jueves, 23 de marzo de 2017

Amar la vida, defenderla y cuidarla


La vida nos im­por­ta, toda la vida. En cual­quie­ra de sus tra­mos y en to­das sus cir­cuns­tan­cias. Es el don pri­me­ro que se nos da por par­te de Quien nos la re­ga­la: an­tes que cual­quier otro ta­len­to se nos en­tre­ga la exis­ten­cia como tal, con ojos abier­tos de par en par, ma­nos bus­can­do el abra­zo, y un co­ra­zón que apren­de a pal­pi­tar con los la­ti­dos que nos ha­blan por den­tro. Dios nos lla­ma así en el pri­mer ins­tan­te, nos lla­ma con­ti­nua­men­te como en el pri­mer mo­men­to. Y no deja de de­cir­nos la pa­la­bra para la que na­ci­mos, que aun sien­do siem­pre la mis­ma ja­más se re­pi­te al pro­nun­ciár­nos­la Aquel que hace to­das las co­sas sen­ci­lla­men­te di­cién­do­las. Sí, la vida im­por­ta como lo más pre­cio­so y lo más pre­cia­do por Dios que con sus ma­nos de di­vino al­fa­re­ro la for­ma del ba­rro de to­dos los tiem­pos y de to­dos los es­pa­cios ha­cien­do de cada ser una obra de arte úni­ca que lle­na de be­lle­za inimi­ta­ble y que ru­bri­ca lue­go con la fir­ma de su maes­tra au­to­ría.

Cada 21 de mar­zo da co­mien­zo ofi­cial­men­te la pri­ma­ve­ra. Pue­den que­dar atrás o guar­dar sus gua­ri­das los sig­nos del in­vierno llu­vio­so y ne­va­do que ha sido algo más hu­ra­ño con la luz del sol de ama­ne­ci­da. Pero re­sul­ta im­pa­ra­ble que la vida se haga hue­co por las es­ta­cio­nes de nues­tras cir­cuns­tan­cias con sus go­zos y sus cui­tas.

En esta pri­ma­ve­ra a flor de vida, hay una fies­ta en­tra­ña­ble para los cris­tia­nos el 25 de mar­zo: la Anun­cia­ción a Ma­ría y la En­car­na­ción del Ver­bo. El ar­cán­gel Ga­briel le tra­jo a aque­lla don­ce­lla el men­sa­je más de­ci­si­vo de toda la his­to­ria, un anun­cio que ve­nía grá­vi­do de vida, en­car­nan­do hu­ma­na­men­te a quien hizo el ser hu­mano. Un sí que pen­día en aque­llos la­bios de jo­ven mu­jer, del cual des­pués tan­to de­pen­día. Aquel sí se pro­nun­ció, te­nien­do la mis­ma pa­la­bra, idén­ti­co ar­gu­men­to, que el que Dios crea­dor uti­li­za­ra en el prin­ci­pio de las co­sas: há­ga­se, fiat. Y al igual que al prin­ci­pio todo fue he­cho des­de el há­ga­se en los la­bios crea­do­res de Dios, así aho­ra Ma­ría di­cien­do su há­ga­se, su fiat, la nue­va crea­ción lle­gó re­cién na­ci­da des­de su en­tra­ña vir­gi­nal nue­ve me­ses des­pués de ha­ber sido vir­gi­nal­men­te con­ce­bi­da. Es una re­fle­xión de pri­ma­ve­ra cre­yen­te, cuan­do la flor rom­pe su ano­ni­ma­to de se­mi­lla y bro­ta con toda su po­ten­cia chis­tán­do­nos des­pa­cio que tras ella ven­drá el fru­to siem­pre. Por­que en ese día ben­di­to, 25 de mar­zo, nue­ve me­ses an­tes de la Na­vi­dad, la Igle­sia ha que­ri­do que tam­bién ce­le­bre­mos la Jor­na­da por la Vida.

Es­ta­mos en unos tiem­pos en los que has­ta la mis­ma vida se pone en en­tre­di­cho, y los hay que una vez más es­ce­ni­fi­can la úni­ca ten­ta­ción que el hom­bre erran­te y erra­do ha sen­ti­do siem­pre: que­rer ser como Dios ju­gan­do a ser dio­ses. Les mo­les­ta la crea­ción y lle­gan a odiar­la has­ta el pun­to de que­rer per­ver­tir­la de tan­tos mo­dos en la ru­le­ta de la con­fu­sión y en la no­ria del vale todo. Es la vida la que fuer­zan con ar­ti­fi­cio ar­ti­fi­cial has­ta des­na­tu­ra­li­zar­la del todo pre­ci­pi­tan­do su or­den y su ar­mo­nía, su be­lle­za y bon­dad, su mis­mo ser tal y como fue so­ña­do y re­ga­la­do por las ma­nos crea­do­ras de su Dios crea­dor.

Este año tie­ne una par­ti­cu­la­ri­dad es­pe­cial en nues­tra ar­chi­dió­ce­sis de Ovie­do: la inau­gu­ra­ción del nue­vo Cen­tro de Orien­ta­ción Fa­mi­liar (COF). Du­ran­te años nues­tra Igle­sia en As­tu­rias ha aco­gi­do a per­so­nas que te­nían ne­ce­si­dad de ser aten­di­das en las di­fi­cul­ta­des que com­por­ta una fa­mi­lia. Es jus­to agra­de­cer la la­bor rea­li­za­da por quie­nes de modo pio­ne­ro lle­va­ron ade­lan­te esta im­pa­ga­ble la­bor con ver­da­de­ra en­tre­ga pas­to­ral y de­sin­te­re­sa­da­men­te. Como una con­ti­nua­ción se abren los lo­ca­les del COF en Ovie­do con la in­ten­ción de acom­pa­ñar no sólo la fa­mi­lia sino tam­bién la vida, es­pe­cial­men­te en los pri­me­ros mo­men­tos cuan­do ésta se ha­lle ame­na­za­da. Una bue­na no­ti­cia que nos lle­na de ale­gría y de es­pe­ran­za.

 + Fr. Je­sús Sanz Mon­tes, ofm
Ar­zo­bis­po de Ovie­do


miércoles, 22 de marzo de 2017

Respetar o ¿corregir?



-Emma, hay que respetar las creencias de los demás…

-Si eres de otra religión, eres libre, pero si dices ser católico… No lo eres. No te importan los Evangelios, no crees en la Primacía de Pedro y por tanto, te sobra la Iglesia. Dices ser una buena persona, no un pecador…  Genial, Jesús no vino por ti ni murió por ti.  

- Pues soy católica

- ¡No sé por dónde! Ser Cristiano Católico es oír la Palabra y dijo muchas cosas…
- “A los que perdonéis los pecados (habla a los Consagrados), les serán perdonados en el cielo”. No te confiesas.

- “El último será el primero y el primero será el último”. Te crees por encima de muchos.

- “Si te dan en una mejilla, pon la otra (no respondas igual)”. La devuelves, si puedes.

- “Tomad y Comed, este es mi Cuerpo… Haced esto en conmemoración Mía”. No te es prioritario ni primordial; no crees que Dios esté vivo en la Hostia. No te EMOCIONA tenerLe en ti. 
    
