleno res­pe­to a otras re­li­gio­nes y a las ge­nui­nas li­ber­ta­des”.

Si Dios no cons­tru­ye la casa, en vano se can­san los cons­truc­to­res (cf. Sal. 127, 1); si el Se­ñor, la Pie­dra an­gu­lar (Sal. 118, 22), es desecha­da por los al­ba­ñi­les, la edi­fi­ca­ción se cuar­tea y arrui­na. ¿Por qué has­ta evi­ta­mos pro­nun­ciar el nom­bre de Dios? ¿Por qué con de­ma­sia­da fre­cuen­cia hay un si­len­cio den­so so­bre la re­li­gión?.

+ Ri­car­do Bláz­quez

Car­de­nal Ar­zo­bis­po de Valladolid

miércoles, 14 de junio de 2017

Contemplativos



Un monje oriental, Simeón el Nuevo Teólogo, se consideraba como «un pobre que ama a sus hermanos».

Así deberían sentirse todos los que de una manera especial se consagran a Dios.

Quieren ser pobres. Le habían despojado de sus bienes materiales. Pero no bastaba. Le fueron despojando de otros bienes más apreciados y queridos. Pero más. El Señor les pedía no una parte del corazón, sino todo el corazón. Que se presentaran ante él con el corazón vacío.

Entonces el vacío sería plenificado por Dios mismo. Los pobres de Yahveh. Un contemplativo tiene que ser un instrumento dócil en las manos de Dios.

Un contemplativo, el que contempla a Dios, el que se abre a Dios, el que guarda su Palabra. Y así, de tanto mirar y escuchar a Dios se irá transformando en un ser divino; pensará, sentirá y actuará como Dios. Y como el Dios cercano se llama Jesucristo, de tanto mirarlo y escucharlo, tratará de ser otro Cristo, que prolongará su presencia en nuestra sociedad.

Corazón vacío, sí, pero lleno de nombres. El encuentro con Dios, la unión con Cristo, no le apartarán de los hombres, sus hermanos. Ellos no viven para sí, sino para los demás. Diríamos que llevan al mundo en sus manos, en su mente, en su alma.


Rezan a Dios y ruegan por los hombres. Sufren para Dios y lloran por los hermanos. Trabajan para Dios y luchan por los hijos de Dios. Alaban a Dios y agradecen por todo y por todos. Tienen siempre sus lámparas encendidas; hijos son de las bienaventuranzas. 

martes, 13 de junio de 2017

Que la lengua humana cante este misterio

  


Que la lengua humana cante este misterio:
la preciosa sangre y el precioso cuerpo.
Quien nació de Virgen Rey del universo,
por salvar al mundo, dio su sangre en precio.

Se entregó a nosotros, se nos dió naciendo
de una casta Virgen; y, acabado el tiempo,
tras haber sembrado la palabra al pueblo,
coronó su obra con prodigio excelso.

Fue en la última cena -ágape fraterno-,
tras comer la Pascua según mandamiento,
con sus propias manos repartió su cuerpo,
lo entregó a los Doce para su alimento.

La palabra es carne y hace carne y cuerpo
con palabra suya lo que fue pan nuestro.
Hace sangre el vino, y, aunque no entendemos,
basta fe, si existe corazón sincero.

Adorad postrados este Sacramento.
Cesa el viejo rito; se establece el nuevo.
Dudan los sentidos y el entendimiento:
que la fe no supla con asentimiento.

Himnos de alabanza, bendición y obsequio;
Por igual la gloria y el poder y el reino
Al eterno Padre con el Hijo eterno
y  el divino Espíritu que procede de ellos.

Amén

sábado, 10 de junio de 2017

Dédalo e Ícaro



Cuenta Ovidio en el Libro VIII de sus Metamorfosis que el rey de Creta tenía retenido en esta isla a Dédalo. Dado que no podía salir nada más que volando porque Minos controlaba la tierra y el mar, ideó unas alas acopladas a sus brazos y otras para su hijo Ícaro. Unió plumas de distinta longitud con hilos de lino y cera, imitando las alas de las aves. Aconsejó a su hijo que volara a una misma determinada altura: que no ascendiera en demasía para que el calor del sol no derritiera la cera, pero tampoco muy bajo para que las aguas del mar no mojaran las plumas. Ícaro, impetuoso por su juventud, cuando se vio libre, desoyendo los consejos paternos, ascendió para acercarse al sol.

Intentaré buscar un cierto paralelismo de esta leyenda mitológica griega con nuestra vida cristiana.

