domingo, 19 de marzo de 2017

Agua vivificadora


Todo lo que has creado es maravilloso, Señor, pero creo que una de las cosas más importantes es el agua. A los hombres, a los animales y a las plantas les es imprescindible para vivir. Dicen los médicos que los alimentos son más prescindibles que el agua para la supervivencia humana. Los animales se matan por el dominio de una infesta charca en un ambiente carente de agua. Las plantas mustias vuelven a su esplendor cuando se las riega.

Lógicamente no pretendo darte una lección de biología, Señor. Hoy quiero fijarme en el valor simbólico de la misma: vida. Dices a la samaritana: “… el que beba del agua que yo le daré nunca más tendrá sed: el agua que yo le daré se convertirá dentro de él en un surtidor de agua que salta hasta la vida eterna”.

Aquella mujer, en principio arrogante y desafiadora contigo, Señor, muestra una gran ansiedad en su alma. Enseguida te la abre de par en par y va corriendo a transmitir a sus paisanos el don que acabas de descubrirle. Ella buscaba el agua refrescante que apagara su sed física, pero tú le haces caer en la cuenta que era otro tipo de sed la que quería apagar: sed de ti. Nuestras almas, Dios mío, tienen una gran sequía, sin ti están desérticas. El componente espiritual del hombre, aunque algunos no quieran reconocerlo, necesita de tu agua.

Ella no fue egoísta y guardó tu agua para si sola en su cántaro, sino que enseguida se pone en marcha, una vez llenado, para compartirlo y saciar la sed de sus convecinos; ellos la vieron tan convencida que, a su vez, la creyeron.

Pero me llama la atención que tú fuiste primero el que le pediste agua a ella. Tú te quedaste sentado en el brocal del pozo esperando a que llegara ella. Pudiste haber bebido por tu cuenta, pero no quisiste. ¿Es que tienes necesidad de nosotros? ¿Tanto nos amas que sientes necesidad nuestra? Ya me doy cuenta de tu punto débil: tu amor por el hombre.

Señor, apaga mi sed. Dame de tu agua. Mi alma, como la de la samaritana, está sedienta, necesita imperiosamente apagar la sed que produce el tenerte lejos. Y estás lejos no porque tú te hayas ido, sino que, sentado junto al pozo, estás esperando que yo me acerque; estás deseoso que llegue a pedirte y una vez saciado corra a repartir mi saturación con los demás.

Perdona, Señor, mi insensatez de estar sediento y no apagarla en tu manantial, mi egoísmo al no ser más diligente en el reparto de tu agua; no me permitas el egoísmo de racionarla. Inúndanos con ese surtidor que llega hasta la vida eterna.


Pedro José Martínez Caparrós

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