- “Bienaventurados los que sufren porque ellos serán consolados”. No admites el dolor ni la desgracia. No confías en Él.  

- “Lo que hagáis a los demás me lo estáis haciendo a Mí. Amaos los unos  a los otros…”. Jamás lo pensaste; ni le miras cuando pasas por “su” lado.

Ser de Dios después de venir su Hijo al mundo y conocerLe, sin su Evangelio es imposible.  (Serás judío, musulmán, protestante…).

- Yo soy buena persona…

-¡Y dale, una suerte que yo no tengo, hija! Ni a empujones entro yo por la puerta estrecha… ¡Pero amiga! Confío en Su Misericordia porque soy pecador Católico y vino por mí. 

Se oye otra voz en el grupo: “Cada uno es libre de pensar como quiera”.

- Has dado en el problema; El Evangelio no dice eso y ser Católico es “aplicarte el cuento” seriamente. Después no digas eso de Señor, Señor… Porque oiréis decir en su día: “Apartaos de Mí, no os conozco” (Mateo 7, 21-27). O te ciernes al Evangelio o simplemente no eres católico y me voy que tengo prisa.

Las caras (un cuadro)… ¿Es que no se puede hablar de Dios y corregir? Pues Él dijo que se hiciera.


 Emma Díez Lobo

martes, 21 de marzo de 2017

Ciegos que ven



Pasaba un astrónomo junto a un ciego y le echó unas monedas en el sombrero. ¿Y usted a qué se dedica? le preguntó el ciego. Yo soy astrónomo que dedico mi vida a contemplar las estrellas del firmamento. Yo también soy astrónomo, respondió el ciego.
¿Cómo es posible que usted sea astrónomo si es ciego? Sí, ya sé que usted no me va a comprender, pero yo contemplo en mi interior cada día esas estrellas y disfruto de la belleza del firmamento. No se imagine que yo me lo paso aburrido.
Hay quien no puede ver con los ojos de la cara, pero ha aprendido a ver demasiadas cosas en su interior. Es posible que no pueda ver los cuerpos físicos, pero cada moneda que suena en su sombrero le hace contemplar un corazón bondadoso y compasivo.
Hasta sabe distinguir a los que pasan a su lado.
A los que pasan indiferentes.
A los que ni le miran para nada.
A los que se detienen y meten la mano al bolsillo y dejan caer unas monedas.
No ve las monedas ni la mano que las deja caer, pero contempla el corazón que mueve esas manos y se desprende de esas monedas. Incluso hasta han aprendido a distinguir los pasos de la gente. A mí me impresionó uno que estaba sentado en una esquina por la que yo solía pasar y siempre le dejaba un Euro. Un día me dice: “Usted es bien bueno, siempre que pasa me deja algo.” ¿Cómo sabe que soy yo? Lo siento por sus pasos.
Es maravilloso ver con los ojos de la cara, pero pienso que debe ser un mundo mucho más maravillo cuando uno es capaz de ver y reconocer con los ojos del corazón. A veces me pregunto: ¿Y no será Jesús el que ve en su corazón? ¿Acaso no dijo Él que “tuve hambre, sed, desnudo…”?
J. Jáuregui


lunes, 20 de marzo de 2017

Dios y la Verdad


Es llamativa la vergüenza de muchos cristianos a la hora de hablar de Dios en nuestras conversaciones habituales. Disfrazado de respeto a la intimidad, el hecho de sacar el tema de Dios nos parece intromisión en la vida del otro.

Dios ha llegado a ser, en el lenguaje ordinario, un tema tabú, exclusivo de la conciencia individual. La Iglesia, sin embargo, nos invita a evangelizar, algo imposible si no hablamos de Dios. El Papa Francisco propone en Evangelii Gaudium el método de persona a persona: «Llevar el Evangelio a las personas que cada uno trata, tanto a los más cercanos como a los más desconocidos. Es la predicación informal que se puede realizar en medio de una conversación… Ser discípulo es tener la disposición permanente de llevar a otros el amor de Jesús y eso se produce espontáneamente en cualquier lugar: en la calle, en la plaza, en el trabajo, en un camino» (nº 127).

Hay que vencer los falsos pudores. Dios es actual, lo más actual y definitivo de la vida del hombre. «En él vivimos, existimos y somos», dice Pablo a los atenienses. Quizás nos falte la convicción de que, por nuestro medio, Dios puede llegar al otro. En el encuentro de Jesús con la samaritana, tenemos un ejemplo precioso de cómo hablar de Dios. Es un encuentro fortuito, junto al pozo de Jacob, en el camino a la aldea de Sicar. Jesús se detiene cansado junto al pozo e inicia un diálogo con una samaritana, partiendo de lo concreto e inmediato: el agua que necesita para apagar su sed. Y de lo concreto salta a lo universal y absoluto: el agua de Dios, la gracia que nos lanza a la vida eterna. No es un diálogo fácil, porque la mujer, interpelada por Jesús, tiene que reconocer que no vive en la verdad: Jesús le descubre que ha tenido cinco maridos y vive con otro que no es su marido. Aceptar este envite o desafío no fue fácil para la mujer. Pero reconoció la verdad. Y entonces la conversación tomó un cariz distinto: las cartas estaban sobre la mesa. Se comenzó a hablar de Dios sin tapujos ni máscaras. Porque Dios se convirtió en el verdadero problema moral de la mujer. Dios no en un monte sagrado ni en el pozo de Jacob. Dios estaba en la verdad de la vida. Al final, la mujer pasó de reconocer que Jesús era un profeta a confesarlo como Mesías. Y de retorno a su pueblo, se convirtió en una misionera de Cristo con un sencillo argumento: «Me ha dicho todo lo que he hecho».

Este evangelio ofrece una clave esencial para el diálogo sobre Dios, a saber, que Dios afecta a la vida personal. Quizás sea este el motivo por el que no nos atrevemos a hablar de Dios, porque le dejamos al margen de la vida diaria. Dios nos compromete hasta la médula. Si es Dios, tiene derecho a regir nuestra existencia. Y, si no aceptamos este presupuesto —lo que Jesús llama adorar a Dios en la verdad— nuestro diálogo con Dios y sobre Dios es pura comedia. Mientras la samaritana discute con Jesús sobre quién de los dos puede sacar agua del pozo, no sucede nada. Cuando Jesús, sin embargo, le pone el dedo en la llaga, y lo hace con una exquisita delicadeza, todo se vuelve trascendente. Ya no se trata de si los judíos y los samaritanos compiten sobre el verdadero monte donde dar culto a Dios; se trata de si la samaritana vive o no conforme a la verdad de Dios. Este evangelio pone de manifiesto que Dios es lo más real de cuanto existe, porque determina que una vida sea verdadera o falsa.

Es evidente que para dialogar así sobre Dios se necesitan dos convicciones: creer que Dios es más grande que nuestras ideas sobre él, y no tener miedo a proponerlo a los demás como Aquel que conoce nuestros entresijos vitales y se sirve de nosotros para conducir a la fe.

