sábado, 17 de marzo de 2018

V Domingo de Cuaresma




 La nueva alianza, don y tarea

        El hombre es un ser social, lo que implica que, por una parte, tiene una personalidad propia, una vocación y destino propio e intransferible, y, por otra, que esto lo debe conseguir asociándose con los demás. Por eso las agrupaciones solidarias de diverso tipo están presentes en todas las facetas de la historia humana: las personas se unen para la defensa, para la cultura, para divertirse, para orar, para conseguir un bienestar... Esta tendencia histórica, arraigada en la misma naturaleza humana, es querida por Dios que quiere que los hombres se organicen en función del bien común (cf. Rom 13,1-2).

        Dios ha salido al encuentro del hombre y le ha ofrecido asociarse con ellos en vistas a bienes mayores. Liberó a los israelitas de Egipto y en el Sinaí le ofreció una alianza, en virtud de la cual ellos serían su pueblo y él sería su Dios (Ex 19). Era un pacto entre desiguales: Dios ofrecía hacerlos su pueblo especial del que cuidaría para que consiguieran plena felicidad y ellos se tenían que comprometer a cumplir sus mandamientos. El pueblo aceptó y se convirtió en pueblo de Dios. Pero esta alianza no funcionó, debido a la dureza de corazón del pueblo, que desconfiaba de Dios,  daba culto a otros dioses y no respetaba los derechos del prójimo.

        En este contexto tiene lugar la promesa de la nueva Alianza anunciada por medio de Jeremías (primera lectura). La promesa ofrece un diagnóstico de lo que sucede y promete remedios adecuados: todo se debe a que tienen un corazón de piedra. En sentido estricto, puesto que ellos han roto la alianza, Dios debería darla por terminada, pero su amor le inspira otra solución, ofrecer otra mejor: dará al pueblo un corazón nuevo, de carne, sensible a Dios y a los hombres; para ello escribirá en el corazón humano, le perdonará los pecados y lo transformará divinizándolo, haciéndolo partícipe de la naturaleza divina. Así será posible que viva sólo para Dios, respete los derechos de sus compañeros y consiga los dones divinos.

        Todo esto se realizó mediante la obra de Jesús que se ofreció existencialmente en nombre de toda la humanidad y consiguió para ella el nuevo corazón y la nueva Alianza (segunda lectura), todo ello significado sacramentalmente en la Eucaristía. Él fue el grano de trigo que muriendo crea la espiga que es el nuevo pueblo de Dios (Evangelio).

        En vísperas de la celebración de la Pascua, la Iglesia nos invita a tomar conciencia, agradecer y colaborar con el don del bautismo, en el que recibimos un corazón nuevo y nos incorporó a la nueva Alianza, lo que implica pertenencia a Dios y corresponsabilidad con el pueblo de Dios.
        El corazón es el centro de la vida: de él procede todo lo bueno y lo malo, lo que pensamos, deseamos y hacemos (cf. Mc 7,21-23). Todo lo que deseamos y hacemos ha sido pensado previamente en el corazón. En él actúa directamente Dios y es el punto en que los miembros de la nueva Alianza se unen con Dios y entre ellos. En la nueva Alianza Dios no actúa desde fuera imponiendo por la fuerza normas, como hacen los poderes humanos, sino desde el interior, capacitando el corazón para actuar por amor. Pero este don implica una tarea: cuidarlo, purificarlo y potenciarlo con ayuda del Espíritu. Las obras manifiestan el tipo de corazón que tenemos. Cuaresma es tiempo para analizarlo. Oh Dios, crea en mí un corazón puro (salmo responsorial).

        Formar parte de la nueva alianza implica, por otra parte, ser conscientes de que somos miembros del pueblo de la nueva Alianza, la Iglesia, en la que y por la que recibimos los dones de Dios y caminamos a su encuentro. Hemos de agradecerlo y cooperar con los hermanos de acuerdo con la tarea que Dios ha confiado a cada uno.

        Jesús instituyó la Eucaristía como sacramento de la nueva Alianza. En cada celebración la actualizamos, la agradecemos, recibimos gracia para crecer en ella y renovamos nuestro compromiso de fidelidad a Dios y a los hermanos.

                                      
Dr. Antonio Rodríguez Carmona

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