miércoles, 27 de diciembre de 2017

María se levantó y se puso en camino de prisa



Estas breves palabras del evangelista Lucas (Lc 1, 39) deberían de ser un gran ejemplo y guía de actuación para el cristiano.

María acaba de enterarse por el anuncio del ángel Gabriel que ha sido elegida para ser la Madre de Dios hecho hombre, también se entera por este mismo medio que su prima, ya fuera de tiempo para ser madre, está esperando un niño. Apenas se repone de la turbación lógica que le produce tal noticia, toma enseguida la decisión de ir a ponerse al servicio de su parienta. Su respuesta de entrega es inmediata, decidida y sin demora. Ahora me necesitas, ahora te ayudo. Este “se levantó” tiene una gran carga significativa de acción para actuar, de ponerse en movimiento en el acto para realizar algo, es la actitud  de quien se pone mano a la obra que diríamos en un lenguaje llano; y si todo esto no fuera suficiente, dice el evangelista que “se puso de camino de prisa”. Es como si pensara que el asunto no se puede dejar para después, es de inminente ejecución, de suma urgencia. Así debe ser el actuar cristiano: de servicio inmediato, sin pensárselo dos veces, de entrega sin reservas, de prestar atención con decisión pronta a quien lo necesite.

Otra posibilidad sería que María sentía prisa por felicitar a su prima, toda una vida esperando un hijo y cuando ya parecía imposible, por motivo de la edad, le llega. Aquella noticia bien valía la caminata para ir a compartir una gran alegría con su pariente. También los cristianos debemos alegrarnos con los que se alegran, debemos mostrárselo, ya que las satisfacciones compartidas son más satisfacciones. Los demás deben de darse cuenta de que sentimos y compartimos una gran alegría con sus triunfos, deben de enterarse de que no somos indiferentes a sus acontecimientos vitales, pero no para que nos lo agradezcan o por pura satisfacción propia, sino por mostrarles a los demás la complacencia de compartir sus alegrías.

También se podría interpretar que María tenía prisa por dar la noticia tan esperada y ansiada por el pueblo judío; se moría de alegría, más que por conocer que había sido elegida ella, por comunicar la Nueva Buena de que había llegado el tiempo del cumplimiento de las profecías; por ello tenía prisa, el asunto no era para menos, para anunciar que había llegado el tiempo de la plenitud. Y además ella era la seleccionada por Dios para ser la madre del eslabón de enlace entre el Antiguo y el Nuevo Testamento. Corría prisa por anunciar, de forma simbólica a su prima, a todo el universo que comenzaba el tiempo definitivo de la promesa, de la nueva y última alianza de Dios con los hombres. Y es que así debe ser el actuar del cristiano: disposición a dar a conocer a los demás el mensaje de amor, de comunicar que se ha hecho realidad lo que antes era solo esperanza, que el hombre ha sido redimido de la culpa de su pecado. Esto es algo tan grande que no podemos guardarlo para nosotros solos; no es para un grupo privilegiado, sino que es un bien universal y por ello tenemos que estar decididos a proclamarlo a los cuatro vientos, que se entere todo el mundo a fin de que todos se puedan beneficiar.

De una u otra manera o por la suma de las tres anteriores hipótesis, la realidad es que los cristianos tenemos  que tomar ejemplo de nuestra Madre. Las felicitaciones de los cristianos tienen que ser sinceras y no como un mero protocolo o rutina social. Igual que sufrimos con los que sufren, también nos tenemos que alegrar con los que se alegran y hacérselo saber. Pero sobre todo tenemos que estar prontos a proclamar a los cuatro vientos la Buena Nueva.


Pedro José Martínez Caparrós

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