+ César Franco
Obispo de Segovia.


domingo, 19 de marzo de 2017

Agua vivificadora


Todo lo que has creado es maravilloso, Señor, pero creo que una de las cosas más importantes es el agua. A los hombres, a los animales y a las plantas les es imprescindible para vivir. Dicen los médicos que los alimentos son más prescindibles que el agua para la supervivencia humana. Los animales se matan por el dominio de una infesta charca en un ambiente carente de agua. Las plantas mustias vuelven a su esplendor cuando se las riega.

Lógicamente no pretendo darte una lección de biología, Señor. Hoy quiero fijarme en el valor simbólico de la misma: vida. Dices a la samaritana: “… el que beba del agua que yo le daré nunca más tendrá sed: el agua que yo le daré se convertirá dentro de él en un surtidor de agua que salta hasta la vida eterna”.

Aquella mujer, en principio arrogante y desafiadora contigo, Señor, muestra una gran ansiedad en su alma. Enseguida te la abre de par en par y va corriendo a transmitir a sus paisanos el don que acabas de descubrirle. Ella buscaba el agua refrescante que apagara su sed física, pero tú le haces caer en la cuenta que era otro tipo de sed la que quería apagar: sed de ti. Nuestras almas, Dios mío, tienen una gran sequía, sin ti están desérticas. El componente espiritual del hombre, aunque algunos no quieran reconocerlo, necesita de tu agua.

Ella no fue egoísta y guardó tu agua para si sola en su cántaro, sino que enseguida se pone en marcha, una vez llenado, para compartirlo y saciar la sed de sus convecinos; ellos la vieron tan convencida que, a su vez, la creyeron.

Pero me llama la atención que tú fuiste primero el que le pediste agua a ella. Tú te quedaste sentado en el brocal del pozo esperando a que llegara ella. Pudiste haber bebido por tu cuenta, pero no quisiste. ¿Es que tienes necesidad de nosotros? ¿Tanto nos amas que sientes necesidad nuestra? Ya me doy cuenta de tu punto débil: tu amor por el hombre.

Señor, apaga mi sed. Dame de tu agua. Mi alma, como la de la samaritana, está sedienta, necesita imperiosamente apagar la sed que produce el tenerte lejos. Y estás lejos no porque tú te hayas ido, sino que, sentado junto al pozo, estás esperando que yo me acerque; estás deseoso que llegue a pedirte y una vez saciado corra a repartir mi saturación con los demás.

Perdona, Señor, mi insensatez de estar sediento y no apagarla en tu manantial, mi egoísmo al no ser más diligente en el reparto de tu agua; no me permitas el egoísmo de racionarla. Inúndanos con ese surtidor que llega hasta la vida eterna.


Pedro José Martínez Caparrós

sábado, 18 de marzo de 2017

III Domingo de Cuaresma


Conocer el don de Dios: el Espíritu santo

El compromiso cuaresmal implica, entre sus objetivos más importantes, conocer mejor el don de Dios y examinar la acogida que le estamos haciendo. Es un conocimiento que debe llenarnos de una alegría dinámica, que inspire y mueva toda la vida cristiana, como enseñó Jesús en la parábola del tesoro escondido (Mt 13,44). En la fiesta de Pascua agradeceremos este don de Dios, pero es necesario que previamente profundicemos en su conocimiento.
A esto nos invita la liturgia de hoy: «Si conocieras el don de Dios y quién es el que te pide de beber, le pedirías tú, y él te daría agua viva... el agua que yo le daré se convertirá dentro de él en un surtidor de agua que salta hasta la vida eterna.» En otro lugar nos  aclara cuál es este don que mana hasta la vida eterna, el Espíritu Santo, fruto de su resurrección: «  El último día de la fiesta, el más solemne, Jesús puesto en pie, gritó: “Si alguno tiene sed, venga a mí, y beba el que crea en mí”, como dice la Escritura: De su seno correrán ríos de agua viva. Esto lo decía refiriéndose al Espíritu que iban a recibir los que creyeran en él. Porque aún no había Espíritu, pues todavía Jesús no había sido glorificado. » (Jn 7,37-39).
        La segunda lectura abunda en esta idea: El amor de Dios ha sido derramado en nosotros con el Espíritu Santo que se nos ha dado,  es decir, gracias a la muerte de Cristo, en el bautismo hemos recibido el Espíritu que ha transformado nuestro corazón haciéndolo partícipe del amor de Dios.  Participamos el ADN divino. Somos hijos de Dios. El Espíritu Santo nos da nueva vida y nos capacita para vivir de acuerdo con ella. No nos saca de este mundo, pues la nueva vida hay que vivirla entre los hombres, humanizando la historia humana. En esta tarea el Espíritu es manantial permanente que ilumina y fortalece para las tareas que hay que desarrollar en las diversas facetas de la vida. Esto da sentido a nuestra vida, sabiendo de dónde venimos y a dónde vamos, incluso en las dificultades propias de toda existencia humana, porque Dios hace cooperar todas las cosas para el bien de los que le aman (Rom 8,28). Esta es el agua que verdaderamente sacia la sed existencial que tiene el ser humano, sediento de felicidad y murmurando frecuentemente por ella (primera lectura).
De esta forma la vida cristiana tiene carácter cultual, propia de verdaderos adoradores que adoran a Dios en Espíritu y verdad. Realmente lo que Dios espera de cada uno es nuestro amor, y esto lo podemos realizar porque el Espíritu  nos capacita para vivir una existencia dedicada a la verdad,  es decir, a hacer la voluntad de Dios, trabajando por el bien de los hermanos.
La Eucaristía es el acto principal del pueblo cristiano, pueblo sacerdotal, en el que realiza su culto en Espíritu y verdad. En ella hay dos peticiones importantes al Espíritu Santo (epíklesis), en la primera le pedimos que haga presente la ofrenda existencial de Jesús, transformando el pan y el vino en el Cuerpo y la Sangre de Jesús, en la segunda le pedimos que una a ella a todos los presentes que quieran participar.

D. Antonio Rodríguez Carmona

viernes, 17 de marzo de 2017

La Samaritana



Lo más impresionante de esta mujer “La Samaritana” es su capacidad de evangelizar de forma auténtica. “Ya no creemos por lo que tú nos has dicho, sino por lo que nosotros mismos hemos descubierto en él”

Hasta no hace mucho había frente al Seminario de Zaragoza, una fuente con una imagen de la Samaritana. Dudo mucho que los curas que pasaron frente a ella, viesen en ella un ejemplo de persona evangelizadora. Seguramente, que pesó más en su contra sus irregularidades matrimoniales. Pero aquella mujer puso a sus convecinos en contacto con Jesús, no con teologías, ni ritos.

Nosotros cacareamos más que la gallina turuleta, pero no somos capaces de acertar. Aferrados a lo de siempre, no somos capaces de poner ni siquiera a los nuestros en contacto con Jesús. Pues muchos de los que cacarean todo lo que se hacía aquí en la Iglesia en otros tiempos, no han sido capaces de arrastrar ni siquiera a los de su casa a Jesús, más bien parece que les han ayudado a alejarse de él.