Quizá sea, sin pretenderlo, una visión interesada y  pretenda, sin querer, endosar a la generalidad mi particular actuar cristiano, pero tengo la sensación de que nos comportamos como otros Dédalos. Vamos volando por la vida con cierta equidistancia, quizá no bajamos a ras del mar por miedo a caer en el averno, pero tampoco ponemos la fuerza e ímpetu juvenil de Ícaro para acercarnos en demasía al astro rey, Dios; cosa que sí hicieron aquellos grandes ascetas y místicos, los fundadores de las grandes órdenes religiosas, la muchedumbre que tuvo la oportunidad y el honor de aceptar el martirio por defender las grandes verdades y misterios cristianos, las órdenes de clausura, etc, o sea, que para ser cristianos de verdad debemos arriesgar y no tener miedo a derretir la cera de nuestras alas en el amor divino.

Pero para los que no tenemos el honor de alcanzar ese don, ni la fuerza para buscar metas más elevadas, como es nuestra obligación cristiana, sí tenemos a nuestro alcance otro modo de actuar; recordemos las palabras del Maestro: “…cuando lo hicisteis con uno de estos mis hermanos más pequeños, conmigo lo hicisteis”. Con estas palabras Jesús nos está  dando otra alternativa a la mencionada anteriormente, a la excelente. La medianía de los cristianos tenemos en estas palabras de Jesús la solución para encontrar la altitud de nuestro vuelo. Parece decirnos que si no somos capaces o no estamos capacitados para volar a gran altura, aquí, mucho más a ras de suelo, tenemos trabajo y la oportunidad de alcanzar parecidos méritos y merecimiento, si somos capaces de ver y encontrar su identidad en nuestros hermanos más cercanos. Él se mete dentro del desvalido, del hambriento, del privado de libertad, del injustamente tratado y perseguido, etc. a fin de estar cerca de nosotros y darnos esa otra oportunidad de encontrarlo y socorrerlo en esos excluidos sociales. No nos pide que derramemos nuestra sangre por su causa, pero sí que cautivemos para su causa, con nuestra vida ejemplar pero ejemplar no solo en el aspecto religioso, sino también en el aspecto social, a aquellos que se encuentran alejados o viven indiferentes; quizá no nos pida que vayamos a lo más profundo de la selva a cristianizar, pero sí que acojamos, como si de Él se tratara, a los que llegan a nuestro lado huyendo de las calamidades de tierras lejanas; no nos pedirá una vida heroica, pero sí ayudar a los demás, que salgamos de nuestra monotonía, apatía y comodidad; nos pide ejemplaridad, coherencia entre nuestras palabras y acciones, que más que hablar actuemos. En resumen nos pide que elevemos nuestro vuelo y, si no somos capaces, que derritamos nuestra cera con el calor humano.


Pedro José Martínez Caparrós

viernes, 9 de junio de 2017

Solemnidad de la Santísima Trinidad



Conocer y adorar a dios uno y trino

Terminado el ciclo pascual, la liturgia  invita a hacer dos subrayados de los misterios celebrados, uno está centrado en el agente de toda la Historia de salvación, Dios uno y trino, y otro en la Eucaristía.  Respecto al primero, la oración de la misa hace dos peticiones que orientan esta celebración: conocer el misterio de Dios y adorarlo.

Conocer el misterio de Dios es importante porque determina las relaciones del hombre con Dios y con los hombres.  Dios es uno, como recuerda la primera lectura, y trino, como recuerdan las otras dos. 

Dios es uno y siempre ha querido ser conocido y adorado por el hombre. Para eso dotó a la humanidad de razón, capaz de llegar a él por medio de la creación, meta que de hecho  alcanzó (Rom 1,18-23 cf Sap 13,1-9). Pero, dadas las oscuridades propias de este conocimiento, ha querido darse a conocer de forma más clara, revelándose a la humanidad por medio de un pueblo elegido para ser su testigo, Israel. La primera lectura recuerda una de las apariciones iniciales en que se revela a Moisés como único Señor, poderoso y a la vez clemente y compasivo, es decir, como un Ser que ama y quiere tener relaciones con la humanidad para derramar sobre ella su misericordia poderosa. Exige ser adorado exclusivamente para que el hombre tenga vida y excluye todo tipo de idolatría, porque los ídolos no son más que concreciones del pecado y destruyen al hombre.

