lunes, 26 de junio de 2017

¡Sobredosis!


El que avisa no es traidor. Esta semana no es apta para cardiacos. Algunos podrían sufrir incluso «sobredosis». Sobredosis de santidad, es decir, de autenticidad y coherencia de vida, de amor y de humildad, de sin­ceridad y de honradez, de entrega y de generosidad… Valores tan poco frecuentes hoy, que al descubrir cómo los vivían algunos santos, tratando de imitar al Señor, muchos puedan quedar «alucinados», «tocados», «descolocados» o «fascinados»… ante su testimonio de vida.

El día 21 celebramos la fiesta de San Ramón del Monte, obispo de Barbastro, nuestro patrono aunque siga siendo el gran desconocido. Fue un gran ejemplo de amor al prójimo, de espíritu conciliador y dialogante, de una fe inquebrantable… Un santo ¾como afirma María Puértolas¾ cuyos valores siguen siendo un referente para todos los hijos del Alto Aragón. Un modelo a seguir y, aunque casi nos separen 1000 años, su figura y su legado siguen siendo únicos y están todavía vigentes. Dos días después, el 23 de junio, celebramos la fiesta del Sagrado Corazón de Jesús, que no ofrece ninguna «póliza de seguro» sino que desvela el inmenso amor que Dios nos tiene y cómo ha de estar enardecido, purificado y conformado nuestro corazón con el de Cristo. El día 24 celebramos la fiesta de la natividad de San Juan Bautista, el hombre más grande nacido de mujer, según refiere Nuestro Señor. Profeta auténtico, austero, sincero, honrado, recto, servidor insobornable de la verdad. Valores que trató de encarnar aunque le costara la vida. Tres fiestas marcadas por el «fuego del Espíritu» que enciende, purifica  y conforma nuestros corazones con el mismo Corazón de Jesús.

La «FIESTA» es la forma que tenemos las personas de exteriorizar estos valores, de expresar el gozo y la alegría interior que cada uno vive y siente. Necesitamos agradecer y celebrar la vida. ¡Qué son los sacramentos sino la celebración de los siete momentos más importantes de nuestra propia vida! Anhelamos la fiesta. No una «fiesta enlatada» sino la fiesta que emerge desde dentro, la fiesta que nos dignifica, nos humaniza y nos diviniza. Nuestros mayores que sembraron de fiestas el calendario es lo que querían hacernos entender. La vida sólo tiene pleno sentido y fecundidad en Dios. Él es quien realmente conforma nuestro modo singular de ser y nos ayuda a  «humanizar – divinizar» la vida y nuestras relaciones con los demás.

A nadie se le escapa el desconcierto, que en cualquiera de sus ámbitos, se halla sumida hoy la humanidad entera. No es extraño, por tanto, que el corazón humano se sienta interiormente, en muchas ocasiones, desorientado, amenazado, manipulado, deshabi­tado… En una palabra, triste vacío. Tal vez, una de las causas, pueda ser que el hombre ha invertido las relaciones que le vinculaban con la creación, con los demás y con Dios. Como hiciera Mosén Sol en su tiempo ―aunque para muchos pueda resultar insólito― también hoy podríamos encontrar en la adoración eucarístico-reparadora, ligada a la devoción al Corazón de Jesús, tan propia de su tiem­po, la clave para recrear a todo hombre y al hombre todo en Cristo. Él sigue siendo hoy el único que ciertamente puede restablecer la dignidad perdida, «reparar» a la humanidad caída, devolver a la tierra la caridad hurtada y hacer nuevas todas las cosas.

Hoy, igual que ayer, aunque tratemos de cambiar el nombre, la vida está marcada por dos tiempos. Para nuestros abuelos, que de ingenuos tenían poco, la vida venía sellada por Dios. Establecieron un «tiempo sagrado», de fiesta, caracterizado por el descanso dominical (donde se mudaban de ropa y se relacionaban con los demás en la casa de Dios o en la plaza del pueblo tomando el vermú), por las grandes solemnidades litúrgicas (la Inmaculada, la Navidad, la Semana Santa, la Pascua, la Ascensión, Pentecostés, la Santísima Trinidad, el Corpus Christi…) y por las fiestas patronales (San Ramón, San Mateo, San Pedro, el Santo Cristo de los Milagros, la Virgen del Pilar, el Santo Cristo y San Vicente Ferrer, etc.); frente al «tiempo profano», de trabajo, marcado por el ritmo de las cosechas. Para nuestros padres, en esta era secularizada y postmoderna, la vida viene caracterizada por la producción y el consumo donde nuestras relaciones son mucho más abundantes pero efímeras. Se establece el ritmo del «finde» (fin de semana) y de las cuatro fiestas religiosas (muchas veces descafeinadas o comercializadas) que cada comunidad autónoma autoriza en su calendario laboral. Los cinco días restantes de la semana, están marcados por un ritmo de vida tan frenético que, en no pocos casos, nos conducen al “estrés” o a la “depre”.

Tal vez pueda estar confundido pero, a medida que buceo por vuestro corazón, me asalta la duda de qué es lo que realmente nos hace más felices, más fecundos, más libres y más auténticos a los seres humanos. Sigo creyendo que, como imagen de Dios que somos, lo que verdaderamente nos construye como personas es querernos a nosotros mismos, relacionarnos con los demás, desvivirnos por ellos y juntos tratar de construir un mundo más humano y habitable donde todos descubran la dignidad de ser hijos de un mismo Padre que nos ha creado por amor y anhela que un día podamos compartir eternamente con Él su misma gloria.

Ojalá que el Corazón de Jesús nos haga entender a todos que no se puede permanecer cruzados de brazos esperando que Dios resuelva nuestros problemas sino hacer visible, como San Ramón o San Juan Bautista, el regalo que Él puso en nuestras manos: el de respetarnos, querernos y ayudarnos… Un verdadero milagro, aparentemente imperceptibles, pero que es el que cambia desde dentro el corazón de las personas y de los pueblos.

Durante estos meses de verano, aprovechando las vacaciones de los hijos que vuelven a sus pueblos de origen, se celebrarán multitud de fiestas y romerías. Disfrutad de la naturaleza y de un merecido descanso. Recread vuestra vida familiar. Aprovechad también para volver a las raíces cristianas, despertando al Dios que lleváis dentro, recitando esta hermosa y comprometida oración:

Señor,
no tienes manos,
tienes sólo nuestras manos
para construir un mundo nuevo donde habite la justicia.
Señor,
no tienes pies.
tienes sólo nuestros pies
para poner en marcha a los hombres por el camino de la libertad.
Señor,
no tienes labios.
tienes sólo nuestros labios
para proclamar al mundo la buena noticia que es tu Evangelio.
Señor,
no tienes corazón,
tienes sólo nuestra acción
para lograr que todos los hombres sean hermanos.

Con mi afecto y mi bendición,

Ángel Pérez Pueyo

Obispo Barbastro-Monzón

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