Imitemos a Jesús y a la Samaritana para, sin dar la paliza, poner a la gente en contacto con Jesús. Y si lo hacemos y un día nos dicen: “eres un sol” creéroslo, porque les habéis dado una luz y un calor que les ayudaran como nada en su vida.


J. Jauregui

jueves, 16 de marzo de 2017

Día del Seminario




Ce­le­bra­mos, como to­dos los años, el Día del Se­mi­na­rio, “co­ra­zón de la dió­ce­sis”, como le lla­mó el Con­ci­lio Va­ti­cano II. El Se­mi­na­rio es la ins­ti­tu­ción que la Igle­sia uti­li­za para que siga ha­bien­do sa­cer­do­tes. Una ins­ti­tu­ción ecle­sial ver­da­de­ra­men­te en­tra­ña­ble en la que nos sen­ti­mos im­pli­ca­dos toda la Igle­sia dio­ce­sa­na y que de­bie­ra cons­ti­tuir una so­li­ci­tud y una preo­cu­pa­ción co­mún de to­dos: sa­cer­do­tes, re­li­gio­sos, re­li­gio­sas y fie­les cris­tia­nos lai­cos. El por­ve­nir re­li­gio­so de una dió­ce­sis de­pen­de en gran par­te del Se­mi­na­rio dio­ce­sano, sen­ci­lla­men­te por­que la vi­ta­li­dad es­pi­ri­tual de ella de­pen­de de que ten­ga sa­cer­do­tes.

Na­die de la Igle­sia de­be­ría sen­tir­se ajeno al Se­mi­na­rio, que tie­ne la de­li­ca­dí­si­ma res­pon­sa­bi­li­dad de aco­ger, se­lec­cio­nar, for­mar, fruc­ti­fi­car las vo­ca­cio­nes sa­cer­do­ta­les, pro­ble­ma ca­pi­tal de la Igle­sia de nues­tro tiem­po. En el Se­mi­na­rio te­ne­mos pues­tas nues­tras es­pe­ran­zas por­que en él se for­man los que han sido lla­ma­dos por Dios al sa­cer­do­cio, para que pue­dan lle­gar a ser, por el Sa­cra­men­to del Or­den, ima­gen viva, pre­sen­cia sa­cra­men­tal, de Je­su­cris­to, Sa­cer­do­te, Buen Pas­tor que ha ve­ni­do al mun­do para dar su vida por to­dos los hom­bres, para que to­dos ten­gan vida.

¿Qué se­ría del mun­do sin Je­su­cris­to? ¿Qué se­ría del mun­do sin sa­cer­do­tes, ele­gi­dos, lla­ma­dos y con­sa­gra­dos para lle­var a Cris­to a los hom­bres, para que los hom­bres crean y vi­van por Él? Si des­a­pa­re­cie­ra el sa­cer­do­cio, to­da­vía po­dría se­guir exis­tien­do la fe, pero len­ta­men­te se ex­tin­gui­ría en una ago­nía im­pla­ca­ble la ri­que­za es­pi­ri­tual an­tes exis­ten­te en una co­mu­ni­dad de­ter­mi­na­da. Los sa­cer­do­tes, por ello, son es­pe­ran­za fun­da­men­tal para la Igle­sia y el mun­do de ma­ña­na.

Con esta Jor­na­da se in­ten­ta sen­si­bi­li­zar­nos a to­dos so­bre la reali­dad, ne­ce­si­dad y sen­ti­do de las vo­ca­cio­nes sa­cer­do­ta­les y del Se­mi­na­rio. Es una ta­rea muy cru­cial y una prio­ri­dad muy im­por­tan­te y prin­ci­pa­lí­si­ma para la vida y fu­tu­ro de la Igle­sia. La Igle­sia del ma­ña­na pasa a tra­vés de los se­mi­na­rios de hoy. Con el pa­sar del tiem­po, la res­pon­sa­bi­li­dad pas­to­ral ya no será nues­tra, pero aho­ra sí es nues­tra y nos obli­ga. Cum­plir­la con celo es un gran acto de amor ha­cia la grey. Aten­der con ver­da­de­ra aten­ción y to­tal so­li­ci­tud al Se­mi­na­rio y a todo lo re­la­cio­na­do con él, cui­dar de que haya vo­ca­cio­nes y cul­ti­var­las es el me­jor ser­vi­cio a la Igle­sia de ma­ña­na.

Por ello, con esta jor­na­da o “Día del Se­mi­na­rio” se pre­ten­de que toda la co­mu­ni­dad dio­ce­sa­na, y la so­cie­dad en ge­ne­ral, se acer­que afec­ti­va y efec­ti­va­men­te al Se­mi­na­rio Dio­ce­sano. Que se pro­mue­van nue­vas vo­ca­cio­nes sa­cer­do­ta­les en­tre los miem­bros más jó­ve­nes de nues­tra Igle­sia y que toda la Dió­ce­sis sien­ta su pro­pia res­pon­sa­bi­li­dad so­bre las vo­ca­cio­nes sa­cer­do­ta­les.

El pro­ble­ma de las vo­ca­cio­nes sa­cer­do­ta­les es pro­ble­ma fun­da­men­tal de la Igle­sia; es con­di­ción esen­cial para la vida de la Igle­sia, de su mi­sión y de su desa­rro­llo; es una com­pro­ba­ción de su vi­ta­li­dad es­pi­ri­tual y es la con­di­ción mis­ma de esta vi­ta­li­dad, signo inequí­vo­co de su sa­lud in­te­rior en un país.

Para ha­cer­les aco­ger con en­tu­sias­mo a los jó­ve­nes el don y la gra­cia de la lla­ma­da que Dios les di­ri­ge a ser sa­cer­do­tes es ne­ce­sa­rio que este ideal se les pre­sen­te en su au­tén­ti­ca reali­dad y con to­das sus se­ve­ras exi­gen­cias como do­na­ción to­tal de sí al amor de Cris­to (cf. Mt 12, 29) y como con­sa­gra­ción irre­vo­ca­ble al ser­vi­cio ex­clu­si­vo del Evan­ge­lio. Y para con­se­guir esto, el tes­ti­mo­nio de un sa­cer­do­cio ejem­plar vi­vi­do, o el va­lor de una vida re­li­gio­sa que se mues­tra en con­cre­to en las dis­tin­tas ins­ti­tu­cio­nes re­co­no­ci­das por la Igle­sia, tie­ne un peso con­si­de­ra­ble, más aún, pre­pon­de­ran­te. Una co­mu­ni­dad que no vive ge­ne­ro­sa­men­te se­gún el Evan­ge­lio no pue­de ser sino una co­mu­ni­dad po­bre en vo­ca­cio­nes.

Nues­tra Dió­ce­sis, gra­cias a Dios, ha sido y está sien­do ben­de­ci­da por bas­tan­tes vo­ca­cio­nes en un tiem­po apa­ren­te­men­te de “se­quía” vo­ca­cio­nal. Se­ñal de que Dios, al mis­mo tiem­po, la está tam­bién en­ri­que­cien­do en vida teo­lo­gal y cris­tia­na, con sa­cer­do­tes ejem­pla­res y con co­mu­ni­da­des cris­tia­nas vi­vas, don­de “se tie­ne des­pier­ta la fe y se man­tie­ne el amor de Dios”, don­de se hace po­si­ble el en­cuen­tro con el Se­ñor, se en­se­ña a orar y a man­te­ner el “tra­to de amis­tad con Él”, el Tú a tú que les lle­ve a los jó­ve­nes a de­cir: “Se­ñor, ¿qué quie­res que haga?”.