Jesús acepta esta doctrina, como enseña cuando responde que el principal mandamiento es Escucha, Israel, el Señor tu Dios es uno. Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón...  (Mc 12,29-31), pero además nos ha dicho que este Uno no es un eterno egoísta solitario, porque eso contradice a su esencia de amor que implica darse, sino que es Padre, Hijo y Espíritu Santo. Ha explicado que el Padre es el origen y fuente absoluta del amor y como tal tiene que amar; que el término de este amor es el Hijo, cuya esencia es ser amado y como tal tiene que devolver el amor al Padre; y que este amor mutuo es el Espíritu que también tiene una entidad propia. Se trata de una enseñanza que aparece de diversas maneras en el Nuevo Testamento y por eso es seña de identidad de los cristianos. La Iglesia recibió esta enseñanza y profundizó en ella, acuñando para ella el nombre de trinidad con el fin de sugerir el misterio de tres personas y un solo Dios.

Jesús nos ha acercado más al misterio de Dios, no para complicarnos con conocimientos enrevesados, sino porque es necesario para nuestra vida cristiana, ya que participamos la naturaleza divina (2Pe 1,4) y el conocimiento de nuestro ADN o nuestro “grupo sanguíneo” nos ayuda a realizarnos mejor. Por un lado, porque  nuestro “grupo sanguíneo” proviene de Dios uno y trino,  cada uno tiene que  ser una persona que busca su perfección, pero en el amor, abierta a los demás. La persona es autónoma e independiente, responsable, pero a la vez social; por otro, se nos enseña que las acciones de Dios hacia la humanidad son comunes, pero que cada persona divina deja su impronta. Así la segunda lectura nos habla del amor del Padre, la gracia del Hijo y la comunión del Espíritu Santo, lo que implica que todos los dones que recibimos son manifestación del amor del Padre, de la gratuidad del Hijo y de la comunión del Espíritu, lo que exige que nuestras acciones se realicen en el amor, la gratuidad y la comunión. Igualmente en 1 Co 12,4-6  Pablo enseña que todos los dones en cuanto que provienen del Padre son poder, que capacitan para actuar, en cuanto que provienen del Hijo son servicio que piden que el poder se ejercite como servicio, y en cuanto que provienen del Espíritu son gracia que piden que se ejerciten en la gratuidad.

Adorar a Dios uno y trino,  acción que se significa con la genuflexión y postración, implica aceptar su soberanía con una vida obediente a su voluntad, es decir, dejarse transformar por Dios, dejar que Dios sea nuestro Dios. El conocimiento de Dios es necesario para adorarlo adecuadamente. Jesús atribuye su  rechazo por parte de los dirigentes judíos y la futura persecución de la Iglesia al hecho de que los que hacen esto no conocen a Dios, que es amor, servicio y gratuidad y en su lugar sirven a un dios falso que justifica el odio (cf Jn  15,21-25;  16,3).

Celebrar la Eucaristía es celebrar el misterio de Dios uno y trino. El Espíritu Santo nos une a Cristo y por Cristo adoramos al Padre, ofreciendo nuestra vida. Todo esto se significa en la gran doxología: Por Cristo, con él y en él, a ti Dios Padre omnipotente en la unidad del Espíritu Santo, todo honor y toda gloria por los siglos de los siglos.

Dr. Antonio Rodríguez Carmona  




jueves, 8 de junio de 2017

Paz a Vosotros

                          

                     
                                                
 Debe ser que sólo es “a vosotros” porque yo no tengo mucha paz…

Esto dirán millones de personas que lo pasan fatal y no levantan cabeza: Que si me falta una pierna, que si no veo ni torta, que si mi amigo padece cáncer, que si me han echado del trabajo, que si se ha ido a por tabaco y no ha vuelto…

Entonces te preguntas: ¿Dónde la paz de Dios? ¡Pues vaya!!!

¡Pues vaya, no!, ahí está la que Jesús nos da, justo ahí, en medio de la tribulación. Como lo explicaría…

Esa Paz es grandiosa y especial, tan especial que el sufrimiento no te hace herida, la agonía deja de existir, el llanto no desespera… En otras palabras, es otra manera de “sufrir sin sufrir” porque todo  lo has dejado en Sus manos. 

Es caminar tras Jesús  por la Vía Dolorosa con más alegría que pena por saber que en cada paso que das “sujetando su cruz”, te irradia la esperanza de un nuevo amanecer. Es vivir en la fe de sus palabras y entre ellas: La Paz. 

Muchos piensan que vivir en paz es tener una vida cómoda, fácil, despreocupada, sin más “desgracia” que la muerte. Esto no es verdad, vivir en La Paz de Dios es recibir de Sus manos todas las medicinas del alma para el sufrimiento. La otra clase de “paz”, no entra en sus planes, se llama mirar a otro lado...

- “Paz a vosotros” que tenéis un corazón de carne.  

Emma Díez Lobo