Es esta una res­pon­sa­bi­li­dad gran­de que tie­ne nues­tra Dió­ce­sis si con tan­ta ge­ne­ro­si­dad ha sido ben­de­ci­da por Dios, con no me­nor res­pon­sa­bi­li­dad es­ta­mos lla­ma­dos to­dos a con­ti­nuar for­ta­le­cien­do esa vi­ta­li­dad cris­tia­na de nues­tras co­mu­ni­da­des y a pro­se­guir me­jo­ran­do sin ce­sar la ca­li­dad de nues­tro Se­mi­na­rio dio­ce­sano. No po­de­mos en­te­rrar el “de­na­rio” que el Se­ñor nos ha en­tre­ga­do; es ne­ce­sa­rio que lo ha­ga­mos fruc­ti­fi­car, que lo acre­cen­te­mos con nue­vas y abun­dan­tes vo­ca­cio­nes al ser­vi­cio de la Igle­sia dio­ce­sa­na, o de otras igle­sias, sen­ci­lla­men­te, al ser­vi­cio de la Igle­sia una, úni­ca y uni­ver­sal. Si re­ci­bi­mos es para dar. Cuan­to más de­mos más es­ta­re­mos for­ta­le­ci­dos. Nues­tra dió­ce­sis, como todo en la Igle­sia, es ser mi­sio­ne­ra, com­par­ti­do­ra de los bie­nes que re­ci­be. No po­de­mos que­dar­nos au­to­com­pla­ci­dos por­que ten­ga­mos mu­chos y ejem­pla­res sa­cer­do­tes, abun­dan­tes vo­ca­cio­nes, un gran Se­mi­na­rio.

Por otra par­te, pen­san­do en nues­tra Dió­ce­sis, es pre­ci­so que, sin ser pe­si­mis­tas, ten­ga­mos muy en cuen­ta los tiem­pos que se nos ave­ci­nan: la se­cu­la­ri­za­ción y la des­cris­tia­ni­za­ción ya nos to­can, y con fuer­za; va­mos a ex­pe­ri­men­tar, sin duda, cam­bios im­por­tan­tes en la po­bla­ción. Todo ello re­cla­ma que es­te­mos pre­pa­ra­dos para los gran­des e im­por­tan­tes re­tos que se nos ave­ci­nan, que va­mos a te­ner de­lan­te de no­so­tros en un fu­tu­ro tal vez no le­jano. ¿Qué ha­re­mos en­ton­ces si no he­mos pre­pa­ra­do ese mo­men­to con nue­vas vo­ca­cio­nes sa­cer­do­ta­les ca­pa­ces de res­pon­der a la ur­gen­cia evan­ge­li­za­do­ra?

No ol­vi­de­mos algo ele­men­tal, pero, por ello mis­mo, bá­si­co e im­pres­cin­di­ble. La vo­ca­ción es don de Dios, ini­cia­ti­va de Dios, gra­cia suya. Es ne­ce­sa­rio pe­dir­la. Es pre­ci­so que in­ten­si­fi­que­mos la ora­ción por las vo­ca­cio­nes: que ha­ga­mos pre­ces en to­das las Eu­ca­ris­tías que se ce­le­bren en nues­tra Dió­ce­sis; que ofrez­ca­mos fre­cuen­te­men­te la San­ta Misa por las vo­ca­cio­nes; que pro­pi­cie­mos en­cuen­tros, vi­gi­lias de ora­ción, mo­men­tos de ado­ra­ción del San­tí­si­mo Sa­cra­men­to para su­pli­car por las vo­ca­cio­nes.


+ An­to­nio Ca­ñi­za­res Llo­ve­ra
Ar­zo­bis­po de Va­len­cia

martes, 14 de marzo de 2017

Hambre de Dios


Deseo que sea una me­di­ta­ción, que nos ayu­de en esa con­ver­sión que nos pide el Se­ñor para po­der rea­li­zar el tra­ba­jo de la mi­sión que, como Igle­sia de Je­su­cris­to, te­ne­mos que ha­cer. El gri­to del cie­go de Je­ri­có para que lo aten­die­se el Se­ñor es el gri­to que todo ser hu­mano, cons­cien­te o in­cons­cien­te­men­te, da en su vida: tie­ne ne­ce­si­dad de la cer­ca­nía de Dios. Aun­que mu­chas ve­ces ni sepa quién es o no ten­ga no­ti­cia de Él, sien­te ne­ce­si­dad de Al­guien que le quie­ra in­con­di­cio­nal­men­te; por eso gri­ta y gri­ta y no para has­ta que Dios se acer­ca a su vida y ex­pe­ri­men­ta su amor. El ser hu­mano no pue­de vi­vir sin el amor más gran­de. Y ese so­la­men­te lo pue­de dar Dios. Aque­lla cer­ca­nía de Je­sús, que le dijo al cie­go: «¿Qué quie­res que haga por ti?», es la que ne­ce­si­ta todo ser hu­mano.
Es ver­dad que el ser hu­mano qui­zá se hace otros dio­ses que no son el Dios ver­da­de­ro, pero todo hom­bre que vie­ne a este mun­do, en lo más pro­fun­do de su co­ra­zón, ba­rrun­ta la ne­ce­si­dad de Dios. Hará un dios del di­ne­ro, de unas ideas, etc., pero siem­pre ten­drá un Dios. A la lar­ga verá que, si se deja que­rer por el dios cons­trui­do por los hom­bres, sen­ti­rá la so­le­dad más gran­de. No le vale cual­quier dios para lle­nar su co­ra­zón y cu­rar las he­ri­das que tie­ne y que por sus pro­pias fuer­zas no pue­de cu­rar. No pue­de cu­rar un dios que él mis­mo se cons­tru­ye o re­co­ge, pero que no ma­ni­fies­ta ni le en­tre­ga lo que ne­ce­si­ta el ser hu­mano para vi­vir en ple­ni­tud. Las pa­la­bras del cie­go de Je­ri­có son las que todo ser hu­mano dice de una ma­ne­ra u otra: «¡Je­sús, hijo de Da­vid, ten com­pa­sión de mí!». Ne­ce­si­ta­mos sen­tir que al­guien nos ama, nos hace, nos cons­tru­ye, nos alien­ta, nos da fe­li­ci­dad, nos hace ser, nos da se­gu­ri­dad y fir­me­za, nos da pre­sen­te y fu­tu­ro. La com­pa­sión que pide el cie­go de Je­ri­có es que Je­sús ten­ga pa­sión por su per­so­na; que lo aco­ja, le dé su gra­cia y su amor; que le dé su luz, le qui­te la os­cu­ri­dad en la que vive y le dé alien­to y fun­da­men­tos. Esto es lo que ne­ce­si­ta todo ser hu­mano.
Aque­lla pro­pues­ta de Je­sús a los dis­cí­pu­los de «Id y anun­ciad el Evan­ge­lio» es un im­pe­ra­ti­vo para la Igle­sia. Con­ven­ci­dos de la ne­ce­si­dad de nues­tra mi­sión, he­mos ini­cia­do el ca­mino cua­res­mal, que lo es de con­ver­sión, de se­gui­mien­to al Se­ñor, de en­cuen­tro con Él, de es­pe­ran­za. El Se­ñor nos ha lla­ma­do para una mi­sión fun­da­men­tal, sin la que el ser hu­mano no pue­de vi­vir. Nos ha di­cho: «Se­réis mis tes­ti­gos». He­mos de es­tar dis­po­ni­bles para esta ta­rea. Je­su­cris­to, que es Amor, dona al hom­bre la ple­na fa­mi­lia­ri­dad con la ver­dad y nos in­vi­ta a vi­vir con­ti­nua­men­te en ella. Es una ver­dad que es su mis­ma Vida, que con­for­ma al hom­bre. Fue­ra de esa ver­dad, es­ta­mos per­di­dos y te­ne­mos ne­ce­si­dad de gri­tar: «¡Je­sús, hijo de Da­vid, ten com­pa­sión de mí!».
¡Qué fuer­za tie­ne la pre­sen­cia del Se­ñor jun­to al cie­go de Je­ri­có! La pre­sen­cia del Amor y la Ver­dad im­pul­sa la in­te­li­gen­cia hu­ma­na ha­cia ho­ri­zon­tes inex­plo­ra­dos. Je­su­cris­to atrae ha­cia sí el co­ra­zón de todo ser hu­mano, lo di­la­ta, lo col­ma de ale­gría, de paz, de ini­cia­ti­vas que bus­can el desa­rro­llo de los hom­bres. Es im­pre­sio­nan­te com­pro­bar que la ver­dad de Cris­to, en cuan­to toca a cada per­so­na que bus­ca siem­pre la ale­gría, la fe­li­ci­dad y el sen­ti­do, su­pera cual­quier otra ver­dad que la ra­zón pue­da en­con­trar. ¡Qué com­pro­ba­ción más evi­den­te ha­ce­mos en este en­cuen­tro con el cie­go! La Ver­dad, que es Cris­to, nos bus­ca. He­mos de de­cir a los hom­bres que se de­jen in­ter­pe­lar por Aquel que se acer­ca a sus vi­das.
Las pa­la­bras de san Juan Pa­blo II a las que alu­día an­tes son es­tas: «El hom­bre no pue­de vi­vir sin amor. Él per­ma­ne­ce para sí mis­mo un ser in­com­pren­si­ble, su vida está pri­va­da de sen­ti­do si no se le re­ve­la el amor, si no se en­cuen­tra con el amor, si no lo ex­pe­ri­men­ta y lo hace pro­pio, si no par­ti­ci­pa en él vi­va­men­te. Por esto pre­ci­sa­men­te, Cris­to Re­den­tor, como se ha di­cho an­te­rior­men­te, re­ve­la ple­na­men­te el hom­bre al mis­mo hom­bre. Tal es –si se pue­de ex­pre­sar así– la di­men­sión hu­ma­na del mis­te­rio de la Re­den­ción» (RH 10a). Pre­ci­sa­men­te por eso te pro­pon­go en este iti­ne­ra­rio cua­res­mal que vi­vas así:
1. Vive en amor a la Ver­dad y al Amor: son como dos ca­ras de ese don in­men­so que vie­ne de Dios y que se ha ma­ni­fes­ta­do y re­ve­la­do en Je­su­cris­to. Sa­be­mos que el hom­bre no pue­de vi­vir sin amor. Por eso pro­po­ne­mos la per­so­na de Je­su­cris­to, pues la ca­ri­dad en la ver­dad, de la que Je­su­cris­to se ha he­cho tes­ti­go con su vida te­rre­nal y, so­bre todo, con su muer­te y re­su­rrec­ción, es la prin­ci­pal fuer­za im­pul­so­ra del au­tén­ti­co desa­rro­llo de cada per­so­na y de toda la hu­ma­ni­dad.
2. Vive en el com­pro­mi­so que en­gen­dra el Amor y la Ver­dad: el Amor tie­ne su ori­gen en Dios y siem­pre mue­ve a la per­so­na a com­pro­me­ter­se con va­len­tía en cons­truir su vida y la de los de­más dan­do ros­tro a Je­su­cris­to. So­la­men­te se­re­mos tes­ti­gos si vi­vi­mos en el amor. ¡Qué be­lle­za tie­ne el co­ra­zón de la vida cris­tia­na que es el Amor! Qui­zá la res­pues­ta más ade­cua­da para la pre­gun­ta que hizo el Se­ñor al cie­go de na­ci­mien­to, –«¿Qué quie­res que haga por ti?»– sea ir re­co­rrien­do lo que el Se­ñor res­pon­de en la pa­rá­bo­la del buen sa­ma­ri­tano a la pre­gun­ta de «¿Quién es mi pró­ji­mo?». El Se­ñor in­vier­te la pre­gun­ta, mos­tran­do con el re­la­to cómo, cada uno de no­so­tros, de­be­mos con­ver­tir­nos en pró­ji­mos del otro: «Vete y haz tú lo mis­mo».
3. Vive en me­dio de las di­fi­cul­ta­des que sur­gen para es­tar en la Ver­dad y el Amor: re­cuer­da aque­llas pa­la­bras del cie­go de na­ci­mien­to: «Los que iban de­lan­te lo re­ga­ña­ban para que se ca­lla­ra, pero él gri­ta­ba más fuer­te: “¡Hijo de Da­vid, ten com­pa­sión de mí!”». Pero, como hizo Je­su­cris­to, con su ayu­da, su gra­cia y su amor, de­rri­ba los mu­ros que im­pi­den el en­cuen­tro con Dios. Esas di­fi­cul­ta­des que no per­mi­ten des­cu­brir la gran­de­za de nues­tra vida, vie­nen de den­tro y de fue­ra. Es ver­dad que es­tán nues­tros pe­ca­dos, que tam­bién nos im­pi­den ver quié­nes so­mos y com­por­tar­nos como ta­les, pero tam­bién hay di­fi­cul­ta­des de fue­ra como las que en­cuen­tra el cie­go. Como nos dice el Se­ñor en el Evan­ge­lio es ur­gen­te «ser sus tes­ti­gos». El hom­bre tie­ne sed y ham­bre de Dios.
Este mo­men­to de la his­to­ria es de ham­bre de Dios. Tú tam­bién la sien­tes, tie­nes va­cíos in­men­sos. Si eres hon­ra­do en ver tu ver­dad, los des­cu­bri­rás pal­pa­ble­men­te. Se quie­re sa­ciar de ma­ne­ras muy di­ver­sas, que a ve­ces nos ha­cen creer que Dios no es ne­ce­sa­rio. No nos en­ga­ñe­mos. En lo más pro­fun­do del ser hu­mano, en el nú­cleo de su exis­ten­cia, hay una ne­ce­si­dad im­pe­rio­sa de Dios; es­ta­mos di­se­ña­dos por Dios mis­mo y Él ha im­pre­so una ma­ne­ra de ser y de com­por­tar­nos a su ima­gen y se­me­jan­za. Cuan­do ha­ce­mos otra cosa ni es­ta­mos a gus­to con no­so­tros mis­mos, ni ha­ce­mos fe­li­ces a los de­más. Es­ta­mos crea­dos se­gún Dios y te­ne­mos una ta­rea y una mi­sión que Dios im­pri­mió en nues­tra vida de tal ma­ne­ra que siem­pre as­pi­ra­mos a vi­vir en ella. Como can­tan los mon­jes en los mo­nas­te­rios: «Ve­nid, ado­re­mos al Se­ñor, que nos ha crea­do». Es­tas pa­la­bras en­cie­rran una ver­dad y una sa­bi­du­ría in­men­sa. Sal­ga­mos a la mi­sión y qui­te­mos de la vida de los hom­bres las di­fi­cul­ta­des que im­pi­den el en­cuen­tro con Dios, las de den­tro –el pe­ca­do– y las de fue­ra, que os­cu­re­cen la pre­sen­cia de una Igle­sia que es Cuer­po de Cris­to, ex­pre­sión de su amor. Sal­ga­mos a la mi­sión. Para ello ne­ce­si­ta­mos de la gra­cia de la con­ver­sión.
+Car­los Card. Oso­ro Sie­rra,
Ar­zo­bis­po de Ma­drid


lunes, 13 de marzo de 2017

Transfiguración

  



        Hay un momento en la vida de Jesús en el que se despoja de su humanidad y, para alimentar nuestra fe y esperanza, nos da una pequeña visión de su divinidad y de lo que será después de esta vida. Seis días antes había desorientado a los suyos anunciándoles su pasión; los dejó decaídos y confusos. Seis días después quiere inyectarles algo de moral y se transfigura, les hace ver un pequeño adelanto de lo que nosotros llamamos cielo resurrección: su rostro resplandecía como el sol. Anuncia por anticipado la muerte de nuestro hombre viejo, contrario a la Ley ‒Moisés‒ y a los profetas ‒Elías‒ y nos visiona, por así decirlo, un adelanto de lo que será esa borrosa segunda vida. Para terminar de embelesarnos más ‒representados en Pedro, Juan y Santiago‒ la confusa imagen una voz ‒la del Padre‒ desde la nube decía “Este es mi Hijo amado”. La escena es un claro símbolo de lo que será nuestra resurrección.

        Tal fue la visión que el impetuoso Pedro, saliendo del aturdimiento y casi sin saber lo que decía, le propone a Jesús: “Señor, ¡qué bueno es que estemos aquí! Si quieres, haré tres tiendas: una para ti, otra para Moisés y otra para Elías”.

        Lo curioso, y que debe ser guía y ejemplo para el cristiano, es que Pedro se olvida de él mismo. Da igual que sea consciente o no de sus palabras,  lo importante es que nos anuncia y transmite el mensaje evangélico. Es necesario que nos olvidemos de nosotros mismos, nuestro puesto siempre tiene que estar en un tercer lugar: primero Dios, después los otros y por último nosotros. Es el meollo de nuestra doctrina, Evangelio. Así nos lo recalcó en infinidad de ocasiones mientras anduvo como uno más  de nosotros en esta tierra.

        Mas aquello solo era un anticipo de lo que nos ocurrirá en la vida futura, aún no había llegado la hora y por eso Jesús los despierta del sueño: “tocándolos les dijo: «Levantaos, no temáis»”. Ese toque de Él es lo que nos hace salir del sueño y letargo diarios y nos levanta el ánimo para seguir adelante sin miedo. Solos andamos asustados, pero con su divino toque seremos capaces de mantenernos en esa línea que nos marcó. ¡Ah!, y cada cosa en su momento. Prudencia, no adelantemos acontecimientos: “No comentéis a nadie la visión hasta que el Hijo del hombre resucite de entre los muertos”. Algo así como si nos dijera, fuera ensueños, aún no habéis conseguido nada, tenéis que ganároslo, habéis de trabajar más que hablar, más buenas obras y menos palabras.


Pedo José Martínez Caparrós

viernes, 10 de marzo de 2017

II Domingo de Cuaresma



Conocer apasionadamente a cristo resucitado

        La lógica de la liturgia no es lineal sino cíclica. No basta con exponer un tema una vez, hay que hacerlo varias veces, pero variando el punto de vista y los subrayados. El domingo pasado se nos invitaba a conocernos a la luz de Cristo resucitado, este domingo se subraya el segundo elemento: conocer la gloria de Cristo resucitado para compartirla. El Evangelio contiene dos ideas centrales: Cristo resucitado y la invitación del Padre a escucharlo.

        Jesús en su transfiguración ofrece un adelanto a tres discípulos de lo que será la meta del camino que ha emprendido y que pasa por la muerte: resucitar para compartir la gloria de Dios. Es una meta que está de acuerdo con la Ley y los Profetas, como testifica la presencia de Moisés y Elías, representantes del AT. La visión entusiasmó a los tres testigos presentes, hasta tal punto de que propusieron perpetuar la experiencia quedándose a vivir allí. Fue una experiencia similar a la que tuvo Saulo en las puertas de Damasco y lo convirtió en discípulo que lo deja todo para conseguir compartir plenamente la resurrección de Jesús (Flp 3,7-11).
  
        Jesús de Nazaret, como nuevo Adán, se solidarizó con la humanidad  caída, echó sobre sí el pecado del mundo y se convirtió en nuestro representante ante Dios. Toda su vida fue una entrega a la voluntad del Padre por amor, proclamando el reino que Dios Padre quiere empezar a instaurar. Por eso murió. Por eso, cuando el Padre lo resucita, por una parte, confirma todo su mensaje sobre el reino de Dios y, por otra, glorifica su humanidad con todos los que representa. Así, en la resurrección de Cristo, todos hemos resucitado virtualmente, es decir, tenemos derecho a resucitar con la condición de aceptarlo a él y vivir su camino (segunda lectura). De esta forma Cristo resucitado está en el origen de la fe cristiana y en su meta. 

La religión cristiana es la aceptación apasionada de una persona, no como mero maestro de vida, que lo es, sino por la salvación que ofrece en su misma persona. El amor a Cristo y la unión con él es fundamental. Cristiano es seguidor de Cristo resucitado. Hay una moral, pero esto es una consecuencia. De aquí la importancia que tiene en la iniciación cristiana el conocer a Jesús como salvador. Es la primera tarea que nos recuerda la Cuaresma: profundizar en el conocimiento y en la amistad de  Jesús, mediante la oración, audición de la palabra de Dios y su imitación en la vida de cada día.

        El segundo centro del Evangelio son las palabras del Padre: Este es mi Hijo amado, escuchadlo.  ¿Escuchar qué? Lo que nos ha narrado el evangelista desde 16,21ss: anuncio de muerte y resurrección de Jesús, invitación a negarse a sí mismo, tomar la cruz y seguir a Jesús, lo que equivale a vivir de espaldas a lo culturalmente correcto; cuando venga Jesús en la gloria del Padre como juez, juzgará con este criterio. Algunos de los presentes tendrán una prueba antes de morir de la gloria futura de Jesús. La tuvieron seis días después Pedro, Santiago y Juan. Escuchar a Jesús es vivir como él. Esto es la moral cristiana: hacer efectivo el derecho a resucitar con Jesús, actualizando su camino en nuestra vida concreta, convirtiéndonos en peregrinos de la fe como Abraham (1ª lectura).

        La celebración de la Eucaristía debe ser una experiencia fuerte de Cristo resucitado, al que aceptamos como centro de nuestra vida desde el bautismo y a cuya entrega al Padre nos unimos en la actualización sacramental de su sacrificio.

D. Antonio Rodríguez Carmona


jueves, 9 de marzo de 2017

El ojo, lámpara del cuerpo




La lámpara del cuerpo es el ojo. Si tu ojo está sano, todo tu cuerpo está luminoso, pero si tu ojo está malo, todo tu cuerpo estará a oscuras. Y si la luz que hay en ti es oscuridad, ¡qué oscuridad habrá! (Mt 6, 22-24)

En una primera meditación de estas palabras del Evangelio de Jesucristo según san Mateo, podemos pensar que se refiere a la codicia de las miradas que afectan al sexto y noveno Mandamientos. Y es cierto que la imprudencia en el vestir, las modas atrevidas, hacen al hombre caer en la codicia de estos pecados, olvidando que la mujer es un ser igual al hombre, no creado para ser objeto de placer; la mujer no es un objeto, sino una persona llena de la más alta dignidad con que la embelleció el Creador, con una altísima misión como madre y compañera del hombre. Toda la belleza de Dios se refleja en la mujer, y es por ello digna del mayor de los respetos.

Y en el mismo texto san Lucas comenta. “…Nadie enciende una lámpara y la pone en sitio oculto, sino sobre el candelero, para que los que entren vean el resplandor. (Lc 11, 34-35).

Dicho esto, creo que podemos pensar en una dimensión más amplia. Dice el libro de los Proverbios:
 Ojos altivos, corazón arrogante, y antorcha de de malvados, son pecado (Prov 21,1-6)

Por los ojos percibimos los objetos que vemos, y que pasan a nuestro cerebro, para desde allí, como si de un laboratorio se tratara, se maquinen toda clase de pensamientos: - buenos, malos o indiferentes-, que pueden producir los efectos perniciosos, o no, en nuestra vida. La codicia de poseer, olvidándose del “ser”, antes que el “tener”, nos hace olvidar que somos criaturas de Dios.

 “…Nos hiciste para Ti, y nuestro corazón está inquieto hasta que descanse en Ti…”, en palabras de san Agustín.

El Salmo 100 nos recuerda:
 “…andaré con rectitud de corazón dentro de mi casa, no pondré mis ojos en intenciones viles…” “…Ojos engreídos, corazones arrogantes no los soportaré…”
“… Pongo mis ojos en los que son leales, ellos vivirán conmigo…”

Estamos llamados a ser luz, reflejo del que es la Luz del mundo, Jesucristo. De esta manera, dejando atrás codicias, malos pensamientos, dejemos entrar la Luz de Cristo en nosotros, con la alegría de ser hijos de Dios por los merecimientos de Jesús, para que esta Luz brille como resplandor que ilumine los corazones arrogantes, y sea esa lámpara para nuestros pasos

“…Lámpara es tu Palabra para mis pasos, Luz en mi sendero…” (Sal 118, 105)

Tomas Cremades






miércoles, 8 de marzo de 2017

Caminos de Cuaresma


Ya sé. No me lo digan.
La cuaresma es un camino.
Camino de tentación y de triunfo.
Camino de lucha y esfuerzo.
Es de los caminos que me gustan.
No me gustan los caminos hechos.
No me gustan los caminos andados.
No me gustan los caminos cortos.
No me gustan los caminos de todos.
Me gustan los caminos de Dios,
Que también son mis caminos.
Me gustan los caminos que exigen esfuerzo.
Los caminos que requieren valentía.
Los caminos que exigen decisión.
Por eso me gustan los caminos de cuaresma.
Esos que requieren conversión.
Esos que exigen cambiar de corazón.
Esos que requieren cambiar de cabeza.
Esos que exigen cambiar de vida.
Y que cuando lleguemos al final
El sea nuevo para nosotros
Y nosotros nuevos para El.
Me gustan los caminos de cuaresma.
Son los caminos que Dios nos pone por delante.
Son los caminos que El anduvo primero acompañando a su Pueblo.
Son los caminos que El anda con nosotros.
Son los caminos que El anda a nuestro lado.
Caminos en los que Dios es tentado en mis tentaciones.
Caminos en los que Dios cae, cuando yo caigo.
Caminos en los que Dios se levanta, cuando yo me levanto.
Caminos en los que Dios se cansa en mis cansancios.
Caminos en los que Dios sonríe en mi propia alegría.
Pero los caminos de la Cuaresma
no los quiero andar solo. Te necesito a mi lado.
No quiero llegar solo la final. Quiero llegar contigo.
Que cuando la tentación llama a mi corazón,
alguien ilumine mi camino.
Que si me canso, pueda contar con tu mano amiga.
Que si me fatigo, pueda escuchar tu voz de aliento.
Que si me voy quedando, que alguien me empuje y anime.
Por eso te necesito a ti.
Por eso me necesitas a mí.
Por eso nos necesita El.
Y que cuando lleguemos a la Pascua,
Sintamos que no hemos andado en balde.
Que no hemos corrido por gusto.
Que no hemos luchado inútilmente.
Que no hemos pasado hambre por deporte.
Que no hemos sido tentados por divertirnos.
Que no hemos vencido nuestra tentación de vanidad por placer.
Que no hemos vencido nuestras ansias de poder por amor al arte.
Sino que hemos querido ser fieles:
A nosotros mismos y a nuestro bautismo.
Al Evangelio en nosotros.
Y porque sentiremos que bien valió la pena:
luchar,
caminar,
cambiar.
Porque entonces, habrás hecho de nosotros,
Los primeros testigos de tu Resurrección.
Y se lo contaremos a los demás.
Y se lo diremos gozos:
“Lo hemos visto”.
“Se le apareció a Pedro y a todos nosotros”.
“Y está vivo”.
“Lo conocimos al partir el pan”.
Oración
Señor: Comenzamos este camino de cuarenta días.
Cuarenta días saliendo de nuestras esclavitudes.
Cuarenta días camino de nuestra liberación.
Y en ese nuestro caminar luchas y desalientos.
Tentación de regresar a nuestros ajos y cebollas.
Tentación de volver a nuestra condición de esclavos.
La libertad se nos ofrece, pero no se regala.
La libertad es una conquista que hay que luchar.
Estos días de Cuaresma no son días para mirar atrás.
Son días para mirar hacia delante.
Sentiremos el cansancio de las arenas del desierto
de nuestras vidas.
Pero allá, al final, siempre alumbra una luz de Pascua.
Nos acompañas en el camino. Pero nos esperas resucitado al final. Amén.
J. Jáuregui